ADN Celam

Migración y trata siguen atrapando a mujeres en redes de explotación

En el Día Internacional de la Mujer, la hermana Rose Bertoldo, religiosa de la Congregación del Inmaculado Corazón de María y secretaria ejecutiva del Regional Norte 1 de la Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil, recordó que el 8 de marzo no es solo una fecha conmemorativa, sino un día de memoria y lucha por la dignidad de las mujeres.

En entrevista con ADN Celam la religiosa, que ha dedicado gran parte de su vida a acompañar migrantes y víctimas de trata, advierte que las redes criminales siguen aprovechándose de la pobreza, la migración y la vulnerabilidad para explotar principalmente a mujeres y adolescentes.

Memoria, lucha y defensa de la dignidad de las mujeres

El Día Internacional de la Mujer es, para mí, un gran hito de lucha, un momento para hacer memoria de las conquistas alcanzadas a lo largo de la historia, pero sobretodo para tomar conciencia de que es necesario seguir movilizándonos para no perder derechos y para conquistar otros nuevos”, aseguró.

La religiosa señala que este año la reflexión está marcada por la preocupación ante el feminicidio: “Las mujeres debemos mantener viva esta conciencia para luchar y que no haya más mujeres asesinadas simplemente por ser mujeres”.

Como mujer consagrada, explica que su vocación está ligada a la defensa de la vida de quienes sufren las formas más duras de exclusión: “Dedico mi vida al cuidado y al servicio de las mujeres más empobrecidas, especialmente de aquellas que han sido víctimas de abuso, explotación sexual y trata de personas. Y muchas de esas mujeres que son víctimas de trata también son migrantes”.

Redes criminales que destruyen sueños

A lo largo de su trabajo pastoral en la Amazonía, la Hna. Rose ha constatado que la trata de personas no actúa de forma aislada, sino que está vinculada a otras estructuras criminales: “El tráfico de personas se articula con redes muy bien organizadas que también se entrelazan con el tráfico de drogas y de armas”, explica. Estas redes, agrega, terminan captando principalmente a adolescentes, jóvenes y mujeres, empujándolas hacia circuitos de explotación sexual.

La situación tiene consecuencias devastadoras para la vida de quienes caen en estas redes. Muchas aceptan falsas oportunidades para escapar de contextos de pobreza o precariedad, pero terminan atrapadas en dinámicas de violencia. “La mayoría acepta salir de su realidad pensando que encontrará una vida mejor, pero termina cayendo en redes de explotación”, relata.

El daño no solo afecta a las víctimas directas. “La violencia del tráfico de personas no afecta solo a la persona explotada, sino a toda la familia”, comparte. En muchos casos, explica, las mujeres ni siquiera se animan a denunciar lo ocurrido: “Muchas sienten una vergüenza enorme por haber sido engañadas en sus sueños y no tienen valor para contarlo ni siquiera a su propia familia”.

Violencia que rompe familias y comunidades

Para la religiosa, el impacto del tráfico de personas es hondo y multidimensional. No solo destruye proyectos de vida, también rompe vínculos y debilita las comunidades: “Estas realidades destruyen los lazos familiares, destruyen los sueños, muchas veces destruyen la posibilidad de formar una familia y, en muchos casos, destruyen la vida misma de la persona”.

La pérdida de dignidad suele ir acompañada de otras consecuencias graves. “Cuando la persona pierde su dignidad, también pierde el entusiasmo por la vida. Aparecen la depresión, la ansiedad y otras situaciones que terminan paralizando su existencia”, añade.

Por eso insiste en que estas violencias no son individuales: “machucan a toda la familia, a la comunidad y al círculo de amigos”.

El acompañamiento a sobrevivientes

Frente a esta realidad, la Hna. Rose asegura que el acompañamiento a mujeres sobrevivientes de migración forzada y trata requiere un enfoque integral. El primer paso, explica, es garantizar un entorno seguro. “Es fundamental asegurar la protección inmediata para que la persona se sienta acogida en un ambiente seguro”, señala, y resalta el papel de casas de acogida impulsadas tanto por el Estado como por organizaciones de la sociedad civil.

