Heriberto Andrés Bodeant, obispo de Canelones, jurisdicción sufragánea de Montevideo, es el actual secretario general del Episcopado uruguayo. Ha participado en el Encuentro regional de los países del cono sur, celebrado del 25 al 27 de marzo en Buenos Aires.
“La menor del cono sur” como ha dicho en referencia a la Conferencia episcopal uruguaya enfrenta desafíos similares a sus hermanas mayores, por eso la Iglesia particular de este país ha traído el valor de lo pequeño, porque delante de Dios “pequeños somos también”.
Pregunta.- ¿Cuál ha sido el aporte desde Uruguay en este Encuentro regional?
Respuesta.- Lo he vivido como un momento muy grato, de comunión, participación y apertura a la misión, esas tres palabras claves del sínodo. La Conferencia Episcopal Uruguaya es la menor del cono sur. Somos el país de menos población y dentro de esa población no tan grande, los católicos son una proporción más pequeña que la de los otros países. Por eso, nuestro aporte es el de una iglesia humilde, pero también libre que pone en alto el valor de lo pequeño, porque pequeños somos también.
Labor permanente
P.- ¿Puede la Iglesia reinventar su rol en una sociedad secularizada como la uruguaya sin perder su identidad?
R.- Perder la identidad es siempre un riesgo. La sociedad valora el trabajo social de la Iglesia en otro tiempo más, pero todavía valora también su trabajo educativo, es decir, si la acción de la Iglesia se queda en eso,corre el riesgo de transformarse en una organización más de la sociedad civil, olvidando cuál es el centro que la anima y que la mueve. Por eso, hay que saber vivir esa atención de servicio, pero siempre desde la propia identidad, ese es tal vez nuestro mayor desafío, nuestra labor permanente.
Recorrer el camino sinodal
P.- ¿Cómo impacta la escasez de vocaciones sacerdotales en la sostenibilidad de las comunidades rurales donde la Iglesia aún mantiene presencia?
R.- Realmente la crisis o la escasez de vocaciones sacerdotales se siente de una manera muy fuerte en el Uruguay. La Iglesia tiene nueve diócesis, hay un único seminario para el clero diocesano en el país y allí hay nueve seminaristas, por lo tanto, vemos un panorama bastante difícil.
Hay que hacer un camino muy serio con las comunidades. De hecho, se está haciendo en algunos lugares para que una comunidad pueda asumir una cantidad de aspectos como administrativos, trabajos pastorales, cuidado y mantenimiento de instalaciones, que antes descansaban sobre los hombros del sacerdote.
Entonces, el sacerdote sin reducirse a un mero celebrante que recorre distintos pueblos, tiene que tener también la posibilidad de acompañar a los miembros de las comunidades que asuman responsabilidades.
Ese es el camino sinodal de alguna manera. Ese caminar juntos y el apoyarnos unos a otros para poder seguir adelante.
P.- ¿Entonces la sinodalidad puede ser una alternativa para dar mayor protagonismo laico en las parroquias?
R.- Sí, puede ser y tiene que ser, porque lo alternativo es que el pastor quede solo simplemente acercándose a prestar un servicio cada vez más trabajoso en la medida que se tendría que multiplicar, recorrer mayores distancias, incluso espaciar el tiempo. Si la comunidad no alcanza tener una vida propia, más allá de la presencia del sacerdote, esa comunidad tarde o temprano va a terminar por desaparecer.
Raíz en Cristo
P.- En un país con alta confianza en lo público y desapego institucional, ¿cómo puede la Iglesia ganar credibilidad frente a temas como migración, pobreza y violencia sin perder la brújula evangelizadora?
R.- El Papa Pablo VI decía que la promoción humana es parte de la evangelización. Ese criterio está en Evangelii nuntiandi como criterio iluminador. Por supuesto, hay que dimensionar lo que eso significa, es decir, lo que diferencia a la Iglesia de una organización de la sociedad civil más, esto es el amor a Dios vivido en el amor al prójimo. Allí hay una diferencia profunda.
No quiero decir que no haya mucha gente en las organizaciones sociales, que actúen con solidaridad, con sentimientos de afecto, pero aquí se trata de esa raíz profunda en Cristo que es el alma y debe ser el alma de todo lo que la Iglesia hace.
Acompañamiento y prevención
P.- Respecto a las posibilidades de trabajo que se abren con este encuentro regional, ¿cuáles cree deberían ser los siguientes pasos?
R.- Una de las características que ha tenido este encuentro es el de que hayamos puesto el foco en algunas realidades concretas que nos preocupan más. Ha sido reiterativo, todo lo que se relaciona en torno a lo que se ha llamado ‘narcocultura’, que es mucho más que el fenómeno del narcotráfico, incluye las adicciones.
Entonces, creo que debemos focalizarnos en algunas cosas que aparecen como dolores muy grandes y problemas. Nosotros dentro del campo que podemos asumir más, que es el de la prevención, del cuidado, de la terapia.
No es simplemente un servicio más, sino que es un servicio que se hace desde ese enraizamiento en Cristo del que hablábamos hoy. Porque en el fondo estamos frente a un problema que toca el sentido de la vida.
Si no llegamos ahí, si no llegamos a reencontrar un sentido que nosotros encontramos en Cristo, en su cruz, en su resurrección, pues no llegaremos al fondo de lo que se agita en el alma de la persona que busca un alivio.
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