ADN Celam

Familias latinoamericanas, llamadas a rescatar la dignidad humana frente a la cultura del descarte

En el marco de la fiesta de la Sagrada Familia, que la Iglesia católica celebra este 28 de diciembre, Alirio Cáceres Aguirre reflexiona sobre los desafíos humanos que hoy atraviesan las familias de América Latina y el Caribe. Desde su experiencia como padre, diácono permanente y teólogo, denuncia la cultura del descarte y llama a recuperar la dignidad humana.

A la luz del hogar de Nazareth, subraya que las relaciones solidarias, dialogantes y cuidadoras brotan de una experiencia viva de Dios. La familia, como Iglesia doméstica, está llamada a encarnar la cultura del encuentro, el servicio y la misericordia en contextos marcados por la violencia y la fragilidad social .

Esta reflexión fue compartida en una entrevista concedida a ADN Celam, que insta a profundizar en el papel de las familias como semillas concretas de esperanza. Desde la sinodalidad cotidiana y la ecología integral, afirma que el cuidado de la vida y de la casa común comienza en el hogar. Le invitamos a leer la entrevista completa.

Recuperar la dignidad humana frente a la cultura del descarte

PREGUNTA – Como padre de familia y diácono, ¿cuál cree que es hoy el mayor desafío humano que enfrentan las familias en América Latina y el Caribe?

RESPUESTA. Justamente volver a ser humanos. Puede sonar paradójico, pero el mayor desafío humano es rescatar los fundamentos que constituyen la dignidad humana. Estamos en un mundo en el cual no nos tratamos como sujetos, sino como objetos. El valor que prima es el de utilidad. Nos hemos olvidado que intrínsecamente valemos por lo que somos, no por lo que tenemos o hacemos. Esto es fácil de observar cuando una raza se cree superior a otra, una nación cree que puede exterminar a otra, un embrión, una migrante, un niño trabajador, una mujer, un anciano son tratados como una cosa; preferimos los cachorros a los bebés, o desplazamos con tecnología la mano de obra, perdiendo el horizonte del desarrollo humano integral. Es la cultura del descarte que denunció nuestro querido e inolvidable Papa Francisco. En nuestra civilización no sólo se generan toneladas de basura, sino que nos tratamos unos a otros como basura.

¿Qué hacer entonces? Frente a la lógica del “úselo y tírelo”, no queda más que cuidarnos los unos a los otros como el Buen Pastor nos cuida. Se trata de promover la cultura del encuentro, la cultura de la escucha y del diálogo, la cultura del cuidado. Es la empatía, la compasión, la misericordia, la clave para dar un giro a las relaciones humanas. Y nosotros, discípulos misioneros del Evangelio y por tanto, peregrinos de esperanza y custodios de la creación, profesamos la fe en el Dios que se encarnó, el Verbo que se hizo hombre, por ello cada ser humano, es un hermano, una hermana. Es más, tal como lo relata el Evangelio de Mateo y lo proclamó San Pablo, Cristo está presente en cada persona sin excepciones. Jesús, en la parábola del Buen Samaritano, nos enseña cómo relacionarnos con los demás. Esto fundamentalmente hace parte de la cultura que ha de sembrarse en cada familia como Iglesia doméstica, refrendando que la Iglesia es casa y escuela de comunión como escribió San Juan Pablo II hace 25 años al comienzo de este Tercer Milenio.

Entonces la espiral de la violencia y el maltrato se rompe cuando el amor de una pareja se consagra a la Trinidad Santa para fecundar el universo con la conversión de las relaciones consigo mismo, con los demás seres humanos, con el resto de la creación:

“Contra la llamada cultura de la muerte, la familia constituye la sede de la cultura de la vida. En la familia se cultivan los primeros hábitos de amor y cuidado de la vida, como por ejemplo el uso correcto de las cosas, el orden y la limpieza, el respeto al ecosistema local y la protección de todos los seres creados. La familia es el lugar de la formación integral, donde se desenvuelven los distintos aspectos, íntimamente relacionados entre sí, de la maduración personal. En la familia se aprende a pedir permiso sin avasallar, a decir « gracias » como expresión de una sentida valoración de las cosas que recibimos, a dominar la agresividad o la voracidad, y a pedir perdón cuando hacemos algún daño. Estos pequeños gestos de sincera cortesía ayudan a construir una cultura de la vida compartida y del respeto a lo que nos rodea” (LS 213)

