El teólogo y canonista Alphonse Borras, sacerdote español-belga y reconocido experto en sinodalidad y derecho canónico, reflexiona sobre los desafíos que enfrenta la Iglesia ante el cambio de época. Profesor y asesor en diversos organismos eclesiales europeos, padre Borras ha dedicado gran parte de su vida académica y pastoral a estudiar la renovación de la parroquia y el ejercicio del ministerio.
En esta entrevista, comparte una lectura del proceso sinodal en marcha, reamarcando la necesidad de una Iglesia que escuche, discierna y camine con el pueblo de Dios, lejos de todo clericalismo. Desde su mirada teológica, propone una comprensión más participativa del liderazgo pastoral y señala que la verdadera autoridad en la Iglesia “deriva de la Palabra de Dios y se ejerce en comunión fraterna”.
El padre Borras también invita a repensar la estructura parroquial como espacio de proximidad, acogida y misión, resaltando la importancia de los organismos de participación como garantía de una conversión pastoral duradera. Su aporte ilumina el horizonte de la formación sinodal que el curso Together busca impulsar en América Latina y el Caribe, en un momento clave para la recepción de las conclusiones del Sínodo.
En una “Iglesia sinodal”, todos los fieles gozan de la misma dignidad
Pregunta: Desde su experiencia como teólogo y canonista, ¿cómo entiende el papel de los sacerdotes y obispos en la promoción de una Iglesia sinodal?
Respuesta: En una “Iglesia sinodal”, todos los fieles gozan de la misma dignidad en virtud de su bautismo y participan a su misión en base de sus carismas y eventualmente de su ministerio: son el cuerpo de Cristo habitado por su Espíritu “en este lugar” anunciando el Evangelio, celebrando las maravillas de la salvación y contribuyendo a la emergencia del Reino de Dios en la historia para llevarla a su cumplimiento.
Dentro de la Iglesia local y al servicio de esta, el obispo desempeña su papel de pastor de la diócesis. En clave cristológica – refiriéndose a Cristo – figuran sacramentalmente que sólo él es el verdadero pastor de su grey; en clave pneumatológica – refiriéndose al Espíritu santo – escuchan a los fieles en los cuales actúa el Espíritu santo, acogen y reconocen los frutos de su acción promoviendo la variedad de sus dones. Conducen la comunidad eclesial de tal modo que todos los fieles participen en la misión de anunciar el Evangelio, en virtud de su bautismo según la diversidad de carismas, funciones y oficios. Sin descuidar su ministerio de unidad, el obispo es garante y promotor de la catolicidad de la Iglesia local ya que la unidad del pueblo de Dios que le ha sido confiado es “católica” en el sentido que integra y asume la diversidad según la variedad de los dones del Espíritu y el “anuncio inculturado del Evangelio” (como decía el Documento Final del Sínodo de la Amazonia).
En virtud de su ordenación episcopal, el pastor de una Iglesia local ha recibido la gracia de presidir su Iglesia – tanto a su unidad cuanto a su catolicidad– y, al mismo tiempo, de ser su vínculo con toda la Iglesia en la variedad de las Iglesias locales (Documento Final [DF] 69). Actúa, así como una “bisagra” (DF 70, 8 y 116), representando en su Iglesia local al conjunto de todas las Iglesias e insertándola, a su vez, en la comunión universal de todas las Iglesias, de modo que el colegio episcopal se arraigue en la comunión de todas las Iglesias.
Los sacerdotes o mejor dicho los presbíteros desempeñan su ministerio pastoral siendo en modo análogo al servicio de la comunidad que les ha sido confiada para que todos – cada cual según sus carismas y eventualmente su ministerio – tomen parte al anuncio del Evangelio “en este lugar” – tanto como territorio cuanto como cultura – siendo, en su diversidad y complementariedad, signo de la acción del Espíritu. Lo cual supone atención, respeto y solicitud para con sus hermanos y hermanas.
