En la solemnidad de María Santísima Madre de Dios y en el inicio del nuevo año, el Papa León XIV presidió su primera celebración litúrgica del año, ofreciendo una homilía centrada en la bendición, la libertad y el rostro misericordioso de Dios, revelado plenamente en Jesucristo gracias al “sí” de María.
La Liturgia del día, recordó el Pontífice, propone “el texto de una bellísima bendición”: “Que el Señor te bendiga y te proteja. Que el Señor haga brillar su rostro sobre ti y muestre su gracia. Que el Señor te descubra su rostro y te conceda la paz” (Nm 6,24-26). Esta bendición, explicó, se sitúa en el libro de los Números después de las indicaciones sobre la consagración de los nazireos, para subrayar “la dimensión sagrada y fecunda del don” en la relación entre Dios y su pueblo.
El Papa destacó que en esta dinámica de alianza, “el hombre ofrece al Creador todo lo que ha recibido y Él responde volviendo hacia él su mirada benévola”, como en los orígenes de la creación (cf. Gn 1,31). Esa bendición estaba dirigida a un pueblo que había sido liberado: hombres y mujeres “renacidos después de una larga esclavitud gracias a la intervención de Dios y a la respuesta generosa de su siervo Moisés”.
“Cada día puede ser, para cada uno de nosotros, el comienzo de una vida nueva”
El Santo Padre recordó que el pueblo de Israel, aunque en Egipto gozaba de ciertas seguridades materiales, las pagaba “al precio de ser esclavo, oprimido por una tiranía que exigía cada vez más dando siempre menos” (cf. Ex 5,6-7).
En el desierto, en cambio, muchas de esas certezas se habían perdido, pero se había ganado la libertad: “un camino abierto hacia el futuro, el don de una ley de sabiduría y la promesa de una tierra” sin cadenas ni grilletes, es decir, “un renacer”.
Desde esta clave, el Papa afirmó que al comenzar el nuevo año la Liturgia recuerda que “cada día puede ser, para cada uno de nosotros, el comienzo de una vida nueva”, gracias al amor misericordioso de Dios y a la respuesta libre de cada persona. Por eso, invitó a pensar el año que inicia “como un camino abierto, por descubrir”, vivido por gracia, “libres y portadores de libertad, perdonados y dispensadores de perdón”, confiados en la cercanía permanente del Señor.
María, Madre de Dios y rostro humano de la misericordia
Este horizonte espiritual se ilumina, señaló el Pontífice, al celebrar la Divina Maternidad de María. Con su “sí”, la Virgen permitió que “la Fuente de toda misericordia y benevolencia” tuviera un rostro humano: el de Jesús. A través de sus ojos —de niño, joven y adulto— “el amor del Padre nos alcanza y nos transforma”.
Por ello, al iniciar el año, el Papa invitó a pedir al Señor “experimentar en todo momento el calor de su abrazo paterno y la luz de su mirada que bendice”, para comprender mejor quiénes somos y hacia qué destino maravilloso caminamos (cf. Gaudium et spes, 41).
Al mismo tiempo, exhortó a dar gloria a Dios “con la oración, con la santidad de vida y haciéndonos, los unos para los otros, espejo de su bondad”.
Dios “desarmado y desarmante”
Citando a san Agustín, el Papa recordó que en María “se hizo hombre quien hizo al hombre”, subrayando así la gratuidad absoluta del amor de Dios, que se hace cercano y vulnerable “para librarnos a nosotros, a pesar de ser indignos” (Sermo 191, 1.1). Este rasgo, explicó, define el rostro de Dios como “desarmado y desarmante”, desnudo e indefenso como un recién nacido.
En continuidad con su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, el Santo Padre dijo que “el mundo no se salva afilando las espadas, juzgando, oprimiendo o eliminando a los hermanos”, sino “esforzándose incansablemente por comprender, perdonar, liberar y acoger a todos, sin cálculos y sin miedo”.
Ese es el rostro de Dios que María dejó crecer en su seno, cambiando por completo su vida. Es el rostro que anunció con la ternura de sus ojos de madre, que contempló en la vida cotidiana de Nazaret y que siguió, como discípula humilde, “hasta la cruz y la resurrección”. Para ello, también María “bajó la guardia”, renunciando a seguridades y expectativas, y consagrando su vida al Hijo recibido por gracia para volver a donarlo al mundo.
Libertad, paz y misión
En la Maternidad Divina de María, explicó el Papa, se encuentran dos realidades “desarmadas”: la de Dios, que renuncia a todo privilegio para hacerse hombre (cf. Flp 2,6-11), y la de la persona humana que abraza con libertad total la voluntad divina, ofreciendo el acto más alto de amor: su propia libertad.
Recordando a san Juan Pablo II, el Pontífice evocó la escena de Belén, donde los pastores encontraron “la desarmante ternura del Niño, la pobreza sorprendente… y la humilde sencillez de María y José”, una experiencia que transformó sus vidas y los convirtió en “mensajeros de salvación” (Homilía, 1 de enero de 2001).
Asimismo, retomó las palabras del Papa polaco al concluir el Jubileo del año 2000, cuando afirmaba que los creyentes habían palpado “el amor de Dios que renueva la faz de la tierra” y eran enviados, como los pastores, a ponerse nuevamente en camino para anunciar “el Evangelio, antiguo y siempre nuevo”, vivificando la historia y las culturas con su mensaje salvífico.
El nuevo año
Al concluir su homilía, el Papa León XIV invitó a los fieles, al inicio del nuevo año y cerca de la conclusión del Jubileo de la esperanza, a acercarse al pesebre “como al lugar de la paz ‘desarmada y desarmante’ por excelencia”, lugar de bendición y de memoria agradecida por los prodigios de Dios en la historia y en la vida personal.
Desde allí, exhortó a volver a partir, como los humildes testigos de Belén, “alabando y glorificando a Dios” (Lc 2,20) por todo lo visto y oído. “Que este sea nuestro compromiso, nuestro propósito para los meses venideros y para toda nuestra vida cristiana”, concluyó el Santo Padre.
Foto: Santa misa presidida por el Papa León XIV en la solemnidad de Santa María Madre de Dios, jueves 1 de enero de 2026 (@Vatican Media)
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