En medio del dolor provocado por recientes conflictos sociales en Bolivia, que dejaron víctimas fatales y un clima de conmoción, el obispo Mons. Aurelio Pesoa Ribera OFM elevó un llamado firme a la esperanza, al cuidado de la vida y al rechazo de la violencia, durante su homilía del tercer domingo de Adviento.
En un contexto en el que se vive el luto y la tensión social, como los hechos ocurridos en Cotapachi, Cochabamba, Mons. Pesoa, también presidente de la Conferencia Episcopal Boliviana (CEB), recordó que la esperanza cristiana no es evasión de la realidad, sino compromiso activo con la vida y la paz: “La palabra de Dios nos invita a reafirmar, pero sobre todo a no perder la esperanza”.
La esperanza como columna de la vida cristiana
Mons. Pesoa señaló que la esperanza debe ser “la columna principal de la vida cristiana”, especialmente “ante todas las vicisitudes y problemas que día a día suceden”. A la luz del profeta Isaías, recordó que el pueblo de Israel también atravesó el desierto, el destierro y el sufrimiento, pero fue precisamente allí donde la esperanza comenzó a transformar la historia.
“El profeta mueve la esperanza del pueblo anunciando que ya se acerca la liberación”, manifestó, explicando que la promesa de Dios convierte “el dolor y la tristeza del desierto en tiempo de gozo y alegría”. Esta esperanza, insistió, impulsa a comprometerse con el bien y a fortalecerlo en la vida cotidiana.
La autoridad eclesial remarcó que Jesús no se presenta como un Mesías de poder o imposición, sino como aquel que transforma desde abajo: “El que viene no es un Mesías de éxito fácil, de fama o de poder… es aquel cuyas palabras y obras transforman la vida del ser humano y las condiciones sociales”.
La vida, bien supremo ante los conflictos
El Evangelio dijo: “transmite vida, transmite esperanza, transmite alegría”, especialmente para los más vulnerables, porque “Dios está de su parte”. En este sentido, recordó que el camino del Reino no está exento de conflicto: “El Reino de Dios sufre violencia desde el momento en que es anunciado”, como lo vivieron Juan el Bautista y el mismo Jesús.
Mons. Pesoa se refirió a los acontecimientos violentos ocurridos en los últimos días en el país. Sin mencionar casos concretos, situó su mensaje en el corazón del drama vivido por comunidades que hoy lloran a sus muertos.
“Todos sabemos que el bien supremo es la vida. Esa vida que ninguno de nosotros es dueño, es la vida del hermano”, sostuvo. Advirtió que cuando no se valora la vida, “ante los conflictos no se busca la solución por el camino del diálogo, sino por la confrontación y la violencia”, que muchas veces desemboca en muerte. “La muerte trae dolor y luto en las vidas de aquellos que quedan”, recordó, poniendo en el centro a las familias que cargan con la pérdida de seres queridos.
Esperanza que compromete y construye futuro
Desde la Palabra de Dios, el obispo motivó a quienes viven situaciones de conflicto: “No dejarse arrastrar por los violentos”. Resaltó que, aunque existan reclamos legítimos y urgentes, “nada justifica la pérdida de la vida de un ser humano”.
“No es con sangre ajena y la muerte del hermano que se solucionan los problemas”, insistió, exhortando a no permitir que la violencia se convierta en “la única manera de resolver las dificultades” en las regiones y en el país.
En clave de Adviento, el presidente de la CEB recordó que la esperanza cristiana es fuente de verdadera alegría y sentido: “Cuando hay esperanza significa que no todo está perdido”. Por ello, animó a los fieles a no desanimarse del proyecto de Jesús y a contribuir activamente para que “los tiempos mejores no queden solo en discursos o promesas”. “El cristiano es una persona de fe y esperanza”, afirmó, recordando que Dios “viene continuamente a nuestras vidas y de diversas maneras”.
Adviento: volver al Dios de la vida
Retomando al profeta Isaías, concluyó con una palabra de consuelo y fortaleza para los desalentados: “Sean fuertes. Ahí está su Dios. No teman, no tengan miedo”.
El mensaje cerró con una invitación a vivir el Adviento como tiempo de conversión y retorno al Dios de la vida, “con un corazón humilde y arrepentido”.
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