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Reflexión Bíblica Dominical: 9 de junio de 2024

9 de junio de 2024 por
Reflexión Bíblica Dominical: 9 de junio de 2024
CONSEJO EPISCOPAL LATINOAMERICANO - CELAM

“𝙔 𝙢𝙞𝙧𝙖𝙣𝙙𝙤 𝙖 𝙡𝙤𝙨 𝙦𝙪𝙚 𝙚𝙨𝙩𝙖𝙗𝙖𝙣 𝙨𝙚𝙣𝙩𝙖𝙙𝙤𝙨 𝙖 𝙨𝙪 𝙖𝙡𝙧𝙚𝙙𝙚𝙙𝙤𝙧, 𝙙𝙞𝙟𝙤: 𝙀𝙨𝙩𝙤𝙨 𝙨𝙤𝙣 𝙢𝙞 𝙢𝙖𝙙𝙧𝙚 𝙮 𝙢𝙞𝙨 𝙝𝙚𝙧𝙢𝙖𝙣𝙤𝙨. 𝙋𝙤𝙧𝙦𝙪𝙚 𝙩𝙤𝙙𝙤 𝙚𝙡 𝙦𝙪𝙚 𝙝𝙖𝙘𝙚 𝙡𝙖 𝙫𝙤𝙡𝙪𝙣𝙩𝙖𝙙 𝙙𝙚 𝘿𝙞𝙤𝙨 𝙚𝙨 𝙝𝙚𝙧𝙢𝙖𝙣𝙤 𝙢í𝙤 𝙮 𝙝𝙚𝙧𝙢𝙖𝙣𝙖 𝙮 𝙢𝙖𝙙𝙧𝙚.” (𝙈𝙘 3,34-35)

Algunas personas -por miedo- prefieren dirigir su mirada hacia el “suelo”, para no caerse o para no enfrentar la mirada de los demás. Otras -por comodidad- vuelven sus ojos al “cielo”, con el pretexto de espiritualidad, para no cuestionar su estilo de vida vacío de responsabilidades comunitarias.

Jesucristo mira a la persona -discípulo o alejado- con la ternura de familia, la confianza de hermano y la firmeza de la Palabra. Porque, además de los vínculos sanguíneos y afectivos, podemos construir “nuevas relaciones familiares” desde los sueños compartidos y los compromisos comunes. De hecho, la vida comunitaria está fundamentada en los “objetivos comunes” más que en los orígenes comunes…

El Reino de Dios, la fraternidad universal, la amistad social, la paz verdadera, la ecología integral, la justicia restaurativa, la solidaridad liberadora y la reconciliación cósmica… son “ideales” que unen a personas diferentes, con orígenes diferentes y con motivaciones diferentes, para compartir algo común: la familia humana de Dios.

En nuestras relaciones, ¿que priorizamos? ¿La sangre, los afectos o los ideales? ¿O quizá tan solo nuestros egoísmos?

El proyecto de Dios -su Reino- es la opción de innumerables personas que anteponen los valores del evangelio a los vínculos culturales, familiares, afectivos o institucionales. El discipulado misionero no se sostiene con grandes impulsos pero con poco espíritu, sino con la práctica cotidiana de oración, solidaridad y fraternidad, iluminada por la Palabra de Jesucristo, la Palabra de Dios.

Para los seguidores de Jesús “palabra y práctica” caminan juntos. Y cuando se separan entre sí, aparece la “guerra civil” en la persona dividida, las relaciones traicioneras, las comunidades rotas y las “adicciones” -o demonios- a otra persona, idea, sustancia o comportamiento. Por el contrario, cuando hay congruencia, dominio de sí y sanos ideales, desaparecen los “diablos”, de tal manera que podamos disfrutar de la libertad interior y la fraternidad universal, que nos propone Jesucristo.

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