Otro elemento esencial es la atención psicológica especializada: “Es necesario un acompañamiento psicoterapéutico que ayude a superar los traumas y permita a la persona reconstruirse como ser humano”.

También menciona la importancia de la regularización de documentos para garantizar derechos, especialmente cuando las víctimas se encuentran en otro país. La reconstrucción de vínculos comunitarios es otro aspecto clave: “Las comunidades eclesiales pueden ser espacios muy importantes de acogida, donde las personas no sean juzgadas por lo que vivieron y puedan reintegrarse en toda su dignidad”.

Mujeres resilientes que vuelven a soñar

A lo largo de los años, la religiosa ha acompañado a muchas mujeres migrantes que sobrevivieron a la trata. Lo que más le impresiona es su capacidad de resiliencia. “Incluso cuando llegan completamente destruidas, las mujeres muestran una enorme fuerza para reconstruir sus sueños cuando alguien les da una oportunidad”, cuenta.

Cuando logran liberarse de la explotación y acceder a un trabajo digno, comienzan a recuperar su autoestima y su capacidad de proyectarse hacia el futuro. “Cuando vuelven a soñar, se reconstruyen como personas”, sostiene.

Muchas de ellas, agrega, terminan convirtiéndose también en defensoras de otras mujeres, alertando a niñas, adolescentes y comunidades sobre los riesgos de la trata.

Prevenir para que nadie pierda sus sueños

Actualmente, aunque su servicio como secretaria ejecutiva del Regional Norte 1 le deja menos tiempo para el trabajo directo de prevención, la hermana Rose continúa promoviendo espacios de sensibilización. “Siempre trato de dedicar al menos una mañana, una tarde o incluso una noche para visitar escuelas y realizar ruedas de conversación con niñas, niños y mujeres”, explica.

El objetivo es el de prevenir: “Queremos que ninguna persona vea sus sueños robados por estas redes de explotación”.

Gran parte de su compromiso se ha desarrollado dentro de la red Un Grito por la Vida, una articulación de la vida religiosa dedicada a prevenir y combatir la trata de personas: “Llevo más de quince años trabajando en esta red y ha sido una escuela de vida para comprender el proceso de las violencias, cuyo punto más extremo es la trata de personas”. Desde su fundación, explica, la red ha promovido acciones de prevención y acompañamiento, fortaleciendo una cultura de cuidado de la vida.

Protección de niños y adolescentes

En los últimos años, el impulso del Papa Francisco ha sido decisivo para que estas iniciativas encuentren mayor respaldo dentro de la Iglesia.

El Papa ha insistido incansablemente en que la Iglesia debe trabajar en la prevención de los abusos sexuales y en la protección de niños y adolescentes”, recuerda.

La Hna. Rose sostiene que es gracias a ese impulso que hoy se están formando más liderazgos eclesiales comprometidos con esta causa.

Mujeres migrantes: las más vulnerables

En los contextos migratorios, las mujeres suelen enfrentar riesgos aún mayores. “Muchas veces el cuerpo de las mujeres se convierte en una moneda de cambio durante el proceso migratorio”, denuncia.

En las rutas migrantes, relata, algunas mujeres deben pagar a los traficantes con servicios sexuales para poder continuar el viaje. También se encuentran casos de explotación laboral, donde se les promete empleo en restaurantes o casas de familia, pero reciben salarios muy por debajo del mínimo.

Ante estas situaciones, las redes pastorales han desarrollado estrategias de prevención, como espacios de diálogo en centros de atención a migrantes y distribución de materiales informativos en portugués y español.

El papel profético de la Iglesia

Para la religiosa, la Iglesia tiene una responsabilidad central en la lucha contra la trata de personas. “La Iglesia tiene una voz profética para denunciar estas realidades”, dice, y recuerda que el Papa Francisco ha definido la trata como “una herida abierta en el cuerpo de la humanidad contemporánea”.

