“La fe no puede esconderse ni perder su sabor”, advirtió monseñor José Domingo Ulloa Mendieta, presidente de la Conferencia Episcopal de Panamá, al concluir este 8 de febrero el Encuentro de Catequistas. Invitó a los catequistas a ser sal que da sabor y luz que orienta, mediante una catequesis arriesgada, cercana y misionera, capaz de transformar la realidad de otros desde el Evangelio.
Ante más de 700 catequistas, el arzobispo de Panamá subrayó que la identidad del discípulo nace del encuentro con Jesucristo y se refleja en una vida coherente. El catequista, advirtió, no es un profesor, sino alguien que transmite una experiencia viva de fe.
- Foto: Episcopado panameño
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Una identidad que se vive y se comparte
En esta misma línea, el prelado insistió que la catequesis no es una clase de religión ni una transmisión de datos, sino un proceso donde la persona puede experimentar la cercanía de Dios en su propia historia. En ese proceso, el catequista acompaña, escucha y propone la fe desde la cercanía.
Al referirse a la situación social del país, subrayó que vivir como “sal” exige no resignarse a la mentira ni a la indiferencia, y que ser “luz” conlleva orientar y acompañar con respeto. Una fe reducida al ámbito privado, advirtió, se debilita y se apaga.
- Foto: Episcopado panameño
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Un envío misionero para los catequistas
Además, expresó que la catequesis comienza siempre por una experiencia humana, se deja iluminar por la Palabra y conduce a compromisos posibles. «Por eso si en la catequesis no se escucha una y otra vez lo esencial, todo se vuelve pesado y estéril», aseguró.
«El verdadero protagonista es el Espíritu Santo», aseguró, observando que sin su acción nada de esto sería posible. Él es quien sostiene toda catequesis y toda evangelización. El catequista siembra, la Iglesia acompaña, pero es el Espíritu quien hace crecer.
Al concluir, monseñor Ulloa agradeció a los catequistas por ser “puentes humildes” del amor de Dios y los envió a no perder el sabor ni ocultar la luz. En una Iglesia llamada a salir al encuentro, los animó a seguir anunciando una fe sencilla, verdadera y sin miedo, capaz de convertirse en fermento que transforma la historia.
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