Nazareth: escuela de relaciones basadas en Dios, el servicio y la misericordia

P. ¿Qué nos enseña la Sagrada Familia para vivir relaciones más solidarias, dialogantes y cuidadoras en el hogar?

R. José, María y el Niño Jesús tienen como referente común a Dios mismo. La obediencia de San José, el Fiat de la Virgen María y la unión de Jesús, Hijo de Dios, con su Abbá (papito) en la unidad del Espíritu Santo, está a la base del Hogar de Nazareth. Es decir, sin Dios no hay verdadera experiencia de familia. Dios se nos ha revelado como Santísima Trinidad, una comunidad preciosa de Amor infinito y por tanto, las relaciones solidarias, dialogantes y cuidadoras brotan de su inmensa Misericordia.

“Amor con amor se paga”. Cada uno de los integrantes de la Sagrada Familia ha experimentado la ternura de Dios, su llamado particular y le ha respondido con total confianza en su Voluntad. Revisar la historia de San José o de Nuestra Señora o ir a fondo a la cristología, nos conduce a la fuente primaria del Sumo Bien. Esto mismo sucede con los miembros de una familia católica: damos con alegría lo que recibimos, y por tanto perdonamos a los que nos ofenden, porque hemos experimentado el perdón divino, ungidos en el bautismo actuamos en el mundo como sacerdotes, profetas y reyes en la caridad porque de Dios mismo hemos recibido dicha vocación y misión.

En consecuencia, si papá, mamá, hijos, tíos, primos, abuelos están a la escucha de Dios en los signos del tiempos, en el clamor del pueblo, en los gemidos de la Creación; si están en comunión con el Señor a través de la Palabra, los sacramentos, la acción pastoral de la Iglesia, en sus obras se demostrará la fe y darán testimonio a tiempo y a destiempo de la Bella y Buena Nueva.

En la vida, pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo se revela la Salvación. De este modo, cada familia puede dar sentido a los momentos de dolor, luz, gozo, gloria en sintonía con los Misterios de Rosario para dar continuidad al Proyecto de Dios desde las circunstancias particulares de cada cultura y territorio. Por ejemplo, ponerse en el lugar de José y de María cuando dan el sí en circunstancias de duda, o a Jesús en el Getsemaní; o tomar conciencia que la Sagrada Familia vivió la experiencia del desplazamiento forzado, las amenazas de muerte, o el afán del trabajo cotidiano, o la angustia y desconcierto al extraviarse un hijo y luego encontrarlo hablando con una lógica incomprensible para sus padres, nos acerca humanamente a la Revelación de Dios.

En la sinodalidad de la Iglesia que sigue el ejemplo de quien no vino a ser servido, sino a servir, es esencial que retoñe una espiritualidad del servicio en el ámbito del hogar, en el taller, en el templo, en el extranjero, tal como Jesús, María y José lo experimentaron, y nos ayudan a transformar un corazón de piedra en un corazón de carne, capaz de tener los mismos sentimientos de Dios. Esta manera de comprender la vida, desencadena una nueva forma de relaciones al interior de la familia y en su entorno socio-ambiental, no importa si el núcleo familiar está liderado por una madre cabeza de hogar, como tristemente sucede en muchos de nuestros países, o la situación de viudez caracteriza el momento existencial, o la parentela amplia convive bajo un mismo techo, pues tratar a los demás como queremos que nos traten es la premisa evangélica de las relaciones. La Sagrada Familia como ideal, jamás oculta la realidad real, más bien nos convoca a cristificar nuestros vínculos de afectos y hacer vida el Padre Nuestro haciendo la voluntad del Señor.

