Con el título «Comunidad Cristiana y Vida de fe», la reflexión ha hecho ver que «Bautismo, Iglesia y vida de fe constituyen una unidad dinámica», como reconocía en la presentación de la Jornada el director del departamento organizador, Juan Carlos Carvajal. Hacía ver que la participación del Pueblo de Dios en la celebración litúrgica es un deber y derecho, según el Concilio Vaticano II. No se puede olvidar que «la fe crece cuando se celebra en comunión», afirmaba.
El Bautismo es generador del «nosotros eclesial», en palabras de Rafael Luciani. El director del Cebitepal (Centro Bíblico Teológico Pastoral para América Latina y el Caribe), partía en su reflexión de un marco eclesiológico que da prioridad al Bautismo, una idea presente en los padres de la Iglesia, que acompañó la vida de la Iglesia en el primer milenio, cuando «los laicos llevaban a cabo distintas funciones en la comunidad cristiana y no había una contraposición entre laicos y clero». Una dinámica que cambió con la reforma carolingia, la reforma gregoriana y el Concilio de Trento.
El Concilio Vaticano II vuelve a esa primacía bautismal, dándose un giro eclesiológico que define a la Iglesia como Pueblo de Dios. Se opta por una participación de todos los miembros del Pueblo de Dios en el ser sacerdote, profeta y rey, que muestra «la igualdad de todos por medio de la dignidad bautismal como criterio vinculante y estructurante para la configuración de la identidad de todos los sujetos eclesiales». Se produce así, según Luciani, «una resignificación de las identidades y los modos relacionales entre los sujetos eclesiales». Estamos ante una forma de ser y hacer Iglesia como labor conjunta entre todos los sujetos eclesiales, algo que tiene como base la Lumen Gentium.
Esta reconfiguración de identidades incide en la vida y misión de la Iglesia, dado que el Pueblo de Dios, en virtud del Bautismo es el único sujeto activo y fundamental de la acción eclesial. Esta christifideles define las diversas identidades eclesiales y, en palabras del teólogo venezolano, hace «que todos los bautizados se sientan pueblo de Dios y que descubran y asuman que el poso y la misión de la Iglesia recae sobre todos ellos», siguiendo la reflexión de Eloy Bueno de la Fuente. Para Luciani, «la relación que existe entre los fieles no es utilitarista ni funcional, sino constitutiva y constituyente».
El director del Cebitepal reflexionó en la Universidad de San Dámaso sobre la dimensión comunitaria de la fe, a la luz del proceso sinodal en la Iglesia
La misión centro de la vida comunitaria
En esa perspectiva, mostraba que «para el Vaticano II el punto de partida y el centro de la vida comunitaria no será, pues, el culto, sino la misión de todo el Pueblo de Dios». No se trata de sacerdotalizar el lenguaje bautismal. De hecho, la igualdad de la dignidad bautismal es preservada en Presbyterorum Ordinis, afirmaba el ponente. Una hermenéutica presente en Apostolicam Auctositatem. Luciani subraya que «el laicado no puede ser considerado una vocación delegada ni derivada, y menos aún residual, ya que, en la Iglesia, el bautismo es la fuente de todo poder y del modo corresponsable en que este debe ejercitarse». El punto clave está en no separar o subordinar a los sujetos eclesiales y sí de promover lo que llama «relaciones de completitud», dado que ningún sujeto eclesial por sí solo es completo.
El ponente mostró los pasos del Concilio al Sínodo. Para Luciani, «el proceso sinodal maduró la hermenéutica conciliar», y promueve «la participación sobre la base de la corresponsabilidad diferenciada» desde la subjetividad sociocultural e histórica de cada sujeto. Se reconocen las competencias diversas y la capacidad de hablar lenguajes distintos, se aborda la cuestión de género, se tiene en cuenta la voz de los jóvenes, las diversas formas de pertenencia. Se pone así de manifiesto «la necesidad de renovar las relaciones y realizar cambios estructurales que permitan acoger mejor la participación y la aportación de todos, como discípulos corresponsables de la misión».
La dimensión pneumatológica es vista por Luciani como «generadora de la comunidad de fieles». Crea vínculos desde la conversión de relaciones, se crea una subjetividad eclesial a partir del Bautismo, el sensus fidei fidelium es norma para construir comunidades cristianas. Su práctica genera un mundo vital compartido y ofrece nuevas dinámicas comunicativas eclesiales pluridireccionales. De hecho, «el nosotros eclesial madura sinodalmente a través del intercambio dialógico, la conversación, el discernimiento juntos, la confrontación de opiniones diferentes que a primera vista parecen irreconciliables». Pero no se puede olvidar que «una reforma eclesial sinodal nos exige alcanzar una nueva mirada sobre la realidad humana y eclesial», concluía.
