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¡Despierta humanidad! Tu casa está ardiendo, ¡corre para apagarla!

Esta semana volvió el profeta Francisco con su exhortación apostólica “Laudate Deum” a decirnos que las tormentas amenazantes se están convirtiendo en una realidad destructiva ante el calentamiento global que padece nuestra casa común.

Laudato Si y Laudate Deum

Como no dar gracias a Dios por tener una voz profética como la del Papa Francisco, que nos invitó en su encíclica “Laudato Si” (2015) a ser como San Francisco de Asís: alabar al Señor por la creación. Francisco nos ayudaba a ver que todo está interconectado y que todos debemos ser corresponsables del cuidado de la Casa Común para hacer frente a las amenazas que se vieron en el horizonte como tormentas destructivas que pueden traer graves consecuencias para todo el mundo.

Hoy vuelve el profeta Francisco con su exhortación apostólica “Laudate Deum” (Alabado sea Dios”) a decirnos que aquellas tormentas amenazantes se están convirtiendo en una realidad destructiva ante el calentamiento global que padece nuestra casa común.

Vuelve, como padre de familia, a decirnos que los peligros que veíamos están acechando a la puerta y no ha tiempo que perder. Las crisis globales exigen también una respuesta global. Hay gente que quiere mirar a otro lado y no ver la triste realidad. Hay gente necia que quiere ser ciega ante la evidencia. ¡Siguiendo así nos vamos al precipicio!

¡Debemos frenar la marcha! No nos sirve una tecnología que se enorgullece de un progreso que no salva a la humanidad, que nos desvía de la auténtica verdad. Ella está llevando a un afán de poder y ambición que no sirve a los más pobres, que son la mayoría de nuestro mundo, como dice el Papa Francisco: “debemos repensar el uso del poder” (LD, 24-28).

Somos solamente administradores

Alabamos a Dios porque nos dio una naturaleza maravillosa. ¿Cómo nosotros nos creemos que podemos superar la sabiduría divina desnaturalizando lo que Dios creó?

No olvidemos: somos solamente administradores de lo que Dios nos ha confiado y no dueños de la tierra para hace de ella a nuestro antojo, como que fuera un juguete para divertirnos o entretenernos. Cuando la casa arde en llamas tenemos que correr para apagarlas con urgencia, antes que las llamas la devoren.

La seria advertencia está hecha, nadie podrá decir: “no nos dijeron”. ¡No nos equivoquemos! La aceleración de esta época que nos toca vivir exige una fuerza común para frenarla.

Que Dios mueva las voluntades de todos para hacer el bien y evitar el mal. Dios nos creó con una conciencia para discernir lo que mejor nos conviene. La Iglesia que Jesús fundó es misionera, con el deber de salir al encuentro del hermano y darle la buena noticia de que, para el que cree, todo es posible. Jesús nos lo dijo.

 

No nos endiosemos queriendo ocupar el lugar de Dios

¡Hagamos realidad su palabra! Sembremos esperanza y amor solidario. Construyamos paz y fraternidad para este mundo enfermo. Alcemos nuestra voz profética en defensa de la justicia de la que fluye la paz. Nunca seamos indiferentes ante la vulneración de los derechos que traen la muerte. Somos defensores de la vida; y la vida es un don sagrado de Dios. Nadie está autorizado a quitar la vida. La vida humana y la vida de esta tierra son imprescindibles para sobrevivir.

Los poderosos de la tierra no pueden hacerse sordos a los gritos de los pobres y de esta tierra que muere de sed, ni ciegos ante las amenazas y las consecuencias de la realidad que palpamos. El origen de esto es la irresponsabilidad de una humanidad que no ha hecho el trabajo que debía hacer.

No nos endiosemos queriendo ocupar el lugar de Dios. Como dice el Papa Francisco, “un ser humano que pretende ocupar el lugar de Dios se convierte en el peor peligro para sí mismo” (LD, 73). Antes bien, alabemos a Dios que ha sido bueno con nosotros.

* Mons. Rafael Cob García es obispo de Puyo (Ecuador) y presidente de la Red Eclesial Panamazónica (REPAM).


 

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