Familias Laudato Si’: esperanza concreta ante la precariedad y la crisis ambiental

P. Ante la precariedad, la migración y el deterioro ambiental, ¿cómo pueden las familias convertirse en semillas de esperanza y cuidado de la vida?

R. Según lo anteriormente dicho, cada familia como una auténtica Iglesia doméstica, tiene el don y tarea de ser promotora de la cultura de la vida:

La sinodalidad es una costumbre que se practica diariamente, desde la intimidad del hogar, en la escucha atenta del otro, la actitud servicial con el prójimo, la conciencia del trabajo en equipo para caminar juntos en santidad y justicia, en la presencia de Dios, todos los días.

El diálogo social es fundamental para ser artífices de la Civilización del Amor. La colaboración entre vecinos, la solidaridad con los vulnerables y empobrecidos, la acogida fraterna a los migrantes, la búsqueda del bien común mediante consensos en lo fundamental para la convivencia pacífica, con aquellos que comparten la casa común pero piensan diferente, es un rasgo del aporte de los católicos a una paz desarmada y desarmante basada en la vivencia de la misericordia.

La Plataforma de Acción Laudato Si´, con sus siete objetivos, indican un itinerario para que las familias asumamos la responsabilidad como custodios de la obra creada por Dios: responder al clamor de nuestra hermana, la Madre Tierra (así la llamó San Francisco de Asís hace 800 años en su precioso Cántico de las creaturas), está unido a responder al clamor de los más pobres, promover una economía ecológica, asumir un estilo de vida sostenible, impulsar una educación ecológica integral, encarnar una espiritualidad trinitaria, incidir políticamente como célula de la sociedad. El cuidado de la gran Casa Común comienza por casa. No hay mejor forma de incidencia que la coherencia. Toda familia católica está llamada a ser una familia Laudato Si´ en la que se alabe al Señor del Universo mediante el caminito de pequeños detalles de ternura en el cuidado mutuo. Así, las familias serán la base activa de Ecoparroquias y otras Comunidades Laudato Si´.

Estamos terminando el Año del Jubileo de la Esperanza. Dios nos sonríe en cada bebé que nace. Dios nos enseña a través de la sabiduría de los ancianos. Dios nos manifiesta su esperanza con tantos testimonios de bondad, semillas de humanidad, que refrendan que el amor es más fuerte que la “hermana muerte”. Dios confía en que la armonía de su Ser Trinitario se desborde en cada hogar para regar la tierra con obras de misericordia y samaritanidad.

Tal como el Papa León lo ha expresado “en la familia, la fe se transmite junto con la vida, de generación en generación; se comparte como el pan de la mesa y los afectos del corazón. Esto la convierte en un lugar privilegiado para encontrar a Jesús, que nos ama y siempre quiere nuestro bien”. No hay ninguna familia tan pobre que no pueda ofrecer nada, ni tan rica que no necesite recibir nada. Si la fiesta de la Sagrada Familia se celebra en el Tiempo litúrgico de la Navidad es porque Dios mismo en persona nos señala que la encarnación, el abajamiento, la humildad son llaves para abrir los candados de la precariedad, la migración y el deterioro ambiental. La sinodalidad no es completa sin una ecología integral, y la familia es el ámbito en donde el Padre que ve en lo secreto, hace germinar esas semillas de esperanza. Por eso, la esperanza es sinodal, no auto-referencial. “Caminemos cantando. Que nuestras luchas y nuestra preocupación por este planeta no nos quiten el gozo de la esperanza” (LS 244)

 

 

Le puede interesar: El Papa León XIV nombra a un nuevo obispo para Venezuela

 

Suscríbete gratis por a nuestro canal de Whatsapp https://bit.ly/4hbWWN0

Inscríbete en “Together”, la plataforma de formación masiva sobre sinodalidad https://bit.ly/4mkqeuk

Porque hay que cuidar a quienes protegen la creación, llega el podcast La Vida pende de un Hilo https://bit.ly/46cGUiB

Escucha el Himno del Jubileo en su versión latinoamericana y caribeña https://bit.ly/41l312</a

Post a comment