“Una Iglesia auténticamente sinodal vive bajo la autoridad de la Palabra de Dios”
P.: En muchos contextos eclesiales, la sinodalidad aún se percibe como una amenaza a la autoridad del clero. ¿Cómo pueden los pastores vivir su liderazgo de manera más participativa y en comunión con el pueblo de Dios?
R.: Se me permita decir, lo que fue subrayado durante la fase de consulta planetaria (2021-2022) y luego reflejado en el documento para la etapa continental (octubre de 2022), pero lamentablemente que se atenuará durante las sesiones de octubre de 2023 y 2024, ya que, a menudo, hay que constatar y lamentar que es la “autoridad del clero” la que amenaza la sinodalidad del pueblo de Dios, cuando los pastores y otros ministros, incluso laicales, se colocan en una posición de superioridad con respecto a sus hermanos y hermanas, perpetuando la división de una Iglesia dividida entre los que enseñan (ecclesia docens) y los que aprenden (ecclesia discens), entre los sujetos activos del pueblo de Dios (el clero, en sentido amplio, incluidos los religiosos) y los sujetos pasivos (los demás fieles, es decir los laicos).
El DF de octubre de 2024 subrayó en más de una ocasión la corresponsabilidad diferenciada de todos los bautizados: su participación se promueve “sobre la base de una corresponsabilidad diferenciada, valorando las capacidades y los dones de todos con vistas a la decisión compartida” (DF 89; cf. también 7, 26, 28, 36, 48, 63, 74, 77, 80 y 134). Una Iglesia auténticamente sinodal vive bajo la autoridad de la Palabra de Dios, que no cesa de dialogar con ella a lo largo de su peregrinación por la tierra a través de los «signos de los tiempos», en el corazón de esta historia, para llevarla a su plenitud.
Una Iglesia sinodal solo se realiza con la colaboración de todos los fieles y sus pastores, ya que, al escuchar la Palabra de Dios y acoger su gracia, todos participan, por la acción del Espíritu, en su comunión de gracia y, cada uno a su manera, son corresponsables de su misión: la comunión y la misión presuponen la participación de todos.
Los pastores y otros ministros ejercen su ministerio bajo la autoridad de la Palabra de Dios en comunión con sus hermanos y hermanas. No son ellos solos el pueblo de Dios, sino que están a su servicio “en este lugar”. Su autoridad deriva de esta Palabra: en nombre de ella y a su escucha les corresponde hacer crecer a los fieles en la fe, la esperanza y la caridad, promoviendo sus carismas y ministerios. El DF también ha subrayado la triple articulación del ministerio pastoral de los obispos y del papa – lo cual vale para los demás pastores – cuyo ejercicio es a la vez personal (“uno”), colegial (“algunos”) y comunitario (“todos”).
El modo personal es el del obispo, presbítero o cualquier otro ministro en cuanto les toca conducir, gobernar o animar en su calidad de pastor (“uno”) cuidando de la unidad de la comunidad y de la promoción de su catolicidad, promoviendo asimismo su impulso misionero. El modo colegial (en sentido amplio, no meramente jurídico) es asumido por los demás fieles que trabajan con él en su calidad de colaboradores (“algunos”). El modo comunitario resulta de todos ellos – pastores y sus colaboradores – ejerciendo su oficio en conexión con la comunidad y al servicio de los fieles (“todos”). Se trata pues de vivir un liderazgo pastoral mucho más participativo que no implica su traducción institucional mediante “organismos participativos”, los cuales son una garantía para la puesta en práctica de los frutos del proceso sinodal. Son “el camino más eficaz para promover una Iglesia sinodal”, que consiste sin duda en “favorecer la participación más amplia posible del pueblo de Dios” (DF 87).
Se trata de los Consejos eclesiales a distintos niveles (local, regional, continental y global/mundial; cf. DF 89). De ahí la afirmación clara y nítida de que “los organismos de participación constituyen uno de los ámbitos más prometedores para actuar con vistas a una rápida aplicación de las orientaciones sinodales, que conduzca rápidamente a cambios perceptibles” (el subrayado es mío, DF 103). Es más, estos organismos participan en la renovación conciliar. Su aplicación decidida es una garantía de su aceptación.
