Con una reflexión sobre la vida, la fe y la resistencia de los pueblos originarios, la hermana Sara Sanchéz presentó su ponencia en el VIII Simposio de Teología India, desarrollado en Riobamba, bajo el lema: “Compartir la vida con los hermanos de la Amazonía: comunidad y Pueblo de Dios desde la vida de los pueblos originarios”.
La exposición estuvo atravesada por dos afirmaciones que marcaron su horizonte teológico y pastoral. Por un lado, la conocida frase de Ireneo de Lyon: “La gloria de Dios es el ser humano vivo”; y por otro, la interpelación de Mons. Erwin Kräutler, quien cuestiona cómo anunciar la vida en plenitud cuando pueblos enteros siguen amenazados y la violencia continúa sin sanción.
El Pueblo de Dios en la diversidad de culturas indígenas
La hermana Sara Sanchéz inició su intervención recordando que, desde la colonización hasta bien entrado el siglo XX, los pueblos indígenas fueron considerados inferiores y objeto de políticas orientadas a su integración forzada. Este modelo implicaba la pérdida de sus identidades, culturas y territorios.
Frente a ello, remarcó el papel de organizaciones y sectores de la Iglesia que apostaron por la defensa de estos pueblos, promoviendo su organización y el reconocimiento de sus derechos. En ese contexto, expresó que los pueblos indígenas “decidieron resistir para existir”, fortaleciendo su identidad y su presencia.
La ponente subrayó la magnitud y diversidad de estos pueblos en la Panamazonía, donde existen más de 800 pueblos indígenas, incluidos grupos en aislamiento voluntario. En Brasil, según datos recientes, más de 1,6 millones de personas pertenecen a 391 pueblos y hablan cerca de 295 lenguas. A pesar de representar menos del 1% de la población del país, continúan defendiendo su derecho a existir como pueblos diversos, amparados por la Constitución de 1988, que reconoce sus territorios, culturas y formas de organización.
Amazonía, tierra sagrada y herida
En su exposición, la religiosa compartió que la Amazonía es una tierra sagrada, pero herida por la explotación y la ambición económica. Denunció que múltiples proyectos extractivos amenazan la vida de pueblos indígenas, comunidades tradicionales y la biodiversidad de la región.
En este contexto, comparó el clamor de la Amazonía con el grito del pueblo de Dios en Egipto, que busca liberación frente a nuevas formas de opresión.
Señaló que estos procesos generan expulsión, destrucción y muerte, afectando no solo los territorios, sino también las culturas y espiritualidades.
Espiritualidad indígena
Planteó la espiritualidad de los pueblos originarios vinculada a la naturaleza. Según explicó, esta espiritualidad se expresa en la vida cotidiana, en los ritos, mitos y tradiciones, y revela una relación íntima con Dios presente en toda la creación. Recordó el testimonio de un indígena que expresa esta confianza: “Somos perseguidos, pero no estamos abandonados; la selva defiende a sus hijos”. Esta visión resalta una experiencia de fe que reconoce la acción de Dios en los elementos de la naturaleza y en la vida comunitaria.
La hermana Sara señaló que el mensaje de Jesús se encuentra en armonía con esta cosmovisión, al anunciar un Reino de Dios presente en la vida cotidiana y orientado a la plenitud. Citando el Evangelio, recordó que Cristo vino para que todos tengan vida, destacando la dimensión liberadora y transformadora de este anuncio.
A su vez, explicó que la relación cósmica de los pueblos indígenas no se opone a la fe cristiana, sino que puede integrarse en una comprensión más amplia de la presencia de Cristo en toda la creación.
Esperanza
La ponente insistió en que la Iglesia está llamada a inculturar el Evangelio en las diversas culturas, avanzando hacia una Iglesia con rostro indígena. Esto implica reconocer a los pueblos originarios como protagonistas de la misión y valorar sus aportes teológicos, espirituales y culturales.
Entre los elementos, habló sobre la necesidad de promover una teología indígena, ministerios inclusivos, una liturgia inculturada y un compromiso activo con la defensa de la vida y los territorios.
En su intervención, la religiosa también resaltó el trabajo de la Iglesia en Brasil en la defensa de los pueblos indígenas, mencionando iniciativas como el Consejo Indigenista Misionero y otros organismos eclesiales comprometidos con la Amazonía. Compartió además su experiencia de más de dos décadas acompañando a comunidades indígenas, resaltando su fe, su amor por la Madre Tierra y su capacidad de resistencia. Señaló que, a pesar de las amenazas, estos pueblos mantienen la esperanza y continúan luchando por sus derechos.
Sabiduría ancestral
La hermana Sara Sanchéz subrayó la riqueza de los saberes indígenas, que proponen una forma de vida basada en la comunidad, la solidaridad y el respeto por la naturaleza. Estas prácticas reflejan valores cercanos al Evangelio.
Indicó que los pueblos indígenas viven una espiritualidad integral que abarca todas las dimensiones de la vida, y que su organización comunitaria, su transmisión generacional de saberes y su relación con la naturaleza constituyen una fuente de aprendizaje para la Iglesia.
Reiteró que la defensa de la tierra es un compromiso evangélico. La tierra es comprendida como un espacio sagrado que sostiene la vida y la identidad de los pueblos.
La religiosa hizo un llamado a la Iglesia a acompañar las luchas de los pueblos indígenas, a reconocer la presencia de Dios en sus culturas y a construir caminos de diálogo y respeto. En esa línea, resaltó que los pueblos originarios son sujetos activos de la inculturación y portadores de una sabiduría que puede ayudar a la humanidad a construir una cultura de la vida, la solidaridad y el cuidado de la Casa Común.
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