La violencia que golpea a Haití llevó al obispo de Anse-à-Veau y Miragoâne, monseñor Pierre André Dumas, a dirigir un enérgico llamado al primer ministro y a las autoridades nacionales para que actúen de manera inmediata frente a las amenazas contra la población civil, particularmente después de los hechos registrados en Kenscoff.
En un pronunciamiento emitido el 25 de agosto de 2026, el obispo sostuvo que la Iglesia ya no puede limitarse a expresar condenas después de cada episodio de violencia. “Llega un momento en la historia de una nación en que callar se vuelve moralmente imposible. Ese momento ha llegado”, dijo.
Mons. Dumas cuestionó una respuesta estatal que, según planteó, llega después de los asesinatos, los incendios y los desplazamientos. Para el obispo, la protección de la población constituye una obligación del Estado y no una concesión que las autoridades puedan otorgar de manera eventual.
Proteger antes de que ocurra la violencia
El obispo pidió al Gobierno implementar de manera inmediata un plan nacional de emergencia en materia de seguridad, que sea visible, coordinado, evaluado y acompañado de responsabilidades claramente definidas.
Entre sus demandas incluyó la protección urgente de Kenscoff y de otras zonas amenazadas, la movilización de las fuerzas legales disponibles para impedir nuevos ataques, la asistencia a las personas heridas y desplazadas, así como a los huérfanos y familiares de las víctimas.
También reclamó investigar y llevar ante la justicia a los responsables de los hechos violentos y a sus cómplices. En su opinión, combatir la impunidad resulta indispensable para frenar una violencia que continúa destruyendo familias y comunidades. “Cuando las amenazas de masacres son conocidas de antemano, el Estado debe actuar de antemano”, señaló Mons. Dumas, para quien gobernar implica anticiparse a los riesgos cuando está en juego la vida de las personas.
La expresión de un hijo de Haití
El obispo extendió además su llamado a la comunidad internacional para que incremente su respuesta ante la crisis haitiana. Advirtió que la solidaridad no puede quedarse únicamente en declaraciones de preocupación mientras la población continúa expuesta a la violencia. Al mismo tiempo, remarcó que la responsabilidad principal de proteger a los ciudadanos corresponde al propio Estado haitiano.
En un tono especialmente dirigido a las familias afectadas, Mons. Dumas explicó que su mensaje no busca plantear una confrontación política. Es, ante todo, la expresión de un pastor y de un hijo de Haití que se niega a considerar normal la muerte de sus compatriotas.
“Les hablo en nombre de las madres que buscan a sus hijos, de los niños que quedaron huérfanos, de las familias desplazadas, de los ancianos que ya no saben adónde huir y de una juventud que se pregunta cada día si todavía tiene futuro en la tierra de sus antepasados”, expresó.
“¡Basta!”
Ante esta realidad, pronunció una palabra que atraviesa todo el documento: “¡Basta!”. El obispo pidió que Haití no se convierta en un territorio donde periódicamente se contabilicen víctimas y se publiquen comunicados de condolencias, mientras continúa la expansión de los grupos armados.
“La República debe levantarse. El Estado debe recuperar su lugar. La Policía debe poder cumplir su misión. Los criminales deben ser desarmados y llevados ante la justicia. Y el pueblo debe poder vivir”, sostuvo.
Para Mons. Dumas, vivir implica mucho más que escapar de la muerte. Significa poder permanecer en las propias comunidades, cultivar la tierra, enviar a los hijos a la escuela, acudir a la iglesia y dormir sin el temor de no llegar con vida al día siguiente. “El primer derecho de un pueblo no es sobrevivir. Es vivir. Vivir libre. Vivir de pie. Vivir sin miedo”, expresó.
Kenscoff como punto de quiebre
El obispo pidió que la violencia sufrida en Kenscoff no quede registrada como otro episodio trágico en la historia reciente del país. Por el contrario, planteó que esta situación puede convertirse en un momento de ruptura que lleve a toda la sociedad haitiana a reclamar el fin de los asesinatos y la impunidad.
“Kenscoff no debe convertirse en una masacre más en nuestros archivos nacionales”, dijo. Su deseo es que este episodio se transforme en un llamado colectivo: “¡Basta de masacres! ¡Basta de impunidad! ¡Basta de abandono!”.
A las víctimas y a sus familias, así como a las personas heridas y desplazadas, el obispo aseguró que la Iglesia permanece cerca de su sufrimiento: “La Iglesia llora con ustedes. La Iglesia reza con ustedes. La Iglesia también eleva su voz con ustedes”.
El pronunciamiento concluye con una referencia al relato bíblico de Caín y Abel, a partir de la pregunta “¿Qué has hecho de tu hermano?”. Mons. Dumas contrapone esta interrogante con la afirmación de que todos están llamados a ser guardianes de los demás y que el Estado tiene una responsabilidad particular en la protección de sus ciudadanos.
Oración por las víctimas y por Haití
Junto con el pronunciamiento, el obispo difundió una “Oración por las víctimas de Kenscoff y por Haití”, en la que puso ante Dios a las personas asesinadas y a las comunidades afectadas por la violencia. La oración comienza evocando el dolor de Kenscoff: “Kenscoff ha sangrado. Kenscoff ha ardido. Kenscoff llora a sus hijos”, desde esa experiencia de sufrimiento, eleva un clamor por las víctimas, las familias destruidas, los niños aterrorizados y todo un pueblo herido.
Mons. Dumas reconoce en el texto el desconcierto provocado por la persistencia de la violencia, pero sostiene la esperanza cristiana en medio del dolor: “La muerte no tendrá la última palabra. Las armas no tendrán la última palabra. Las pandillas no tendrán la última palabra. La vida tendrá la última palabra. El amor tendrá la última palabra. Dios tendrá la última palabra”, proclama.
La oración también pide consuelo para las familias, recuperación para los heridos y protección para quienes han tenido que abandonar sus hogares. Al mismo tiempo, manifiesta que el perdón cristiano no puede confundirse con el olvido o la complicidad frente a la injusticia: “Perdonar no es olvidar. Perdonar no es renunciar a la verdad. Perdonar no es permitir que los criminales sigan matando”.
El obispo encomienda a Haití a Dios y a la protección de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, patrona del país, y pide que Kenscoff sea recordado como el lugar desde donde surgió un clamor nacional por la vida. “¡Haití no morirá!”, concluye la oración, antes de pedir: “Que Dios consuele a Kenscoff. Que Dios proteja a nuestro pueblo. Que Dios salve a Haití”.
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Foto: Agenzia Fides
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