ADN Celam

Zé Vicente: «La música religiosa debe afirmar la identidad, la autoestima espiritual y el compromiso cívico»

Zé Vicente es uno de los artistas del concierto de Navidad «Jesús entra a tu casa».
El poeta y cantautor brasileño nacido en Orós, Ceará dialogó con ADN Celam, sobre su obra ampliamente reconocida por ser expresión única de la identidad y afirmación cultural del pueblo que sufre en el continente y encuentra en Cristo la esperanza para seguir.

Cantante y poeta

Su música ha acompañado la vida de muchas comunidades en América Latina. ¿Cómo descubrió que la música era su camino para servir?

Compuse mis primeras canciones en 1981 y empezaron a ser interpretadas por las comunidades de la diócesis de dom Antônio Fragoso en el estado de Ceará. Vi que las Comunidades Eclesiales de Base, la clase obrera, los sindicatos y el movimiento de los trabajadores sin tierra de Brasil; tenían una misma vibración, un mismo sentir.

Hacia 1983, se realizó el V Encuentro Intereclesial de las Comunidades Eclesiales de Base de Brasil en el santuario de San Francisco en Canindé y cuando cantábamos; vi que las comunidades se apropiaban rápidamente de las letras y cantaban en coro; siempre con mucha complicidad y comunión por causa de la misión y el compromiso social que los unía.

Entonces poco a poco fui entendiendo que esta música viene de la vida comunitaria, del movimiento social popular y por eso, tiene esa conexión natural, esa empatía.

Descubrí que ese era mi camino como cantante y poeta; haciendo arte que considero es un alimento de esperanza, una oportunidad para despertar, llenarse con el encanto, apropiarse de la lucha y la organización; siempre en nombre de la fe cristiana y la conciencia ciudadana.

 

¿Qué momentos de su historia personal marcaron su identidad musical y espiritual?

Creo que se trata de un proceso dinámico. Cada día estoy atento a las señales, los acontecimientos que se producen en mi camino como ser humano y miembro de la comunidad humana, pero también como criatura de la tierra, que nació en el campo.

Desde pequeños, los abuelos y mi padre que provienen de los caboclos, es decir, de los pueblos originarios, nos enseñaron a conocer las plantas, árboles y frutos, lo que podíamos comer o no, lo que debíamos amar y cuidar al plantar huertos y jardines. Creo que llevamos esa esencia adentro y la vamos descubriendo cada día a través de las señales.

Cuando me uní al movimiento de las Comunidades Eclesiales de Base y los movimientos populares, me di cuenta que cada día me voy moldeando, alimentando mi ser, como persona espiritualizada con un compromiso frente a la dimensión cristiana; pero sobre todo en el campo de la profecía.

La profecía no es un privilegio, para mí es una consecuencia natural de nuestro “Sí” cristiano, nuestro bautismo. Entonces, aún estoy descubriendo cuál es el alimento, las señales y acontecimientos. Esos amores de las personas que van sumando, marcando y moldeando mi ser como ciudadano del mundo, sensible a las causas sociales, sintiendo mi pertenencia al planeta y a una fuente creadora. Yo quiero seguir diciendo, “Sí” y ser obediente a ese llamado.

Tocar el corazón

¿Cómo ha evolucionado su música a través del tiempo? 

Soy inquieto, cada día busco entender el tiempo que vive la tierra y mi pueblo, además de los que comparten conmigo esta hermosa y bendita aventura de la vida. Así vamos descubriendo algo nuevo, por ejemplo, yo siempre busco aprender de los niños.

Para mí, los sobrinos, nietos y los niños que encuentro en Brasil y los lugares del mundo a los que vamos; nos enseñan esa necesidad de evolucionar y hacerlo con un lenguaje sencillo.

Recuerdo a dom Antonio Fragoso cuando decía «habla sencillo para que quienes no estudiaron entiendan». Justamente eso me sirvió para componer canciones sencillas. Si pensamos por que y cómo la gente se enamora, podemos entender lo que queremos transmitir; es eso que sale de su alma y regresa a ella. Debemos comprender donde está el corazón de la historia e ir al centro, al origen, al punto original.

De eso se trata la evolución de la música, pero también de conocer y escuchar los ritmos latinoamericanos, afroamericanos; los instrumentos de los pueblos indígenas y sus interpretaciones, además de los cantantes que nos precedieron.

Es prestar atención a la música de calidad que se está haciendo, pero también aquello que el mercado impone con sus intereses políticos, ese deseo de dominar el mercado y la gente. En ese camino quiero tener el corazón abierto y humilde siempre, para evolucionar como ser humano y artista.

 

Sus canciones unen poesía, fe y realidad social… ¿Qué lo inspira al momento de componer?