El DF afirma de hecho la urgencia de la «renovación de los organismos de participación» para poner en marcha procesos de transformación misionera (sic, cf. DF 11, al presentar la tercera parte del DF). Se establece claramente el vínculo entre participación y misión, en particular y de manera explícita para el sínodo diocesano (cf. DF 108 in fine). La perspectiva es claramente misionera: estas organizaciones, cada una según su naturaleza y finalidad propias, tienen como objetivo la comunicación del Evangelio en su entorno respectivo. Por lo tanto, su objetivo no es principalmente organizativo. Aquí encontramos la inspiración que presidió la creación de los Consejos Pastorales tras el Concilio Vaticano II, cuando Pablo VI indicó en 1966 el objetivo de «promover la conformidad de la vida y la acción del Pueblo de Dios con el Evangelio» (cf. Mp Ecclesiae Sanctae n.º 16 § 1).
La parroquia es la Iglesia “para todos”
P.: Usted ha reflexionado sobre la renovación de la parroquia en clave sinodal. ¿Qué cambios concretos considera necesarios para que las parroquias sean espacios de escucha, discernimiento y participación real?
R.: Ocurre recordar cuáles son los puntos fuertes de la parroquia, sus mayores recursos, cualquiera sea su figura – las parroquias de antaño, las agrupaciones de hoy, las nuevas parroquias del mañana. Su primer punto fuerte, independientemente de su forma es su apertura a todos. Esto se debe fundamentalmente a su estructura. La apertura a todos forma parte de su ADN: la parroquia es la Iglesia “para todos”. En comparación con otras realidades eclesiales, esta apertura a todos constituye realmente su fuerza.
La parroquia existe tradicionalmente para lo que hoy podríamos llamar los “feligreses internos”, es decir, los feligreses propiamente dichos en virtud de su domicilio (cf. cc. 107 1 y 515 § 1). Pero hoy más que ayer, la parroquia también cuenta con “feligreses externos”, o feligreses por elección, es decir, aquellos que eligen frecuentar la parroquia. Su presencia, sociológicamente hablando, suele estar determinada hoy en día por las afinidades que tienen con uno u otro componente de la parroquia: para algunos será la personalidad del párroco o la calidad de la liturgia, para otros la apertura de los feligreses o la calidad de los servicios de la parroquia, para otros aún las afinidades socioculturales o las relaciones familiares o de amistad, etc.
El segundo punto fuerte de la parroquia es su inscripción en un territorio. Por supuesto, el territorio no es formalmente constitutivo de la institución parroquial en el sentido del canon 515 § 1 del Código de 1983. Lo que la constituye es tanto una comunidad de fieles como su erección por parte de la autoridad competente, así como la integridad de la misión a través de la triple función de enseñar, santificar y gobernar (cf. c. 519). El territorio es solo un factor determinante: determina los fieles o, más en general, las personas comprendidas en un determinado límite territorial. En el derecho canónico, desempeña el papel de criterio objetivo de pertenencia (c. 518). Sin embargo, este territorio también debe entenderse como un “terroir” en el sentido de la palabra francesa, es decir, una realidad con su sustrato histórico, cultural, social, etc., que determina una inculturación específica de la fe para las personas que viven en él. La teología habla aquí de la catolicidad que estos fieles encarnan y representan. En virtud de la catolicidad de la Iglesia profesada en el Credo (cf. LG 13 y 23a), el principio territorial adquiere un alcance teológico que, en definitiva, valoriza la comunidad parroquial y su responsabilidad misionera. Se supera así la consideración puramente administrativa, ciertamente necesaria, de la delimitación objetiva del ejercicio del ministerio pastoral confiado al párroco y a sus colaboradores.
