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Asamblea sinodal: una Iglesia que escucha y es escuchada

El trabajo de dos años, iniciado en las diócesis y en las conferencias episcopales, se ha convertido, más que en punto de llegada, en un punto de partida. Todo a partir de las mociones experimentadas en octubre durante el así llamado “Sínodo de la sinodalidad”, donde el verdadero protagonista ha sido ¬– y siempre será– el Espíritu Santo.

En un mismo cuerpo y un mismo espíritu, el Obispo de Roma, los obispos de las Iglesias locales, laicos, laicas, consagrados y consagradas se dieron cita para vivir la experiencia de conversar en el Espíritu Santo con dos objetivos principales: Reflexionar, juntos y desde la atenta escucha de unos con otros, sobre la dimensión constitutiva de la sinodalidad que caracteriza nuestro ser Iglesia, Pueblo de Dios que busca la unidad por encima de la diversidad y, en segundo lugar, discernir el actuar y el camino a seguir para actualizar y continuar el mensaje amoroso de Dios Padre y Madre que quiere que todos, todos, todos, sean incluidos y acompañados a la luz de los signos de los tiempos.

De esta manera, del 4 al 29 de octubre, hombres y mujeres, bajo el sacramento del bautismo y constituidos hijos de Dios y hermanos todos, emprendimos un camino, donde el privilegio consistía en escuchar y ser escuchados bajo el entendido de que la escucha restituye la dignidad y facilita el camino del perdón y de la reconciliación.

Las dificultades y el cansancio afloraron, pero fueron superados por el ánimo de sabernos juntos y acompañados. Cuando surgieron, naturalmente, las heridas y los desgarros, el principal actor dejó fluir su gracia para encontrar caminos de convergencia, mostrar tareas pendientes de seguirse reflexionando e iluminar propuestas que dejan el futuro abierto y esperanzado.

Tres fueron los grandes temas que se han logrado sintetizar después de procesos de apertura, recuperación de la confianza, transparencia, sinceridad y fraternidad: el rostro de una Iglesia Sinodal, la dimensión comunitaria de sabernos todos llamados y todos incluidos y, el tercer tema que engloba las acciones para construir comunidad y tejer lazos.

Sabiendo siempre que no es ni será un trabajo acabado, la sinodalidad es un término que resulta necesario reflexionar constantemente pues no se trata del derrumbe de estructuras anteriores ni la ansiosa apertura irracional a novedades que no vienen del Espíritu, por ello, lo primero es entender que no es ni una iniciativa nueva ni una a la que hay que temer, más bien, una que invita a abrir el corazón y dejarse seducir por el Espíritu que conoce y sana, guía y acompaña el camino desde el “ver-juzgar-actuar”, en otras palabras, “escuchar- discernir- actuar”. Esencialmente la sinodalidad recuerda que, dentro de los muchos carismas y dones, cada uno forma un sólo cuerpo y está llamado a cumplir su misión en comunidad y en servicio a los demás, especialmente en los más pobres.

La centralidad de la opción preferencial de los pobres no puede quedar de lado en el entendimiento de nuestro caminar, pues en ello se revitaliza la gratuidad del amor de Dios y el compromiso para con la justicia que son propios de todo bautizado. Ellos son el lugar de verdad.

La segunda temática, el “todos llamados” contempla la radicalidad en el seguimiento de Jesús y el envío del Espíritu, confirma que la Iglesia se inserta dentro de una dimensión que va más allá de favoritismos y de privilegiados, de estructuras y de jerarquías, invita pues a una conversión de todos donde prime un sentido de hermandad y de acogida. La Iglesia no tiene una misión, es misión.

Temas difíciles como la inclusión de las mujeres, la acogida de los migrantes, de los jóvenes, de las instituciones de vida consagrada, son puestos sobre la mesa instando a que estos grupos y, otros, cobren un papel más central y más dinámico dentro de nuestro ser Iglesia, pero advierte, a la par, del peligro de depositar en ellos, funciones y obligaciones que son propias de los obispos y sacerdotes; no se trata, pues, de suplantar el papel que hoy ejercen ni el cuerpo colegiado (obispos) ni la primacía del Obispo de Roma, sino que ambos colaboren y trabajen para hacer posible el Reino de Dios.

Por último, el tema sobre “tejer lazos y construir comunidad” aporta luces sobre la necesidad de saber escuchar y acompañar. A menudo quedamos sordos ante quienes no pueden o no quieren levantar su voz y son ellos, en primer lugar, a quienes debemos tender oídos, pues hay una fuerte necesidad de acompañarlos, incluirlos y facilitarles la fuerza de su propia voz. Ellos son la razón de ser de nuestro caminar juntos. También se resalta la idea de los “misioneros digitales” a modo de lectura atinada de los tiempos que corren y se exhorta entonces a utilizar las plataformas digitales y los dispositivos móviles para evangelizar y para tender puentes de caridad y de solidaridad. Hoy es posible construir comunidades desde los espacios virtuales sin perder de vista la realidad rica y fecunda que surge en el encuentro cara a cara y en la vivencia de la fe comunitaria.

Mucho que seguir reflexionando, voces distintas que hoy empiezan a cobrar protagonismos, que refrescan una misión compartida. Esta Asamblea traza nuevos caminos y dibuja nuevos horizontes en los que sólo el amor será capaz de cambiar la historia, recordando que justamente el amor, tiene muchas formas y modos de darse, recibirse e inundar nuestros corazones.

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