La existencia humana actual, marcada por la productividad y el consumo, está absorbida por el activismo. El propio tiempo libre se convierte en algo funcional dentro de la producción, olvidando que incluso la “inactividad” representa una forma intensa de vida. Sin el reconocimiento y las condiciones necesarias para el descanso, se impone la ideología que considera que el ser humano tiene que funcionar. La propia aceleración de la vida nos acostumbra a ver y juzgar lo que realmente está en juego de forma parcial, si no errónea, forjando expresiones diversas de pobreza. Es la pobreza de quienes no tienen derechos, ni lugar, ni libertad; de quienes no poseen instrumentos para dar voz a su dignidad y sus capacidades; de quienes experimentan en su día a día la pobreza material, moral, espiritual, cultural y humana.
La pobreza en sus múltiples facetas es una realidad contra la que todos estamos llamados a luchar. Ella constituye, tal vez, el mayor desafío actual, cuando millones de personas viven en condiciones inhumanas y muchas mueren literalmente de cansancio, depresión o hambre. Cuando la ética cede el lugar a ideologías reduccionistas, “el desierto crece” (Nietzsche), es decir, crece esa dimensión de la vida social en la que el ser humano carece de lo necesario para vivir con dignidad.
Reconocer y estar dispuesto a acoger con respeto a todos los heridos y privados de su propia dignidad, libertad e identidad es un imperativo ético, una llamada a la conciencia, particularmente de los cristianos.
“Las estructuras de injusticia deben ser reconocidas y destruidas con la fuerza del bien, mediante el cambio de mentalidades y también con la ayuda de la ciencia y la técnica, mediante el desarrollo de políticas eficaces en la transformación de la sociedad” (Papa León). Para llevar a cabo esta misión es necesario pasar del mundo de las ideas y los debates a las acciones y gestos concretos, uniendo para ello las mejores fuerzas de la sociedad.
El compromiso en favor del bien común de la sociedad y la promoción de los más débiles y desfavorecidos compromete a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.
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