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Mons. Leomar Brustolin: “Adviento: la llama que nos despierta al futuro de Dios”

En un tiempo en el que se vive con ritmos acelerados, saturación de información y cansancio espiritual, el arzobispo de Santa María (Brasil), Mons. Leomar Antônio Brustolin, propone recuperar el sentido del Adviento como un camino de esperanza activa. En su artículo “Adviento: la llama que nos despierta al futuro de Dios” —publicado originalmente por la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil (CNBB)— el obispo invita a redescubrir este periodo litúrgico como un regreso al corazón y una apertura vigilante a la venida del Señor.

Una vela encendida en medio de la noche

“El Adviento siempre llega como encender una vela en la oscuridad. De repente, la pequeña llama atraviesa la noche y revela que hay algo más: un camino, una promesa, un horizonte que insiste en nacer”, inicia Mons. Brustolin, enseñando que el Adviento irrumpe como una luz inesperada que lejos de ser un recuerdo piadoso de un hecho pasado, este tiempo litúrgico “nos devuelve el coraje para esperar… con el corazón encendido”.

El arzobispo remarca que la liturgia del Adviento es una vigilia por la venida de Cristo. La Iglesia, cada año, repite con los discípulos: “¡Ven, Señor!”. No como nostalgia, sino como “una confesión madura de que toda la creación gime esperando la plenitud”. Por eso, dice, el Adviento no se reduce al nacimiento de Jesús en Belén: apunta también a su venida gloriosa, cuando “la justicia tendrá la última palabra”.

El arzobispo reconoce que el Adviento es, ante todo, una provocación espiritual: “¿Sabemos aún esperar?”. Entre pantallas, urgencias y distracciones, advierte el riesgo de perder el espacio interior donde Dios habla con suavidad. Este tiempo invita a “volver al corazón”, a ese hogar silencioso donde el Espíritu despierta la búsqueda.

La tensión del “ya” y el “todavía no”

Mons. Brustolin observa que, para muchos, el Adviento se ha convertido en un mero anticipo de la Navidad. Frente a esta reducción, insiste en que “la esperanza cristiana se empobrece” cuando el misterio se limita a un recuerdo sentimental del pesebre. La clave está en reconocer al Dios que vino, que vendrá y que “ya viene hoy en cada acto de justicia, en cada compartir”.

El arzobispo describe el Adviento como una experiencia de tensión espiritual, donde la salvación ha empezado pero aún no ha alcanzado su plenitud. Caminamos por fe y no por vista”, recuerda. En esa tensión se sostienen quienes luchan por dignidad, quienes enfrentan la violencia y quienes acompañan a los pobres esperando un futuro de luz.

Por eso, el Adviento se vuelve tiempo para quienes se resisten a la desesperanza. Es una invitación a creer que Dios prepara un amanecer para la humanidad, incluso cuando las noches del mundo parecen largas.

Observar, discernir y mantener la llama encendida

Recordando la pregunta de Teilhard de Chardin —“Cristianos, ¿qué hemos hecho con la espera del Señor?”—, Mons. Brustolin señala que este tiempo litúrgico nos llama a mantener viva la llama del deseo. La venida del Señor se anticipa en los gestos concretos: “el perdón concedido, una reconciliación improbable, una comunidad que reza por la paz”. Allí, dice, florece la justicia en medio de la noche.

El Adviento es entonces un acto de valentía espiritual: atreverse a creer que Dios viene a nuestro encuentro”, no solo en el final de los tiempos, sino hoy, en la vida concreta y en la historia entrelazada de humanidad y gracia.

Mons. Brustolin concluye deseando que este tiempo reavive la necesidad de Dios en el corazón creyente: Que “nuestros ojos se abran para percibir su presencia”, que se despierte la urgencia de su llegada y que la vida entera se transforme en una oración que la Iglesia repite desde hace siglos y que nunca envejece: “¡Ven, Señor Jesús!”

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