En la 62.ª Asamblea General de la Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil, Mons. Lizardo Estrada dirigió una intervención en la que llamó a los obispos a profundizar en la unidad, la comunión eclesial y el camino sinodal, en un contexto de desafíos pastorales, sociales y eclesiales.
Escuchar juntos lo que el Espíritu dice a la Iglesia
Desde el Santuario de Nuestra Señora de Aparecida, el prelado expresó su cercanía fraterna: “Con profunda alegría espiritual y un sincero sentimiento de comunión eclesial, los saludo a todos en el corazón de este Santuario, a los pies de Nuestra Señora de Aparecida, quien guarda la memoria viva de la presencia de Dios en la historia de este pueblo”. Asimismo, señaló el sentido espiritual del encuentro: “Este momento que estamos viviendo es, ante todo, un momento espiritual, un tiempo de profunda escucha y discernimiento. Un momento en el que estamos llamados a escuchar juntos lo que el Espíritu dice a la Iglesia”.
Mons. Estrada situó la reflexión en el contexto actual que vive la Iglesia en Brasil, que tiene prevista la actualización de las directrices pastorales, el ambiente electoral y la renovación del episcopado: “Ustedes están comprometidos con la actualización de las Directrices para la Acción Evangelizadora de la Iglesia en Brasil, buscando orientar la misión en los próximos años. Al mismo tiempo, viven un contexto electoral que impregna la vida social e inevitablemente desafía la presencia y la palabra profética de la Iglesia”.
Ante esta realidad, planteó dos interrogantes centrales: “¿cómo podemos mantener la unidad en medio de tantos procesos simultáneos? Y, aún más importante: ¿de dónde surge la unidad que buscamos?”. En esa línea, invitó a volver a las fuentes de la tradición eclesial, recordando la enseñanza de la Didascalia Apostolorum, que presenta al obispo como guía, maestro e intérprete, en una lógica de fraternidad y no de superioridad.
Unidad y misión episcopal
El obispo resaltó también el aporte del Concilio Vaticano II, que reafirma que los obispos son “el principio visible y el fundamento de la unidad en las Iglesias particulares”, y subrayó la importancia de una pastoral encarnada en la vida concreta de las personas.
A su vez, remarcó el camino de la Iglesia en América Latina, que pone en el centro la cercanía a los más pobres: “No hay fidelidad al Evangelio sin cercanía a los pobres, porque Cristo continúa hablándonos a través de ellos”, en sintonía con el magisterio del Papa León XIV.
En este contexto, explicó el papel del Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño, señalando que “no es un organismo paralelo ni superpuesto a las Conferencias Episcopales ni a las diócesis. Es, ante todo, una expresión de profunda colegialidad episcopal a escala continental, un espacio para la escucha, el discernimiento, el aliento y la coordinación”.
Laicos y mujeres, protagonistas
El prelado recordó que la Iglesia vive “un cambio sinodal profundo”, que exige estructuras que sean verdaderos espacios de comunión, en relación viva con laicos, sacerdotes y vida religiosa. En ese sentido, hizo hincapié en el papel de Brasil dentro del continente, señalando que, por su dimensión, tiene “una responsabilidad particular en la construcción de una Iglesia que sea verdaderamente comunión en la diversidad”.
Mons. Estrada planteó el reconocimiento del papel de los laicos y, de manera especial, de las mujeres en la vida eclesial: “Mujeres que no solo colaboran, sino que sostienen comunidades, dinamizan procesos, organizan la vida eclesial y mantienen viva la fe en contextos a menudo frágiles”. En esa línea, enfatizó: “No se les puede considerar simplemente como apoyo. Son sujetos eclesiales y protagonistas de la sinodalidad en la Iglesia”.
A su vez, subrayó uno de los desafíos del camino sinodal: “Quizás uno de los pasos más exigentes en la sinodalidad sea este: pasar de una lógica de colaboración a una verdadera corresponsabilidad”.
Comunión, clave de la unidad
Al retomar la cuestión de la unidad, dijo: “La unidad no nace únicamente de la organización, sino de la conversión. La unidad no está garantizada por las estructuras, sino que se construye en la comunión. La unidad no es un destino, sino un camino que debemos recorrer”.
En este tiempo pascual, recordó el núcleo de la misión de la Iglesia: “No organizamos una institución. Damos testimonio de una presencia. No mantenemos una estructura. Servimos como discípulos misioneros para que nuestro pueblo tenga vida en Jesucristo”. Y añadió que esta misión encuentra su fundamento en el anuncio central de la fe: “Fueron las mujeres quienes, al amanecer del primer día, proclamaron: ¡Él vive! Y esta proclamación sigue siendo fundamental”.
Encomendó el camino de la Iglesia a la protección de la Virgen: “Nuestra Señora de Aparecida, Madre del pueblo brasileño, enséñanos a escuchar con el corazón, a discernir con sabiduría y a servir con humildad. Sostennos en la comunión, fortalécenos en nuestra misión y ayúdanos a permanecer fieles a tu Hijo, para que siempre proclamemos, con nuestras vidas: Está vivo”.
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