En un contexto en el que la Iglesia de América Latina y el Caribe avanza en la consolidación de entornos seguros y relaciones saludables, la laica consagrada Eliane De Carli, pediatra y abogada, ofrece su visión sobre la construcción de una cultura del cuidado.
De Carli, miembro del Movimiento de los Focolares y coordinadora del Núcleo Lux Mundi desde diciembre de 2020 en Brasil, trabaja junto a la Conferencia de Religiosos de Brasil y la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil, promoviendo la prevención de la violencia y el abuso dentro de la Iglesia.
“Nuestro objetivo es contribuir a la implementación de los artículos 2 y 5 del Motu Proprio Vos Estis Lux Mundi, mediante políticas de protección, capacitación, alianzas con otras instituciones y colaboración con la red de protección de la infancia y la adolescencia a nivel nacional y local”, compartió De Carli.
Cultura del cuidado, una pastoral integral
Pregunta: ¿Cómo se puede entender la “cultura del cuidado” em clave pastoral, y cuáles son los pilares que consideran indispensables para desarrollarla em nuestras comunidades e instituciones eclesiales?
Respuesta: La cultura del cuidado se entiende como una orientación permanente de la acción pastoral que sitúa el amor evangélico y fraterno, la dignidad de la persona humana, el bien común y la responsabilidad comunitaria en el centro de la misión de la Iglesia. Es una forma de ser y actuar que abarca toda la vida eclesial —estructuras, procesos formativos, programas pastorales, relaciones internas y presencia en la sociedad civil— para reflejar el estilo y la ética de Jesús: el Buen Samaritano, como paradigma del cuidado integral de la persona. Promueve, por tanto, una pastoral que integra la evangelización, el desarrollo humano, la defensa de la vida y la creación de entornos seguros, acogedores y corresponsables.
Los pilares indispensables para desarrollar la cultura del cuidado en las comunidades e instituciones eclesiales se basan principalmente en una profunda transformación de mentalidades que promueve la protección y la centralidad de la dignidad humana. Para lograrlo, es fundamental la creación de estructuras de fácil acceso para el público, que prevengan y eviten el abuso, con protocolos consistentes de acogida y escucha a las víctimas, en un enfoque pastoral sinodal, y una formación continua e integral. La transparencia, la rendición de cuentas y la integración en la red de protección son también pilares esenciales en este proceso, con el fin de proteger, promover y dignificar a cada persona, a la luz del Evangelio y la misión de la Iglesia.
Iglesia avanza en la creación de entornos más seguros
P.: ¿Qué avances se tienen en la promoción de ambientes seguros y relaciones sanas en parroquias, escuelas, obras sociales y espacios pastorales?
R.: En los últimos años, especialmente durante el pontificado del Papa Francisco, la Iglesia ha avanzado en la creación de entornos más seguros y en la promoción de una cultura de protección. Quizás el mayor avance hasta la fecha sea el hecho de que ahora se habla más de este tema dentro de la Iglesia, ya que es un asunto rodeado de tabúes y silencio. Con la promulgación del Motu Proprio Vos Estis Lux Mundi, avanzamos hacia la creación e implementación de servicios de protección mediante la formación continua, la mejora de las normas, la creación de estructuras de apoyo para las víctimas de abuso y la consolidación de una cultura preventiva.
Transformación de estructuras y mentalidades
P.: ¿Cuáles diría usted que son hoy los desafíos más urgentes que enfrentan en América Latina y el Caribe para instaurar una cultura del cuidado que sea efectiva, creíble y permanente?
R.: Creo que el reto consiste en impulsar simultáneamente la creación de servicios de protección accesibles al público, la formación, la transparencia, la sinodalidad, el apoyo a las víctimas y la transformación de estructuras y mentalidades. Solo un compromiso institucional firme, coherente y continuo nos permitirá consolidar una cultura de atención que sea, a la vez, eficaz, creíble y verdaderamente transformadora.
Comunidades locales protagonistas del cuidado
P.: ¿Qué papel juegan las comunidades locales: catequistas, agentes de pastoral, movimientos, familias, en la construcción diaria de ambientes protectores, y cómo se les está acompañando o formando
R.: Considero que son las comunidades locales las que hacen realidad la cultura del cuidado en la vida cotidiana. Cuando cuentan con la formación y el apoyo adecuados, pueden transformar las directrices institucionales en prácticas concretas, fortaleciendo los vínculos afectivos, previniendo riesgos y garantizando que cada espacio eclesial sea verdaderamente seguro, acogedor y propicio para la vida y la justicia.
P.: En su experiencia, ¿qué resistencias o prejuicios suelen aparecer cuando se habla de prevención, transparencia y corresponsabilidad dentro de estructuras eclesiales?
R.: En general, cuando se introducen temas como la prevención, la transparencia y la corresponsabilidad en las estructuras eclesiales, suelen surgir cierta resistencia y prejuicios. Si bien no son universales, sí son recurrentes y reflejan factores tanto culturales como estructurales. Sin embargo, esta resistencia no es señal de mala voluntad, sino, por lo general, expresión de culturas arraigadas, percepciones históricas y temores comprensibles ante cambios profundos.
El reto institucional consiste en abordarlos con paciencia, formación continua, diálogo, un testimonio de transparencia y procesos claros de corresponsabilidad, permitiendo que la prevención se convierta en parte natural de la identidad pastoral y la misión de la Iglesia.
Integración y redes de protección
A propósito de la II Jornada de Oración por la niñez, los adultos vulnerables y los sobrevivientes de abuso en América Latina y el Caribe, De Carli concluyó resaltando la necesidad de espacios de encuentro y colaboración dentro de la Iglesia: “Momentos como este, de integración dentro de la Iglesia en América Latina y el Caribe para la organización conjunta del Segundo Día de Oración por las Víctimas, son importantes para crear redes y fortalecer una cultura de protección, de modo que cada persona encuentre espacios seguros, relaciones seguras y entornos seguros dentro de la Iglesia, siendo así un testimonio evangélico concreto”.
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