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Mons. Miguel Cabrejos: «El itinerario del ciego es también nuestro viaje espiritual que nos conduce al conocimiento de Dios»

La luz, el agua y los títulos que son aplicados a Cristo son los tres elementos que se destacan en la liturgia del IV Domingo de Cuaresma que nos lleva a analizar el Evangelio del apóstol Juan, así lo recuerda Mons. Miguel Cabrejos en su reflexión semanal.

Volver a la fuente

El domingo anterior nos hallábamos ante el encuentro de Jesús con la Samaritana, la mujer extranjera que transformó su mundo luego de conocer al Mesías, esta semana el encuentro es con un hombre ciego de nacimiento. Al respecto el presidente del Celam recuerda que en esta oportunidad Jesús proclama que es la luz del mundo y la invitación es a dejarnos encontrar por él.

«El ciego lavó sus ojos en la piscina de Siloé, que se traduce como fuente o manantial, es decir fue bautizado en Cristo,» allí recupera la vista, porque quien sigue a Cristo no camina en tinieblas y todos tanto la Iglesia como la humanidad entera necesitamos de la luz de Cristo, en nuestra vida para caminar con libertad.

Esta es una de las razones que nos permite entender que en el itinerario cuaresmal hay una fuerte propuesta bautismal, una invitación a volver a nuestra fuente para volver a reencontrar, la grandeza de Dios que a menudo se ve empañada o deslucida por la existencia humana. Para el presidente de la Conferencia Episcopal peruana se trata de un camino serio de catequesis que cada creyente debe recorrer sobre todo en este tiempo que precede a la Semana Santa, como afirma la Carta de Pedro: “sepa responder a quien le pregunta las razones de la esperanza que hay en Él,» entendiendo que la narración del Evangelio es la representación simbólica de nuestra liturgia en donde celebramos y adoramos “ a Nuestro Señor Jesucristo”.

Una tradición, una esperanza

Refiriéndose al trasfondo del relato evangélico, el arzobispo de Trujillo asegura que se trata de la fiesta de las cabañas o la celebración hebraica, destinada a conmemorar la peregrinación de Israel por el desierto. Así, el prelado explica que en la noche de esta solemnidad se encendían sobre los muros del templo de Jerusalén antorchas que iluminaban la ciudad santa.

Y era el sumo sacerdote el que descendía en procesión a la piscina de Siloé, para sacar con una botella de oro agua purificadora, expiatoria, para verterla sobre el altar de los holocaustos. Para Mons. Cabrejos «la luz y el agua de Siloé son los elementos esenciales del milagro de Jesús».

Entonces se trata de una narración que podemos sentir como una flecha que se dirige hacia el bautismo cristiano, porque en la Iglesia de los primeros siglos el bautismo era entendido como un acto de “iluminación”. Incluso, el prelado nos pide que recordemos que esa es la razón por la cual las catacumbas romanas en siete frescos han interpretado este milagro como si fuese un bautismo.

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Hijos de la luz

A esto se agrega la segunda lectura, un texto de San Pablo lleno de luz: “un tiempo eran tinieblas, ahora son luz en el Señor”. “Compórtense por eso como hijos de la luz y no participen de las obras infructuosas de las tinieblas. Todo aquello que se manifiesta es luz. Despiértate, tú que duermes y Cristo te iluminará”.

Aquí asegura el presidente del Celam, llegamos al análisis del tercer elemento que es como un hilo de oro que recoge en una unidad toda la narración del milagro. Se trata de la sucesión de los títulos aplicados a Cristo. A través de estos lineamientos que en palabras de Mons. Cabrejos recompone el verdadero retrato de Jesús, porque nos hallamos ante una narración que nos descubre el rostro de Cristo en la lucha por la conversión.

Los ojos del ciego no ven ya sólo el horizonte colorido del mundo, sino que entran en el misterio de Dios,” afirma porque el primer grado de este itinerario de fe es el reconocimiento de Cristo como hombre y que, en la piscina de Siloé, Cristo se presenta como el supremo mensajero de Dios, aquel que viene de su parte. “El ciego ahora vidente, lo descubre también como profeta. El culmen de esta escena final es aquella en la que el hombre ha recobrado la vista, está postrado en adoración de Jesús como “hijo del hombre,” un título mesiánico entregado a Jesús, como Kyrios, el “Señor”, es decir Dios.


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