Juan Francisco Troia nunca pensó que su nombre artístico sería “Kiki”. Sin embargo, así lo conoce hoy el continente. El cantautor y productor argentino, radicado en México, recibe a ADN Celam en plena jornada de trabajo, rodeado de instrumentos, cables y el ruido alegre de sus mascotas.
“Yo me llamo Juan Francisco y de chiquito me decían Francisquito; cuando me preguntaban cómo me llamaba, yo decía Quiquito. De ahí quedó Kiki”, recuerda entre risas. Confiesa que intentó firmar profesionalmente como Juan Francisco Troya, pero “todos me decían: nadie te conoce como Juan Francisco”. Cedió, aunque admite: “hasta el día de hoy me arrepiento un poco”. Aun así, reconoce con humor que los sobrenombres también tienen sentido espiritual: “Jesús también rebautizaba… confío en Dios, en que Él hace nuevas todas las cosas”.
Infancia entre guitarras, vinilos y dibujos
Lo que muchos desconocen es que, antes de la música, su primer sueño fue la animación. “Quería trabajar en Disney, hacer dibujos animados”, cuenta. Pero en su casa la música tenía un lugar demasiado fuerte: su padre, guitarrista talentoso; su madre, coleccionista de vinilos y amante de todos los géneros. Él lo resume así: “Toda esa música se me fue metiendo mucho”.
A los nueve años, su madre lo empujó a estudiar guitarra: “Yo era muy introvertido… tal vez la guitarra me iba a ayudar a superar eso”. Tenía razón. La música lo envolvió “como un canal de expresión muy poderoso”. En la adolescencia decidió el rumbo: escuela de artes o escuela de música. Eligió música, sin vuelta atrás.
Su padre, Juan Francisco, fallecido el 23 de noviembre de 2013, fue clave: “Veía reflejada en mí toda su vocación”, dice con emoción. Aunque era escribano, amaba la guitarra y apoyó cada paso de su hijo: equipos, instrumentos, clases, estudios. Su madre, Esperanza Isabel, continúa siendo su sostén afectivo y su raíz musical: “Me inculcó el amor por todos los géneros… en mi casa se escuchaba de todo”.
“Voy a ser músico católico toda mi vida”
Cuando se le pregunta cómo se define, el afirma: “Soy cantautor… pero también productor musical”. No podría elegir una sola identidad, porque ambas lo apasionan: “Estar aquí en mi laboratorio haciendo arreglos y creando… eso me encanta”.
Y sin embargo, no siempre imaginó dedicar todo a la música católica. Kiki creció en una familia católica, pero “no tan involucrada con la fe”. Su primera etapa musical fue como guitarrista en bandas de rock y pop, tocando en fiestas y boliches. Sin embargo, algo le faltaba: “Nada me hacía pleno… tenía una carencia que solo podía completar Dios”.
Esa búsqueda coincidió con la llegada de un grupo juvenil llamado Aliento de Vida. “Me invitaron a tocar con ellos… con ellos orábamos, evangelizábamos en lugares muy carenciados”, allí vivió lo que describe como un golpe de humildad. También allí volvió a la Biblia, a la oración y a una relación viva con Dios. Hasta que un día lo decidió: “Voy a ser músico católico toda mi vida. No sabía si me iba a dar de comer, pero era lo único que realmente me hacía feliz”.
“Yo hago música para el que no cree en Dios”
La respuesta de Kiki es firme y didáctica: “Por supuesto que sí… pero tienes que tomarte las cosas muy en serio”. Para él, profesionalizarse es una obligación moral: “Si quieres que te paguen como profesional, debes comportarte como profesional”. “Si quieres vivir de esto, prepárate, ensaya, alinea tu instrumento, ten tus cables en buen estado”, alienta a los músicos católicos.
Quizá lo más sorprendente de su misión es su destinatario: “En su mayoría, la gente que escucha música católica es de la Iglesia… pero mi meta es cantarle al que no cree”. Repite una y otra vez que su objetivo “son los que no pisan una iglesia, los ateos, los que están lejos de Dios”. Y Dios le ha abierto puertas insospechadas: bares, universidades, calles peatonales, un Hard Rock Café en Costa Rica. “Son lugares donde tienes que poner a prueba tu música y tu don de comunicador”, asegura.
En España vivió una de sus experiencias más hermosas: lo instalaron como músico callejero. Comenzó cantando canciones infantiles españolas “para romper el hielo”, y poco a poco introdujo sus propias composiciones. “Se armó un ambiente hermosísimo… cuando alguien que no conoce la fe te dice que se conmovió, ya con eso me doy por satisfecho”.
El arte paciente de conquistar corazones
La misión de Kiki es pastoral, aunque él no use esa palabra: “Para eso vine: para que al menos una sola alma abra una pequeña puerta de fe”. Esa convicción lo acompañó también en parroquias y templos, donde suele iniciar sus conciertos con “Tu lugar”, una canción de bienvenida para quien se siente fuera o lejos: “Es para el que nunca pisó una iglesia o llegó por obligación”.
Al final del concierto, siempre hay alguien que se acerca con lágrimas: “Esta canción era para mí, porque llevo mucho tiempo lejos de la fe”. Y le sucede tan seguido que ya lo considera uno de los regalos más grandes de su ministerio.
También recuerda su canción provida Toda vida es sagrada, grabada con Martín Valverde. “Mucha gente me dice: esta canción es la historia de mi mamá… o es mi historia”. Otros le cuentan que cierta canción les cambió la vida, que se enamoraron con una de sus melodías, que un novio se declaró con una letra suya, o que sonó en bodas y aniversarios. “Son muchos frutos”, dice agradecido.

Su esposa Paola y sus hijos Juan Martín y Tadeo Nicolás
La música en la evangelización: importante, pero no lo más importante
Cuando se le pregunta por el rol de la música en la Iglesia, Kiki evita idealizaciones:
“San Juan Bosco decía que una misa sin música era como un pastel sin huevo… le falta algo importante”. Pero añade una precisión: “La música ayuda, pero no es lo más importante. Una misa se puede celebrar sin música… una oración se puede hacer sin música”.
A los músicos católicos les pide humildad —“no comportarnos como estrellas de rock”— y criterio pastoral —“en una misa tu música debe ayudar a que los demás canten. No es tu concierto”—. También insiste en adaptar las tonalidades, simplificar arreglos y servir, antes que lucirse: “Somos misioneros. Hacemos un servicio”.
“Hace falta más obreros. La mies es mucha”, dice en su mensaje para las nuevas generaciones, y los invita a un camino hermoso pero exigente: Formación musical, formación espiritual, paciencia y humildad. “La música católica no da éxitos repentinos ni dinero fácil… pero es un camino bellísimo”.
Francisco de Asís, su santo inevitable
Al final, cuando se le pregunta con qué santo le gustaría componer, no duda: “San Francisco de Asís me vuelve loco… me enamoré de Francisco”. El santo de la pobreza, la ternura y la fraternidad sigue inspirándolo mientras él, desde su estudio casero o una esquina peatonal, busca corazones dispersos, incrédulos, heridos o indiferentes. Las “ovejas perdidas” de hoy.
Kiki Troia lo tiene claro: “Evangelizar no es una opción… es un deber. Yo lo hago con guitarras, melodías, humor y fe”.
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