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Mons. Miguel Cabrejos: “Ha resucitado y siempre está contigo”

“La fe de los cristianos es la resurrección de Cristo. Creer que Jesús ha muerto, lo creen también los paganos; todos lo creen. Lo verdaderamente grande es creer que ha resucitado,” es la frase de San Agustín con la que Monseñor Miguel Cabrejos inicia su reflexión en la Pascua de resurrección.

Un momento que explica el prelado fue decisivo, porque cuando Jesús fue aprehendido y ajusticiado, los discípulos no alimentaban esperanza alguna de una resurrección. Huyeron y dieron por acabado el caso de Jesús. El obispo peruano advierte en su relato, que fue necesario que sucediera algo que en poco tiempo no sólo provocó el cambio radical de su estado de ánimo, sino que los llevó a una actitud totalmente nueva. «Este algo es el núcleo histórico de la fe pascual,» indica.

Así el presidente del Celam, recuerda que Cristo no puede vivir solo en la memoria, como los grandes personajes que reposan en sus mausoleos. “Él vive para siempre, es un viviente, es un eterno presente,” agrega. Es un acontecimiento que renace en el hoy, delante de los ojos de los fieles. Por eso cada liturgia es un presente.

Mujeres y testimonio

“Esto es mi cuerpo. Ha resucitado y siempre está contigo, si lo aceptas y recibes,” afirma, trayendo a la memoria la certeza de sus palabras “yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. En este sentido el arzobispo de Trujillo recuerda que durante el nacimiento de Cristo los primeros testigos fueron los pastores, personas consideradas inhabilitadas para el culto o dar testimonio. Ahora, en la resurrección son las mujeres, que en el mundo judío no eran consideradas personas jurídicas.

Sin embargo, son ellas las primeras en anunciar y dar testimonio al mundo de la resurrección del Señor que llega a los fieles como un amanecer de una fiesta sin fin. “Pasado, presente y futuro se unen en lo eterno de Dios, la resurrección de Cristo nos introduce en la eternidad de Dios,” agrega. No obstante, el presidente del Celam afirma que ahora nos hallamos ante la experiencia extraordinaria vivida por las mujeres reunidas delante de aquella tumba, apenas iluminada por la luz del alba, el amanecer.

Las mujeres encontraron la piedra fuera de su sitio, pero no encontraron el cuerpo de Jesús, porque sabemos que el Cristo Resucitado no puede ser “encontrado” como un objeto, sino que debe ser hallado a través de una búsqueda y un descubrimiento llevada al plano espiritual. De esta forma el prelado indica que algo se “encuentra” con la propia razón y la propia experiencia y es el signo de la piedra mortuoria fuera de lugar. La piedra ya no constituye el sello definitivo y perpetuo de la victoria humana o el deseo de enterrar a Jesús.

Un eterno presente

Entonces, el prelado explica que pasar de este signo del sepulcro vacío y la piedra rodada, a la resurrección no es fácil. San Lucas, destaca la incertidumbre de las mujeres e indica la perplejidad frente a algo que parece contradictorio. «Aquellas mujeres no tienen de dónde tomar una certeza», mucho más porque los apóstoles consideraban que su relato era una fantasía, un exceso de emotividad femenina.

Ellas estaban aterradas y con el rostro inclinado hacia la tierra, en actitud de susto. Pero, la frialdad está por disolverse y allí resuena el gran anuncio Pascual: “Cristo no está aquí, ha resucitado”. Es el Ángel quien dice a las mujeres: recuerden sus palabras: al tercer día resucitaré. Así la narración del Evangelio termina con el anuncio.

“No es historia, no es pasado, es presente,” aclara el presidente de la Conferencia Episcopal peruana explicando que el recuerdo bíblico siempre es diferente al recuerdo humano que pertenece al pasado y puede ser una dulce remembranza, mientras que el recuerdo bíblico es un renacer en el hoy, en el presente. “El recuerdo bíblico es diferente, envuelve el presente. Es ver que el pasado de una promesa, se hace realidad ahora; es descubrir que una palabra dicha por Jesús no está muerta tras ser pronunciada,” sino que ha comenzado a vivir para llegar a nosotros y ser una realidad que atraviesa el tiempo y la historia. Como sucede en la última Cena: “Haced esto en memoria mía,” un acontecimiento que se renueva.

 

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Actuando en la Iglesia y el mundo

Recordando que el testimonio más antiguo de la resurrección es el de San Pablo, Mons. Cabrejos indica que el discípulo en las escrituras dice que “Cristo murió por nuestros pecados; fue sepultado y resucitó al tercer día; se apareció a Pedro y después a los doce. Después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los que la mayor parte viven todavía, si bien algunos han muerto. Luego se apareció a Santiago y más tarde a todos los apóstoles. Y después de todos se me apareció a él, como si de un hijo nacido a destiempo se tratara”.

Y nuevamente como dijo el ángel no hay razones para buscar entre los muertos al que vive, lo que en otras palabras nos cuestiona ¿por qué te empeñas en buscar entre los muertos, argumentos humanos de la historia, al que está vivo y actúa en la Iglesia y en el mundo?  Ve, mujer, y di a tus hermanos que Él ha resucitado.

Es el momento de la teofanía, la aparición divina, la irrupción luminosa de Dios en la historia sombría del hombre. Él se comunica con nosotros a través de un signo angélico: no es un ingreso directo, Dios queda envuelto en lo infinito, encarnada en los hombres de vestidos resplandecientes que siempre serán símbolo de su luz divina.

Finalmente, Mons. Cabrejos cierra su reflexión invitando a hacer la oración de San Francisco ante el crucifijo:

Sumo y glorioso Dios,

ilumina las tinieblas de mi corazón

y dame fe recta,

esperanza cierta

y caridad perfecta,

sentido y conocimiento, Señor,

para que cumpla

tu santo y verdadero mandamiento. Amén.


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