En un nuevo episodio del videopodcast Centinelas de la Pastoral Juvenil Latinoamericana y Caribeña, conducido por Emilio Gómez, el padre Edgar Lezama, religioso carmelita mexicano radicado en Perú, abordó el tema de las vocaciones juveniles, resaltando la necesidad de redescubrir su significado más amplio en medio de los desafíos actuales.
Durante el diálogo, el sacerdote, quien actualmente se desempeña como asesor nacional de la Pastoral Juvenil en Perú y dirige un colegio en Lima, compartió su experiencia de más de 20 años acompañando a jóvenes, remarcando que la vocación es un proceso que se construye desde la vida misma.
Vocación que nace en la búsqueda
Al relatar su historia personal, el padre Lezama explicó que su vocación surgió desde distintas experiencias, como su paso por los Boy Scouts, su formación con religiosas y su cercanía a comunidades indígenas en México, lo que incluso lo llevó a estudiar antropología social.
“Mi vocación surge desde varios enfoques, desde varias perspectivas”, compartió, señalando que también fue clave una “incomodidad” interior: “No sentirme satisfecho de lo que estaba realizando… me llevó a decir, bueno, pues tal vez puede ser por medio de la llamada de Dios”.
Desde los 15 años, añadió, se involucró en la pastoral juvenil, un camino que ha marcado toda su vida: “Hasta el día de hoy sigo inserto en el ambiente de la pastoral juvenil”.
“Estamos llamados a ser felices”
Durante el diálogo se planteó la necesidad de superar la visión reducida de la vocación como sinónimo exclusivo de vida religiosa.
“Erróneamente se entiende vocación como sinónimo de padrecito o de madrecita”, dijo, insistiendo en que el primer llamado del cristiano es a la felicidad: “Estamos llamados a ser felices. Ese es nuestro primer llamado. Ese llamado a ser felices es un llamado a la santidad”.
Asimismo, explicó que la vocación implica tres dimensiones: un llamado a la santidad, un estilo de vida (sea matrimonio, vida religiosa o soltería) y una misión de servicio. “Todos estamos llamados a ser misioneros”, sostuvo.
Jóvenes que buscan en medio del “ruido”
El sacerdote reconoció que los jóvenes enfrentan un contexto lleno de ruido, consumismo y la sobreinformación, lo que dificulta el discernimiento vocacional.
“Claro que busca el joven […] pero la cuestión está en cómo está buscando”, expresó, señalando que muchos han “perdido el rumbo” debido a la “cultura del descarte”, la cosificación y el exceso de estímulos.
Frente a este panorama, propuso recuperar espacios de interioridad: “Tenemos tres no negociables: el desierto, la soledad y el silencio, que nos hace reencontrarnos con nosotros mismos”.
El silencio como camino de discernimiento
Uno de los aportes más insistentes del padre Lezama fue la importancia de educar en la interioridad. Según explicó, enseñar a los jóvenes a guardar silencio puede ser una vía para redescubrir su vocación.
“Si aprendemos a guardar silencio por un minuto, por dos minutos”, indicó, y aseguró que “lo menos es más” en los procesos formativos.
En esa línea, dijo que el discernimiento no consiste en dar respuestas inmediatas, sino en suscitar preguntas: “Si llegan conmigo y yo doy una respuesta, ahí se para el proceso… el discernimiento implica… te lanzo una pregunta, tú encuentras la respuesta”.
Iglesia que escuche y dé protagonismo
El religioso también hizo un llamado a la Iglesia a renovar su manera de acompañar a los jóvenes, apostando por una actitud más abierta y cercana.
“Necesitamos una Iglesia de puertas abiertas”, “una Iglesia en salida que entienda y comprenda la realidad del joven”, expresó, y advirtió contra la tentación de etiquetar o descalificar a las nuevas generaciones.
Asimismo, alentó a darles protagonismo: “Más que nunca necesitamos a los jóvenes… acercarnos a ellos desde donde están y darles buenas noticias”.
Desafíos pastorales y educativos
El padre Lezama reconoció que acompañar a la juventud hoy es un reto complejo, especialmente en un contexto postpandemia marcado por la inestabilidad emocional.
“Hoy en día acompañar al joven es un reto”, expresó, manifestando la necesidad de una formación integral que desarrolle el pensamiento crítico y la capacidad de discernir.
En ese sentido, cuestionó los modelos educativos y catequéticos basados en la memorización: “Los llenamos de información, pero no los estamos haciendo pensar”.
“El mayor lío es aprender a guardar silencio”
Hacia el final del programa, el sacerdote dejó algunas “luces” para que los jóvenes puedan equilibrar su vida cotidiana con su servicio en la Iglesia. Entre ellas, insistió en la necesidad de detenerse, escuchar y preguntarse por el sentido de la vida.
“El mayor lío que podemos hacer, es que nuestros chicos sean capaces de guardar silencio y de preguntarse: ‘¿Qué estoy haciendo con mi vida?’”, concluyó.
El episodio cerró con un llamado a seguir construyendo una pastoral juvenil que promueva procesos de humanización, donde los jóvenes puedan pensar, sentir y actuar con coherencia en medio de los desafíos del mundo actual.
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