La celebración de la Virgen de la Candelaria, arraigada en la fe y la cultura de Bolivia, fue ocasión para una interpelación social y pastoral. Durante la Eucaristía celebrada el 1 de febrero, Mons. Percy Galván, Arzobispo de La Paz y vicepresidente de la Conferencia Episcopal Boliviana, reflexionó sobre el sentido de la verdadera felicidad cristiana, contraponiendo el Evangelio a la lógica del consumismo, la acumulación y la indiferencia frente a los más pobres.
A la luz de las Bienaventuranzas, el prelado recordó que “felices los pobres porque de ellos es el Reino de los cielos”, y remarcó que se trata no solo de una pobreza material, sino de un “alma de pobre”, es decir, de una vida confiada plenamente en Dios. Frente a un mundo que exalta la riqueza y el éxito económico, Mons. Galván planteó una pregunta directa: “¿A quién hacemos caso nosotros? ¿A Dios o al mundo?”.
La felicidad no se compra
En su homilía, el arzobispo denunció la cultura que mide la realización personal en función del dinero: “Porque en vez de buscar a Dios, buscas el dinero, por eso no puedes ser feliz”, advirtió que esta lógica atraviesa incluso los sistemas educativos, muchas veces orientados únicamente a formar profesionales para “ganar más plata”.
Desde esta mirada crítica, Mons. Galván vinculó la crisis de sentido, la corrupción y la violencia con la idolatría del dinero: “¿Por qué hay tanta corrupción en el mundo y en Bolivia? Por el dinero. ¿Por qué roba, miente o mata la gente? Por el dinero”.
En este contexto, recordó la experiencia migratoria de miles de bolivianos que se ven forzados a dejar el país en busca de recursos, muchas veces a costa de la vida familiar y comunitaria.
María, modelo de confianza y servicio
La figura de María, venerada como Virgen de la Candelaria y también como Virgen de Copacabana, ocupó un lugar central en la reflexión. Al evocar la Presentación del Señor en el Templo, Mons. Galván resaltó que María “ha puesto toda su confianza en Dios” y que su respuesta en la Anunciación: “que se haga en mí según tu palabra”, revela el camino de la verdadera libertad y felicidad.
“Felices los que se conforman con lo que tienen para vivir dignamente como hijos de Dios”, dijo, contrastando esta actitud con la acumulación desmedida que empobrece a otros. Señaló que “si los 10 más ricos de Bolivia compartieran su riqueza, no tendríamos pobres”, recordando que la pobreza no es una fatalidad, sino consecuencia de estructuras injustas.
El arzobispo alentó a compartir no solo bienes materiales, sino también tiempo, respeto, cercanía y misericordia: “No solamente se trata de dar cosas. Se trata de dar nuestra amistad sincera, nuestra presencia sincera, tratar bien a los otros”, dijo, y cuestionando actitudes de indiferencia y maltrato que también se viven en espacios cotidianos, incluidos ámbitos eclesiales.
Fe que se traduce en solidaridad
Con autocrítica pastoral, Mons. Galván reconoció que a veces “en vez de acercar a la gente hacia Dios, los alejamos”, e invitó a sacerdotes, agentes pastorales y fieles a hacer un sincero mea culpa para construir una Iglesia más acogedora, sencilla y servidora.
La autoridad eclesial animó a una fe que se haga visible en obras: visitar a los enfermos, acompañar a quienes sufren, preocuparse por las personas privadas de libertad y vivir la fraternidad en la familia, el trabajo y la comunidad: “Alegrémonos con el éxito de los otros y estemos cerca de quienes viven enfermedad, pobreza o sufrimiento”, exhortó.
Al concluir, Mons. Galván recordó que solo Dios puede ofrecer una felicidad plena y duradera: “Las cosas materiales solo nos traen momentos de alegría. Esa paz interior y esa felicidad que no termina solo nos las puede dar Dios”. Retomando las palabras del Evangelio, dijo: “Señor, ¿a dónde iremos? Solo tú tienes palabras de vida eterna”.
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