Entre las tareas fundamentales menciona la educación, la incidencia política y la construcción de redes de protección que incluyan parroquias, congregaciones religiosas y organizaciones sociales.

También subraya la necesidad de una conversión pastoral: “Muchas personas que utilizan servicios sexuales o participan en redes de trata también forman parte de comunidades religiosas”. Por eso, insiste, la Iglesia debe asumir esta causa como parte central de su misión de defensa de la vida.

Mujeres que transforman la Iglesia

La religiosa también resalta que el pontificado del Papa Francisco ha sido un impulso decisivo para que muchas mujeres continúen luchando por sus derechos dentro de la Iglesia. “Con el pontificado del Papa Francisco me he sentido muy motivada a seguir luchando por los derechos de las mujeres en los espacios eclesiales”, sostiene.

La Hna. Rose recuerda que tuvo la oportunidad de encontrarse con el Papa en tres ocasiones, experiencias que marcaron su camino pastoral: “Su cercanía y su sensibilidad hacia nosotras, las mujeres, me impactaron mucho. Fue una experiencia que dio nuevo ánimo no solo a mí, sino también a muchas otras mujeres que trabajan dentro de la Iglesia”.

A su juicio, el pontificado de Francisco ha ayudado a reconocer mejor el valor y la aportación específica de las mujeres dentro de una institución que todavía arrastra fuertes rasgos patriarcales. “Nos ayudó a tomar conciencia de lo importante que es nuestra alteridad, nuestro ser mujer, y de cuánto tenemos todavía que aportar en una Iglesia que sigue siendo muy machista y patriarcal”, explica.

Superación del clericalismo

En este proceso, uno de los desafíos más importantes sigue siendo superar la lógica del clericalismo: “Creo que uno de los grandes retos que enfrentamos es justamente esta dimensión del clericalismo”, señala, y remarca que avanzar hacia una Iglesia más sinodal implica reconocer y valorar la participación de todos los bautizados. Para la religiosa, la presencia de las mujeres puede contribuir a humanizar la vida eclesial: “Poco a poco vamos humanizando nuestra Iglesia con una mirada diferente. En ese camino se van produciendo pequeñas rupturas que ayudan a transformar la forma en que vivimos y ejercemos la misión”.

También resalta los pasos dados en los últimos años con el nombramiento de mujeres en cargos de responsabilidad dentro del Vaticano, un proceso que, afirma, debe continuar. En este sentido, considera que la superación del clericalismo será un camino progresivo y sostenido en el que las mujeres seguirán teniendo un papel importante.

Presencia en las periferias

Otro aspecto que la religiosa considera fundamental es la cercanía de las mujeres con las realidades más vulnerables: “Las mujeres estamos presentes prácticamente en todos los espacios, especialmente en las periferias geográficas y existenciales”, comparte. Desde allí, explica, muchas religiosas y agentes pastorales se convierten en una presencia de escucha y acompañamiento frente al sufrimiento humano: “Somos muchas veces una presencia de escucha activa y fecunda frente a tanto dolor”.

En su misión actual, como secretaria ejecutiva del Regional Norte 1 —que reúne nueve diócesis en la Amazonía brasileña—, la Hna. Rose afirma que busca contribuir a los procesos pastorales de una Iglesia amazónica que continúa caminando a partir de las orientaciones del Sínodo para la Amazonía y del proceso del Sínodo sobre la Sinodalidad. “Intento aportar en los procesos de una Iglesia que quiere cuidar la vida y caminar junto a las personas, especialmente en un territorio tan desafiante como la Amazonía”.

“Sabemos que el camino todavía es largo, pero cada una de nosotras tiene una contribución que ofrecer y una huella que dejar en la transformación de la vida”, reconoce la religiosa. La Hna. Rose concluye que el compromiso sigue siendo el mismo: cuidar la vida y acompañar a quienes más sufren: “Necesitamos procesos profundos y continuos para defender la dignidad de las personas y construir una sociedad donde nadie vea sus sueños destruidos por la violencia”.

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