Creo que surge cuando nos sumergirnos profundamente en nuestra realidad, teniendo presente la experiencia familiar, el punto de partida, nuestros orígenes. En mi caso, el pueblo donde nací, los árboles, la naturaleza, las historias de la gente; además de la interpretación del mensaje desde la perspectiva de la gente sencilla y la Biblia.

Tuve la gracia de participar en experiencias de diferentes grupos de estudio como en la Sociedad de Estudios Bíblicos Interdisciplinares (SEBI) en Brasil, las Comunidades Eclesiales de Base y los ministerios juveniles; entonces desde el principio trajimos a esos campos la experiencia que tuve con el teatro popular, la poesía y la música. Cada vez me siento más convencido de que es un campo fértil para nosotros, una experiencia que se transforma en una fuente de inspiración.

Y después de aprender a tocar pequeñas cosas en el violín, porque no soy un músico profesional, cuando lo tomo la poesía y los sonidos suelen nacer juntos; siempre de eventos que me atraen, inspiran, provocan o desafían; porque para mí el violín es un instrumento de percusión.

Eso me encanta profundamente, desde la sonrisa de un niño, hasta una imagen de la naturaleza, un viaje hecho muchas veces a pie o en autobús, contemplar paisajes, rostros, reflexionar sobre los acontecimientos; seguir la situación de mi país, del mundo, mi continente, el amerindio, el afro amerindio que amo. Esos son los momentos que nos ayudan a sentarnos y decir: ahora escribiré la canción, no solo las piezas, porque no soy compositor de teoría.

De hecho, no aprendí teoría musical, así que la inspiración llega como sonido y palabra juntos; luego se transforma en una canción que cuando canto me emociona hasta sentir que toca el corazón de la gente.

 El compromiso de los artistas

¿Qué papel tiene la música religiosa ante los desafíos sociales, la violencia y desigualdad de nuestra región?

Debido a nuestra realidad, el drama social, la violencia, la desigualdad en nuestra región y considerando el drama planetario que estamos viviendo; siento que es un gran desafío para los corazones de las personas con sensibilidad mística y espiritual, pero también con un verdadero compromiso cívico y político.

En un mundo sin compasión y tantas dificultades, la música que compongo debe ser ante todo arte, que aporte para fortalecer la cultura de la paz, el respeto por la vida y el cuidado humano; como cuando escucho grandes compositores como Mercedes Sosa o artistas de Chile y otros tantos.

Ejemplo de ello es la música centroamericana, especialmente la de Nicaragua, que conozco profundamente, o la de Colombia que nace de las raíces, las luchas y los compromisos; la música debe responder a eso.

Me preocupa bastante cuando un artista quiere hacer música solo para promocionarse, como individuo, como ídolo en este ámbito y no tiene ningún compromiso más allá de brillar y ganar dinero.

Ese es un gran desafío, porque muchas veces el mercado impone un tipo de música que se difunde rápidamente, paga a los medios para que hagan una especie de lavado de cerebro rápido; haciendo que la gente cante automáticamente sin llegar a imaginar que estos son temas, discursos o narrativas  contradicen nuestra propia identidad, libertad, nuestra belleza como seres humanos. Especialmente en las mujeres y niños, que a menudo los incitan a la violencia, a la falta de respeto por el género y vulneran la grandeza que somos o ignoran la belleza de la naturaleza.

Estoy muy atento a esto. A veces, incluso la música religiosa es individualista y moralista, alimenta un sentimiento de culpa y no una afirmación de la identidad, la autoestima espiritual y cívica.

Me preocupa mucho la música que se escucha y se ofrece como alimento para el tipo de sociedad que queremos, el tipo de iglesias o grupos sociales humanos que queremos dejar al partir de esta tierra.

 

¿Cómo evitar que la música religiosa se vuelva rutinaria o desconectada de la vida de la gente?

Debemos estar atentos, escuchar juntos, porque la sanación y las soluciones son colectivas.

Eso lo ratifico en la canción que escribí el día que Israel y Hamás entraron en guerra; algo que me impactó mucho, una guerra que continúa en silencio igual de letal que antes. Tenemos un deber, un compromiso con nuestro tiempo y sociedad.

La cultura del encanto, la belleza de las cosas y de lo divino que habita en nosotros, debería ser una bandera alzada en esta Navidad; un compromiso que hacemos con el Niño de Belén, desde las cuevas de la América profunda, desde la tierra de los países que están siendo masacrados, desplazados de sus patrias, pueblos y hogares.

Creo que estamos ante un año muy desafiante. Los tiempos venideros nos muestran retos mayores, y quiero, mientras viva a mis 70 o 71 años, estar atento a esto, decir que “Sí” y seguir haciendo lo que siento, lo que puedo con mis compañeros músicos, es decir, salidas creativas, ser cómplices en la misión que canto, para avanzar juntos.

La canción que lanzamos este fin de año como regalo de Navidad, dice  «Sigamos, Dios está con nosotros» y es tiempo de «bendecirnos», de «seguir remando juntos» con gratitud.

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