«No podemos ser indiferentes ante el sufrimiento de nuestro pueblo», afirman los más de 120 obispos mexicanos en un mensaje dirigido al pueblo de Dios al cierre de la edición N°119 de su Asamblea plenaria, efectuada del 10 al 14 de noviembre.
“Queremos que sepan que nuestra cercanía está siempre con las víctimas, con los pobres, los que sufren. Que nuestra amistad es sobre todo con el pueblo sencillo que lucha cada día por sobrevivir con dignidad”, afirman.
Falsos discursos
En el documento aclaran que su intención está libre de cualquier posición política o partidista, recuerdan que su misión les exige hablar con la verdad y no pueden permanecer neutrales cuando se pone a prueba o ignora la dignidad de las personas; “nosotros pastores, no podemos permanecer indiferentes”, indican.
Los obispos ven con preocupación los discursos que poco tienen que ver con la experiencia cotidiana de millones de mexicanos. En pocas palabras, una cosa es lo que se dice y otra la que se vive. Situación latente en los procesos de construcción de paz, la situación económica, el ejercicio de las libertades, la gestión pública y la administración de la seguridad.
Los obispos piden a las autoridades y a la sociedad civil que no se queden en estadísticas frías que dan cuenta sobre las realidades de inseguridad, pobreza e injusticia, porque “son rostros concretos, familias destrozadas, madres que lloran a sus hijos, comunidades indefensas y empobrecidas”.
Los obispos reconocen que no tienen la solución, pero están dispuestos a buscarla en un diálogo con todos los que aseguran “verdaderamente amen a México, más allá del partido político en el que militen, la ideología que los inspire o el credo religioso que profesen».
Falta de coherencia
Los obispos coinciden en que mientras les dicen que la violencia ha disminuido «muchas familias han perdido seres queridos o poblaciones enteras viven con miedo porque experimentan otra realidad».
Igual sucede con el supuesto combate frontal contra la corrupción; porque la realidad es que en casos graves y hasta escandalosos, se ha demostrado que no hay una voluntad clara para esclarecerlos; esto hace que la impunidad prevalezca. “Nos dicen que la economía va bien pero hay muchas familias que no pueden llenar su canasta básica y muchos jóvenes no encuentran oportunidades», aseguran los obispos.
También sucede con el respeto a las libertades, porque según señalan «quienes expresan opiniones críticas son descalificados y señalados desde las más altas tribunas del poder».
Por otra parte, les dicen que México es el país más democrático del mundo, pero «han visto cómo han comprometido los organismos y las instituciones que garantizaban la auténtica participación ciudadana para concentrar el poder arbitrariamente». A esto se suma que la violencia se ha vuelto cotidiana. «Ese cáncer del crimen organizado que padecemos desde hace años, ha extendido sus tentáculos a muchos rincones del país».
La degradación social exige conversión
Situación que lamentan porque «ninguno de los dirigentes que gobierna el país ha logrado erradicar este mal», incluso se sabe que muchas regiones de México «siguen bajo el dominio de los violentos». De ahí que inviten a superar el miedo y hablar de lo que muchas veces todos saben, pero prefieren callar.
Sacerdotes, religiosas, agentes de pastoral e incluso algunos políticos que buscan cambiar esta situación han sido amenazados y asesinados ante la impotencia ciudadana. “Hemos tenido que llorar la muerte de varios hermanos presbíteros que dieron su vida sirviendo a sus comunidades. Sentimos el dolor por todos aquellos que buscando el bien han sido sacrificados”.
Los jóvenes son víctimas del secuestro y muchos mueren en campos de exterminio, convirtiéndose en uno de los dramas más graves de la sociedad mexicana. Para los obispos todo esto habla de la degradación social a la que han llegado que exige una conversión profunda de quienes han optado por el mal. “Hacemos un enérgico llamado a una conversión personal y social para alcanzar una verdadera transformación”.
Familia, centro de la acción pastoral
Situaciones que impulsan fenómenos como la migración forzada, el control territorial de los grupos delictivos y por ende la fragmentación de la familia. La migración forzada continúa. Miles de mexicanos se ven obligados a abandonar sus tierras, no solo por buscar mejores oportunidades, sino también por huir de la violencia.
Para los obispos la familia representa el corazón herido de la sociedad, los datos hablan de hogares fragmentados, violencia intrafamiliar, ambientes escolares poco seguros y un incremento en la adicción de jóvenes. En esta línea ratifican su necesidad de elevar la voz cuándo las políticas públicas atentan contra la familia, preocupa a la Iglesia «la ideología que relativiza la complementariedad entre hombre-mujer, porque diluye la identidad sexual» y presenta como “progreso” lo que en realidad entienden como una deconstrucción de la naturaleza humana. Problemáticas que podrían llevar al pesimismo, pero no es así.
Los obispos recuerdan que Cristo ha vencido el mal con el bien y la esperanza cristiana no consiste en cerrar los ojos ante el dolor, sino en mantenerlos abiertos, reconociendo que su amor puede más que el mal. Así los obispos continúan su peregrinación hacia nuevas metas que aporten a la transformación de la sociedad, como lo hicieron en su momento los mártires que tendrán su celebración en 2026, les corresponde ahora ser como ellos “fieles en medio de la persecución, sin esperar que el Estado totalitario se vuelva benévolo”.
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