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Iglesia de la Zona Andina teje lazos de fraternidad en su Encuentro Regional del Celam

La experiencia del Encuentro Regional de la Zona Andina se está viviendo como un verdadero espacio de fraternidad, tejido común y esperanza entre las Iglesias de los países bolivarianos, según destacan sus participantes.

Tejer lazos entre países andinos

Los asistentes describen estos días como un encuentro “maravilloso” marcado por un fuerte sentido de fraternidad, donde obispos, sacerdotes y agentes pastorales comparten sus realidades y búsquedas.

La metáfora del “tejer” se ha convertido en una clave para entender el ambiente del encuentro: se busca entrelazar historias, desafíos y esperanzas comunes entre países que, aunque separados por fronteras, comparten una misma fe y una historia similar.

Desde la organización se subraya que el objetivo es construir un tejido de elementos comunes entre las Iglesias de los países bolivarianos, descubriendo “eso que nos une” y que hace a estos pueblos “casi ser iguales”. Esta dinámica se vive como un proceso de escucha mutua y de reconocimiento de la dignidad de cada pueblo, con un fuerte acento en el respeto, la solidaridad y el amor al prójimo.

Esperanza, encuentro y sinodalidad

En el encuentro también se comparten situaciones concretas de cada país, especialmente las que afectan a los más pobres. Desde la experiencia de Cáritas, por ejemplo, se ha señalado cómo la crisis social obliga a reinventar formas de acompañar, visibilizar el sufrimiento y organizarse mejor para enfrentar la desnutrición, la falta de salud y otras carencias que golpean a las comunidades.

Otra de las líneas fuertes que se vive en estos días es la llamada a la formación y a la conversión pastoral, retomando las orientaciones del Sínodo. Se insiste en que todo cambio en la Iglesia pasa por un regreso constante a Cristo y por la renovación de las relaciones, como base para una auténtica conversión pastoral.

Los testimonios coinciden en que, a pesar de las dificultades, los pueblos andinos y latinoamericanos se mantienen resilientes, con esperanza y expectativas. Desde la “cultura del encuentro”, los participantes se reconocen como hermanos, abiertos a acoger lo que cada uno trae, convencidos de que el mundo se construye cuando se encuentran y se unen, no solo en la virtualidad sino en la presencia.

En este tiempo de Pentecostés, se pide al Espíritu Santo que impulse una Iglesia cada vez más sinodal, capaz de seguir tejiendo redes comunitarias y de protección para las poblaciones más vulnerables. Los participantes expresan el deseo de que, al final del encuentro, cada uno pueda reconocer el aporte que ha hecho desde los dones recibidos, dando gracias a Dios por haberlos reunido y fortalecido en la misión.

 

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