En el contexto de la Visita ad limina Apostolorum, vivida del 19 al 23 de enero en Roma, el Papa León XIV atendió en audiencia a los obispos de la Conferencia Episcopal de Puerto Rico, a quienes dirigió unas palabras de afecto, gratitud y un llamado a renovar su entrega pastoral.
Con su carisma, el Pontífice saludó también a través de los obispos a todo el pueblo puertorriqueño, especialmente a cuantos están confiados a su cuidado pastoral, poniendo en relieve la comunión de la Iglesia que se expresa en la reunión con el Sucesor de Pedro y en la “renovada fidelidad” manifestada por ellos.
Les recordó que han sido llamados a ejercer el cuidado de la Iglesia de Dios, con la responsabilidad de custodiar y anunciar la salvación, siendo “heraldos y custodios” de una gracia que los trasciende. Del mismo modo, les indicó que examinó con detenimiento los informes presentados sobre las diócesis de la Isla.
- Foto:: El Visitante
Identidad, fe y misión evangelizadora
El obispo de Roma valoró la riqueza humana y espiritual que hay en la Isla, destacando la diversidad de sus paisajes, tradiciones culturales y la solidez en sus raíces cristianas. Afirmó que esa fe heredada a lo largo del tiempo sigue dejando una huella profunda en la formación espiritual, formativa y cultura del pueblo.
También manifestó su agradecimiento por la dedicación con la que los obispos anuncian el Evangelio, para que “Cristo sea conocido, amado y servido”, e insistió en que toda iniciativa pastoral debe estar centrada particularmente en el servicio a los más vulnerables, como expresión de una Iglesia cercana.
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Esperanza, unidad y testimonio eclesial
Ante el complejo panorama económico, social y familiar, así como las secuelas por fenómenos naturales, el Pontífice alentó a la Iglesia puertorriqueña a mantener viva la esperanza del pueblo y a acompañarlo con cercanía y serenidad. Recordó que “el Señor es siempre fiel a sus promesas” y que una fe arraigada y auténtica genera procesos de renovación en las personas y en las comunidades.
El Pontífice les insistió en que la unidad es un don clave, que se traduce en comunión entre pastores, comunidades y distintas expresiones de servicio y carismas. Se trata de una unidad, “que no elimina la diversidad, sino que la armoniza”, fortalece el testimonio eclesial, favorece nuevas vocaciones y convierte a la Iglesia en un “signo creíble de fraternidad”.
Finalmente, encomendó a los obispos y al pueblo puertorriqueño a la intercesión de la Virgen María, Nuestra Señora de la Divina Providencia, e impartió su Bendición Apostólica a todos, como expresión de consuelo y renovada esperanza.
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