“Un proceso eclesial no solo busca inculturar la fe, sino reconocer la presencia viva de Dios en las culturas indígenas”, afirmó Manuela Hernández durante el panel sobre la comunidad y el pueblo de Dios, desde la vida de los pueblos originarios; un espacio dentro del VIII Simposio de Teología India realizado en Riobamba – Ecuador.
Al referirse a su experiencia en la parroquia San Juan Diego de la diócesis de San Cristóbal de las Casas en México; la misionera seglar explicó que este camino le ha permitido vivir el concepto de Iglesia autóctona, lejos de las interpretaciones reduccionistas o folclóricas, porque se trata de una realidad profundamente arraigada en la vida de su pueblo.
“Cuando hablamos de Iglesia autóctona queremos decir que es una Iglesia enraizada en el mismo lugar donde está, que se realiza o desarrolla asumiendo la cultura local, y no como una Iglesia que viene de fuera”, afirmación que sintetiza una visión eclesiológica que rompe con modelos impositivos y propone una evangelización desde el corazón de las culturas.
Conocer para acompañar
Hernández aseguró que este modelo no implica aislamiento, ni ruptura con la Iglesia universal. Al contrario, «una Iglesia autóctona no es una Iglesia independiente o separada de las demás; sino una Iglesia que, por congregar al Pueblo de Dios de un lugar o región, conoce de cerca la cultura y los problemas de sus integrantes». Esta cercanía le permite responder de manera eficaz a los desafíos sociales, culturales y espirituales de las comunidades.
En su testimonio se destaca la importancia del reconocimiento histórico de la presencia de Dios en los pueblos originarios, incluso antes de la llegada del cristianismo europeo. “Dios acompañaba y velaba por nuestros pueblos”, aunque posteriormente “los misioneros europeos desconocieran e ignoraran la presencia de Dios en nuestras culturas”, comenta.
Esta lectura crítica del pasado nos conduce a una revalorización de lo que se denomina “semillas del Verbo”, que también están presentes en las tradiciones, ritos y cosmovisiones indígenas. En esta línea, Hernández explicó que la sabiduría ancestral tiene un lugar central en el diálogo teológico. “Esta sabiduría no contradice al Evangelio, sino que se asemeja y hace más visibles las enseñanzas de Jesús de Nazareth”, idea que legitima la Teología India como una expresión auténtica de la fe cristiana, enraizada en contextos culturales específicos.
Diáconos indígenas
Muestra de ello es el rol de los diáconos indígenas permanentes en su comunidad parroquial, que según explicó emergen como protagonistas en la construcción de esta Iglesia con identidad propia. Formados desde la vida comunitaria, estos ministros “han madurado su fe al calor de esa catequesis inculturada que es propia de la Iglesia Autóctona. Su servicio no es ajeno a la cultura, sino que nace de ella y se nutre de sus estructuras organizativas, como es el caso del sistema de cargos tradicionales.
Igualmente, destacó el carácter comunitario y familiar del ministerio diaconal, porque en muchos casos, el diácono ejerce este servicio junto a su esposa, lo que refleja una comprensión integral del ministerio. “La mujer del diácono apoya su ministerio, lo acompaña y conforta en las dificultades”, esto hace evidente la dimensión de corresponsabilidad que fortalece la vida eclesial.
Espiritualidad dinámica
Refiriéndose a la espiritualidad en la Iglesia Autóctona destacó el lugar que ocupa, esta experiencia viva del Espíritu Santo que se adapta y vive en el corazón de cada persona, comunidad y pueblo. Una espiritualidad dinámica y profundamente vinculada a la vida cotidiana.
“En el ámbito litúrgico, el desafío es igualmente significativo”, afirmó la misionera mexicana. Se propone una liturgia inculturada que, sin perder su esencia, incorpora “palabras, símbolos y gestos propios que partan de la raíz y el corazón de las culturas”. Así, la celebración se convierte en un espacio pedagógico donde la fe se comparte, comprende y vive desde la identidad cultural propia.
El proceso formativo de los diáconos indígenas refleja la seriedad y profundidad de este proyecto eclesial que cuenta con etapas que abarcan la formación básica y la especialización teológica, porque según advierte Hernández, “se busca preparar ministros capaces de dialogar tanto con la doctrina católica como con las cosmovisiones ancestrales”.
Un testimonio que, en este contexto, no solo describe una experiencia local, sino que ofrece claves para repensar la misión de la Iglesia y la construcción de la teología en América Latina, porque la Iglesia Autóctona aparece, como un camino de esperanza, donde la fe cristiana se encarna en los pueblos, adquiere nuevos rostros y se proyecta hacia el futuro con identidad propia.
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