El cardenal Luis José Rueda Aparicio, arzobispo de Bogotá y primado de Colombia, presidió este martes las exequias de monseñor Víctor Manuel Ochoa Cadavid, fallecido el 1 de junio. Como un sentido homenaje, durante su homilía celebrada en la Catedral Castrense, el purpurado recordó que la vida humana es “una semilla frágil, sencilla, exportadora de vida y signo de esperanza”.
Acompañado por numerosos obispos, miembros del clero, autoridades militares y civiles, el cardenal Rueda Aparicio expresó palabras de consuelo a la familia de monseñor Ochoa, resaltando que su vida fue “una semilla que cayó en tierra buena y dio fruto abundante”.
- Fotos: Obispado Castrense
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Una vida entregada a Dios y a la patria
Nacido en Bello, Antioquia, el 18 de octubre de 1962, monseñor Ochoa fue ordenado sacerdote en 1986 por san Juan Pablo II durante su visita a Colombia. Su trayectoria estuvo marcada por su entrega intelectual y pastoral . Ocupó importantes responsabilidades como presidente de la Comisión Episcopal de Doctrina y del Consejo Superior del Fondo Mutuo Auxilio Sacerdotal. También fue obispo auxiliar de Medellín, ordinario de las diócesis de Málaga-Soatá, Cúcuta y finalmente del Obispado Castrense.
A pesar de la constante fragilidad de su estado salud, monseñor Ochoa ejerció su ministerio con entrega, cercanía y amor al prójimo. En palabras del cardenal Rueda, supo ser “semilla sembrada en la tierra” al ofrendar y vivir el Evangelio a las familias militares, soldados y policías que sirvió en todo el país.
- Foto: Obispado Castrense
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El obispo como semilla de vida abundante
Iluminado en el Evangelio de San Juan, el cardenal indicó que “el obispo es ante todo un servidor”. A través de la palabra y los sacramentos, monseñor Ochoa fue, según Rueda, “un sembrador de esperanza en medio de un contexto desafiante”. Durante su homilía recordó que la vida humana no termina con la muerte, sino que florece en la promesa de resurrección.
“El Señor nos dice: si la semilla cae en tierra y muere, da fruto”, observó el primado de Colombia. Fue así fue como señaló que, monseñor Ochoa dio grandes frutos visibles inmerso en las comunidades donde prestó su servicio pastoral, pero igualmente en el testimonio sigiloso de quien supo llevar la cruz con humildad y firmeza.
Al cierre de la homilía, el cardenal Rueda evocó las palabras de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida”. Con ellas, quiso refirmar con certeza cristiana que la muerte no es el final, sino el umbral hacia la plenitud en Dios. Las lágrimas, dijo, “humedecen la tierra donde cae la semilla” y preparan el terreno para una vida nueva.
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