En un contexto en el que se viven tensiones sociales, crisis humanitaria y vulneración de derechos, la Iglesia en Venezuela continúa buscando caminos de acompañamiento y esperanza para las comunidades. Así lo expresó la religiosa Maribel Marquina, integrante del orden de las vírgenes consagradas y miembro de la Comisión de Justicia y Paz en Venezuela, durante su participación en el programa Rostros y Voces.
En diálogo con este espacio que busca visibilizar las historias detrás de quienes trabajan por la vida y la dignidad en el continente, la religiosa agradeció la oportunidad de compartir la experiencia que se vive actualmente en su país: “Muchísimas gracias por este espacio para compartir y estrechar esfuerzos en este construir la paz y más específicamente en donde hoy día me encuentro, que es en mi país, Venezuela”.
Para la hermana Marquina, la posibilidad de narrar lo que ocurre en el país representa también una forma de dar visibilidad a los esfuerzos de tantas personas que trabajan por la reconciliación: “Es una oportunidad y una gracia el poder contar con este espacio de visibilización y divulgación de lo que venimos haciendo como país”, señaló.
Red que acompaña en medio de la vulneración de derechos
Al referirse al papel de las redes eclesiales en la defensa de los derechos humanos, la religiosa explicó que estas iniciativas se han convertido en un apoyo fundamental para las comunidades en el contexto venezolano. “En esta realidad venezolana que vivimos, la red es como una fuente de oxígeno y de respiro ante tanta vulneración de nuestros derechos”, expresó.
Según explicó, estas redes no solo reciben denuncias y acompañan casos específicos, sino que también brindan formación y herramientas para responder a diferentes situaciones de injusticia. Esto incluye el acompañamiento a migrantes, la protección de defensores de derechos humanos y la orientación pastoral en contextos complejos.
En ese sentido, resaltó que uno de los aportes más importantes es el fortalecimiento de quienes trabajan en la defensa de la dignidad humana: “Es empoderar a los defensores, darles la oportunidad y saber que detrás hay alguien que nos está apoyando y reforzando en la acción, que sería la red eclesial, que siempre está allí para fortalecer, animar y acompañar estos procesos”.
El desafío de la reconciliación
Para la religiosa, uno de los principales retos que enfrenta hoy la Iglesia en Venezuela es contribuir a superar las divisiones sociales y políticas que atraviesan el país: “Hoy tenemos muchísimos retos y desafíos, pero el principal es ser el elemento integrado unificador ante las polarizaciones que vivimos, tanto políticas como sociales”.
Desde su perspectiva, la misión pastoral exige construir espacios de encuentro más allá de las diferencias. “El gran reto es ese: ser signo de unión, de encuentro, de reflexión, de reconciliación, una reconciliación que cada vez se nos hace más difícil”, explicó.
La religiosa añadió que este desafío también interpela a la propia Iglesia, llamada a sanar sus propias divisiones para acompañar mejor a la sociedad. “Tenemos que reconciliar a nuestro pueblo y también reconciliarnos nosotros como Iglesia, porque por esta realidad también estamos bien polarizados”, reconoció.
La fe como puente de esperanza
“La fe es fundamental, esa creencia aun cuando no lo vemos”, señaló la religiosa, al explicar que desde el Evangelio es posible generar espacios de encuentro entre personas con visiones políticas o sociales distintas.
Para ilustrar esta experiencia, compartió el acompañamiento que algunas congregaciones y organizaciones brindaron durante dos años a personas detenidas por motivos políticos. Según relató, estas visitas se realizaron de manera discreta, con el objetivo de escuchar y acompañar tanto a los detenidos como a sus familias. Tras ese proceso, uno de los jóvenes privados de libertad elaboró una representación simbólica utilizando materiales reciclados.
“Elaboraron el signo de la justicia y dibujaron una religiosa con la palabra en una mano y en la otra las llaves, pisando un candado y unas cadenas”, recordó. Para los detenidos, ese gesto simbolizaba la fuerza espiritual que habían recibido durante el acompañamiento pastoral. Uno de ellos expresó que, en medio de la incertidumbre y el temor, esas visitas se habían convertido en un signo de esperanza.
“Para ellos esas visitas constantes fueron la llave que abrió las puertas y los corazones de esa celda, y con la palabra se rompieron todas las cadenas de opresión y división”, relató la religiosa. Desde su perspectiva, esta experiencia confirma el poder transformador del Evangelio. “Cuando vamos con la palabra de Dios en la mano, esa es la llave del Reino: podemos destruir todas las cadenas y abrir todo tipo de candados”, sostuvo.
Redes de solidaridad para los más vulnerables
Otro aspecto central de la labor pastoral descrita por la hermana Marquina es el trabajo articulado entre distintas redes eclesiales y sociales para acompañar a las personas más afectadas por la crisis: “La única manera posible de salir de todo esto que nos oprime es hacer redes de redes”.
Entre las iniciativas impulsadas se encuentra la creación de comités de familias afectadas por situaciones de vulneración de derechos. A través de estos espacios se promueven encuentros de formación y círculos de escucha donde se ofrecen herramientas psicológicas, emocionales y sociales.
Además, las redes quieren responder a necesidades básicas de las comunidades. “A veces podemos llevar una bolsita de comida que tal vez no dure para un mes, pero en ese momento para ellos eso es justicia; es como decir que el Señor se acordó de ellos”, explicó. Estas acciones, aunque sencillas, representan un gesto de cercanía con quienes viven situaciones de extrema precariedad: adolescentes privados de derechos básicos, familias que enfrentan dificultades para acceder a alimentos o personas detenidas en condiciones de insalubridad.
Escuchar para reconstruir la dignidad
“Desde lo pequeño, desde nuestras pocas posibilidades, vamos graneando”, comentó la religiosa, quien explicó que muchas veces el trabajo pastoral implica largas jornadas de preparación y coordinación. “A veces pasamos noches enteras formando los equipos, preparándonos para la jornada. Y aunque atendamos a seis, a siete o a diez personas, sabemos que ahí estamos sembrando el deseo de ser libres”, aseguró.
En este proceso, la hermana Marquina resaltó el papel de la escucha como herramienta pastoral y social. “Hemos detectado que la mejor manera es escuchar, sentarnos y conocer las historias que hay detrás de cada una de esas personas”, señaló.
A partir de esa escucha se tejen vínculos de solidaridad que permiten acompañar tanto a las comunidades amazónicas más vulnerables como a personas detenidas o a sus familias. Para la religiosa, este trabajo cotidiano es una forma de construir el sueño de un país reconciliado. “Desde nuestra pequeñez tratamos de dar lo mejor que tenemos para juntos construir ese sueño de libertad y de una verdadera democracia donde busquemos siempre el bien mayor para todos los venezolanos”, manifestó.
Mantener viva la esperanza
A pesar de las dificultades, la religiosa asegura que la esperanza sigue siendo un motor para quienes trabajan en la defensa de la dignidad humana.
El objetivo, explicó, es que el pueblo venezolano pueda recuperar valores como la solidaridad y la alegría que caracterizan su identidad.
“Que esa alegría y esa esperanza que dicen que tiene el rostro venezolano pueda volver a soñar cada día con esa esperanza de libertad y soberanía”, concluyó.
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