Carácter comunitario de las celebraciones litúrgicas
Desde el campo de la Liturgia, la reflexión giró en torno al carácter comunitario de las celebraciones litúrgicas. El punto de partida de Rubén Carrasco Rivera, profesor del Instituto Superior de Estudios Teológicos San Ildefonso, de Toledo, ha sido el Libro de los Jueces y la dimensión comunitaria de la celebración litúrgica. Una Liturgia que es obra de Cristo y de la Iglesia, que se funda en la asamblea del pueblo judío en el Antiguo Testamento, que genera la Iglesia que surge del Misterio Pascual. Un pasar del banquete veterotestamentario a la Eucaristía «abierta a todos para generar vida».
En la Iglesia naciente brillaba «el sentido comunitario en todas las acciones litúrgicas de la Iglesia», en palabras de Carrasco Rivera, que relató diversos ejemplos. Un sentido comunitario presente en la Iglesia actual, sobre todo a partir del Magisterio del Vaticano II, que hace ver que la Liturgia no son acciones privadas sino celebraciones de la Iglesia, son obra de Cristo y de su Iglesia, subrayando el carácter comunitario de toda celebración litúrgica. La Eucaristía aparece como vértice de la Iglesia y es celebrada por todos los bautizados, en su condición de sacerdotes, profetas y reyes, dado que la Liturgia se refiere a todo el Pueblo de Dios, señaló el profesor. El desafío es que brille el carácter comunitario en las celebraciones litúrgicas, que vaya más allá de las rúbricas y ayude a descubrir que la Liturgia es acción de Cristo.
De ahí la necesidad de formación y catequesis mistagógica que lleve al encuentro personal con el Señor y la vivencia comunitaria de la celebración. Es necesario superar la pérdida del sentido simbólico, el individualismo, el subjetivismo y el espiritualismo abstracto. El reto es subrayar que la iniciativa en la celebración le corresponde a Dios y descubrir que el ministro está al servicio del único protagonista, que es Cristo. Es necesario ir a la verdad del Misterio y recuperar el carácter comunitario de las celebraciones litúrgicas, que construyan comunidades que llevan la celebración a la misión y al cuidado de los pobres.

Catequesis y comunidad cristiana
En el campo de la Catequesis, Raúl Pereda Sancho, profesor de la Facultad de Teología del Norte de España (sede Burgos), reflexionaba sobre los Procesos Iniciáticos, claves para introducir en la vida de la comunidad cristiana. El Ritual de Iniciación Católica de Adultos (RICA) y el Directorio para la Catequesis, entre otros documentos, han fundamentado su ponencia. En ese sentido, abordaba la cuestión de la pertenencia, de generar comunidad a partir de los procesos de Iniciación Cristiana. Se necesita una catequesis que ayude a crecer ese sentido de pertenencia y el proceso de personalización de la fe.
A partir de la Iniciación Cristiana, la catequesis es vista como instrumento para una progresiva personalización de la fe, que incluye el anuncio del Evangelio y la profesión de fe, además de los sacramentos, señaló el ponente a partir del RICA, que incidió en la importancia de la dimensión comunitaria y existencial de la fe. Para Pereda, «la Iniciación Cristiana es más que la suma de los sacramentos que la componen». Desde ahí aboga por el carácter progresivo de la iniciación, la conciencia de pertenencia y una mayor formación en la fe trinitaria, escatológica, de comunión con Cristo, y personal, unida a la fe eclesial local y universal. La comunidad cristiana inicia y es iniciada y muestra el dinamismo de la fe de la Iglesia en el proceso personal de fe de los iniciados.
Con relación a la vida de la comunidad cristiana, centró su autenticidad en su dinamismo misionero y en el ser signo de la presencia del Resucitado. La dificultad estriba en la ausencia de vínculos de pertenencia, una realidad cada vez más presente en el tiempo actual. De ahí la necesidad de una catequesis que introduzca a una experiencia de fe acompasada a la experiencia de la comunidad, que confronta y alimenta la fe. Introducir al lenguaje de la fe como algo propio, en el que nos educa la comunidad para poder después comunicar. Finalmente, entender que la fe no se puede vivir autónomamente, es necesario enriquecer la fe a partir de esas experiencias vividas en comunidad.













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