En la sede del Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño (Celam), en Bogotá, 65 rectores de seminarios de quince países participan en el XLVI Curso Latinoamericano para Formadores de Seminarios Mayores, organizado por la secretaría general del Celam y la Organización de Seminarios Latinoamericanos (Oslam), titulado “Peregrinos de esperanza”. Durante una de las jornadas, monseñor Lizardo Estrada, secretario general del Celam, pronunció una homilía que, más que clausurar el itinerario sinodal, presentó la fase de implementación como el verdadero inicio de una Iglesia renovada.
El también obispo auxiliar de Cusco en Perú, advirtió que la Iglesia vive “un momento decisivo”, que consiste en pasar de la consulta sinodal a las transformaciones concretas. Apoyado en el Evangelio, insistió en que toda reforma emerge del encuentro personal con Jesús, “más real que cualquier teoría”. Sin esa amistad, señaló, la liturgia se vacía. En este sentido, señala que la conversión ha de iniciar en los formadores “nadie puede ofrecer lo que no practica”.
- Foto: ADN Celam
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Un seminario que refleje la Iglesia que soñamos
Los interpela a preguntarse qué modelo eclesial sostienen sus aulas. El seminario —indicó— ha de ser laboratorio de sinodalidad: autoridad entendida como servicio, voces distintas acogidas como don. Agregó que, una sociedad plural exige pastores que caminen con el Pueblo de Dios y disciernan los signos del Espíritu en cada cultura.
Igualmente, observó que Francisco y el nuevo papa León XIV presentan la sinodalidad como forma constitutiva de la Iglesia del siglo XXI. Ignorarla —advirtió— condenaría la formación al pasado. Fue así como exhortó a revisar contenidos, elegir docentes con mirada relacional y crear ámbitos donde la teoría se vuelva vida: “servicio comunitario, oración compartida y decisiones nacidas de la conversación en el Espíritu”.
Conversación en el Espíritu y liderazgo servicial
El directivo, al profundizar en ese método de discernimiento comunitario, indicó que implantarlo potencia la libertad para hablar y la humildad para escuchar. “La autoridad pastoral compone y no acumula”, explicó. Agregó además que sembrar esta experiencia en la etapa inicial prevendrá clericalismos y abrirá el ministerio a la corresponsabilidad laical, la creatividad juvenil y la voz profética de las mujeres.
Relacionó esa visión con la opción por los pobres, sello latinoamericano desde Medellín. Pidió que la inserción en las periferias deje de ser algo ocasional y se convierta en ambiente estable. “No basta describir la pobreza, sino hay que compartir la mesa y dejarse interpelar”, dijo, asegurando que de esa manera los futuros presbíteros adquirirán el olfato de pueblo que el Papa reclama.
- Foto: ADN Celam
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Desafíos digitales y horizonte misionero
Por otra parte, se refirió a la cultura digital, advirtiendo que esta no sustituye el tacto del encuentro, pero tampoco puede ignorarse. Señaló que formar sacerdotes capaces de habitar la red con coherencia exige integrar inteligencia tecnológica, oración profunda y compromiso social.
Estrada indicó que en un continente donde el discurso de odio se propaga con velocidad, el sacerdote —explicó— ha de ser puente en medio de las tensiones, capaces de convertir estos conflictos en fermentos de paz para el mundo actual.
En sintonía con el Oslam, describió el curso como momento para articular acompañamiento, fraternidad y madurez afectiva. Invitó a los rectores a convertir el seminario en casa abierta a los dolores y sueños del pueblo latinoamericano y caribeño: “Que no sea burbuja aislada, sino tienda itinerante guiada por la nube del Espíritu”.
Camino a 2028: fase de gracias y reformas
Mirando al trienio 2025‑2028, cuando las iglesias pondrán en práctica las orientaciones sinodales, el prelado cerró señalando con firmeza que “El camino es desafiante, pero gracia”. Animó a abrazar la reforma con alegría compartida y confiar en que la renovación brotará, silenciosa, en los claustros donde hoy madura la vocación.
“Allí —concluyó— germina una Iglesia unida, misionera y profética”. Recordó que esta fase no compete solo a especialistas, sino a todo el Pueblo de Dios, “del monaguillo al obispo”.
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