El tercer punto fuerte de la parroquia está relacionado con los dos anteriores: la proximidad. Por supuesto, esto ya no se vive como antes, en una sociedad estable en la que la mayoría de las personas vivían las diferentes dimensiones de su existencia individual y colectiva en la misma localidad. Antiguamente, la proximidad se ejercía a través del ministerio del párroco, que consolidaba su adhesión a la misma fe o, al menos, su referencia común a la misma religión, que en otro tiempo era el factor principal del lugar social. Hoy en día, la proximidad se basa en los feligreses, individual y colectivamente, en la medida en que, a través de los grupos y comunidades a los que pertenecen, quieren estar presentes en su entorno humano. El objetivo de la proximidad es «hacer Iglesia», en el sentido más amplio del término, desde el contacto con las personas hasta la acogida de todos, desde el compromiso con la comunidad local hasta la asamblea eucarística, ya que esta anuncia la convocatoria de la humanidad a la alianza divina.
A través de la escucha, la acogida, el diálogo en el amor y la verdad, el compromiso diario, la presencia en su entorno, los feligreses llevan a cabo una inculturación por capilaridad de su experiencia de fe en la vida cotidiana de sus entornos, que no se reducen a su barrio o pueblo. Su anuncio inculturada del Evangelio se lleva a cabo mucho más allá del “territorio” parroquial, sino que alcanza otros ámbitos, entre otros los digitales, a través de Internet y las redes sociales. Descubren sobre la marcha que son actores de la evangelización. Solo a través de los feligreses, en la diversidad de sus roles, mediante sus contactos y sus compromisos, la institución parroquial puede hacer existir un tejido eclesial (vínculo eclesial) en el tejido social (vínculo social) e incluso virtual (vínculos digitales). Los feligreses influyen sin duda en el tejido social local y pueden contribuir así a su construcción, pero su influencia puede ir mucho más allá. Se plantea la cuestión de los vínculos virtuales en el contexto actual de la cultura digital, emblemática del actual cambio de época.
Escuchar al pueblo
P.: ¿Qué mensaje ofrecería a los obispos y sacerdotes de América Latina y el Caribe que buscan impulsar procesos sinodales sostenibles en sus diócesis y comunidades?
R.: En este comienzo de la fase de recepción del último sínodo, los obispos deben relanzar con valentía y firmeza los organismos de concertación y deliberación para escuchar a su pueblo, sus necesidades, sus aspiraciones, su sed de una Iglesia creíble. Les corresponde superar el ejercicio aislado de su ministerio y apostar, con lealtad y resolución, por el potencial pastoral de la colegialidad episcopal a nivel de su provincia eclesiástica y de su Conferencia Episcopal, dejando de comportarse como párrocos preocupados únicamente por su parroquia. También les corresponde cuestionar los nichos de formación que fomentan o mantienen una mentalidad clerical. Destaco la triple exigencia de claridad (denominada transparencia en el DF), de rendir cuentas (accountability) y de evaluar el ejercicio del ministerio (no solo de los agentes pastorales laicos, sino también de los diáconos y… de los sacerdotes y obispos; cf. DF 71, 74, 95-102, 135, 148). El derecho canónico puede contribuir en gran medida a satisfacer esta triple exigencia, a falta de una legislación universal para toda la Iglesia, al menos en el derecho particular de las diócesis y las conferencias episcopales.
La sinodalidad es un modo de ser y de actuar
P.: El curso Together tiene como fin promover una formación práctica en clave sinodal. ¿Cómo evalúa esta propuesta y qué papel cree que puede tener en la consolidación de comunidades eclesiales más participativas y corresponsables?
R.: No cabe duda que este curso tendrá repercusiones en los que lo atenderán. Todo depende de lo qué harán no sólo de ese material sino dela reflexión provocada en los auditores. Creo el material y sobre todo la reflexión que podría suscitar tendrán que provocar un proceso de formación en el sentido mismo de los que el último capítulo del DF sugiere: no un intercambio de “ideas” sino el arranque de un aprendizaje, el inicio de un learning by doing, ya que la “sinodalidad” es un modo de ser y de… actuar que presupone y implica a la vez un compromiso de los que “caminan juntos”.
P.: Algo que le gustaría agregar
R.: Gracias por todo y enhorabuena para este programa. ¡Ojala tenga rápidamente y claramente un efecto en la fase actual de implementación de las conclusiones del DF!
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