A un año del fallecimiento del Papa Francisco, ocurrido el 21 de abril de 2025, la Iglesia en América Latina y el Caribe mantiene viva la memoria de un pontificado que transformó su identidad pastoral y su presencia en el mundo. Su herencia continúa orientando el presente y el futuro de la misión evangelizadora.
El anuncio de la muerte del Papa Francisco, realizado por el cardenal Kevin Farrell, estuvo marcado por un tono de gratitud y fe: su vida fue “dedicada al servicio del Señor y de su Iglesia”, enseñando a vivir el Evangelio con “fidelidad, coraje y amor universal”, especialmente hacia los más vulnerables. Estas palabras sintetizan el corazón de un pontificado que puso a los pobres en el centro.
Un pontificado nacido “desde el fin del mundo”
La elección de Jorge Mario Bergoglio el 13 de marzo de 2013 marcó un giro histórico en la Iglesia. No solo fue el primer Papa latinoamericano, sino también el primero en provenir de la Compañía de Jesús. Su célebre frase inicial —“parece que mis hermanos cardenales han ido a buscarlo casi al fin del mundo”— reflejó desde el inicio un estilo cercano, sencillo y profundamente humano.
Antes del cónclave, su vida apuntaba al retiro en Buenos Aires. Sin embargo, su elección en la quinta votación cambió el rumbo de la Iglesia universal. Inspirado por el consejo del cardenal Cláudio Hummes: “no te olvides de los pobres”, eligió el nombre de Francisco, evocando a san Francisco de Asís y su ideal de una Iglesia pobre, humilde y en constante reforma.
Su experiencia pastoral en Argentina, su liderazgo en Aparecida y su cercanía con las periferias marcaron el tono de un pontificado que invitó a “primerear” el Evangelio, es decir, salir al encuentro antes que esperar.
Iglesia sinodal, en salida y con rostro latinoamericano
El vínculo del Papa con el Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño (Celam) fue constante y decisivo. Desde el inicio, impulsó una Iglesia sinodal, entendida como un “caminar juntos” basado en la escucha, la participación y la comunión.
En Río de Janeiro (2013), durante la Jornada Mundial de la Juventud, pidió a los obispos abandonar actitudes de poder y convertirse en pastores cercanos, con “olor a oveja”. En Colombia (2017), insistió en la necesidad de una Iglesia abierta, capaz de construir puentes en medio de las divisiones, evitando el clericalismo y promoviendo el protagonismo de laicos, mujeres y jóvenes.
Más adelante, en la Asamblea Eclesial de 2021, reforzó la centralidad de la escucha del Pueblo de Dios: “es el momento de escuchar, discernir y actuar”. Este proceso sinodal, inédito en la región, marcó un cambio de paradigma: la Iglesia no como estructura cerrada, sino como comunidad viva en constante conversión pastoral.
Pueblo de Dios y sinodalidad
Francisco ha transformado la teología al centrarla en los «signos de los tiempos» y en la experiencia pastoral, definiendo a la Iglesia como un verdadero Pueblo de Dios.
Este legado se consolida mediante la sinodalidad, recuperando la esencia del Concilio Vaticano II para aplicarla hoy. La sinodalidad no es una opción, sino una dimensión constitutiva que exige una «Iglesia en salida», capaz de caminar junto a la sociedad en sus ámbitos políticos y culturales.
El Papa ha logrado que la teología sea una ciencia de la praxis y no solo de escritorio, integrando la colaboración entre obispos, teólogos y laicos. El gran desafío actual es la formación en todos los niveles para que esta identidad misionera y sinodal sea asumida plenamente por cada bautizado, transformando la institución desde sus bases.
La Amazonía: una Iglesia con rostro y corazón propio
La visita del Papa a Puerto Maldonado en enero de 2018 marcó un antes y un después en la mirada de la Iglesia hacia la Amazonía. Allí denunció con fuerza la “cultura del descarte” y defendió la dignidad de los pueblos originarios, expresando: “Esta no es una tierra huérfana, es la tierra de la Madre”.
Su encuentro con comunidades indígenas visibilizó problemáticas como el extractivismo, la trata de personas y la marginación histórica. Además, puso en evidencia la necesidad de una ecología integral que vincule el cuidado de la naturaleza con la defensa de la vida humana.
Este viaje fue la semilla del Sínodo Amazónico de 2019, donde se propuso una Iglesia con “rostro amazónico”, capaz de dialogar con las culturas locales y responder a los desafíos socioambientales. Las conclusiones de este proceso siguen inspirando una pastoral encarnada y comprometida con la justicia.
La ecología integral como camino de justicia y esperanza
Con la publicación de Laudato Si’ en 2015, el Papa Francisco transformó la reflexión moral al establecer que no existen dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socioambiental. Este documento marcó un hito al denunciar un sistema económico de descarte que afecta tanto a los seres humanos como a la naturaleza, instalando a una «ecología integral» que vincule el cuidado de la casa común con la dignidad de los excluidos.
Ocho años después, Laudate Deum llegó como un recordatorio profético ante la insuficiencia de los compromisos climáticos globales.
En Querida Amazonía , el horizonte se amplía hacia la defensa de un bioma que es el corazón cultural del planeta. A través de sus cuatro sueños —sociales, culturales, ecológicos y eclesiales—, Francisco aboga por el «buen vivir» de los pueblos indígenas, reconociendo su sabiduría ancestral y su papel como custodios del territorio.
Fraternidad y política con rostro humano
A través de la encíclica Fratelli tutti, el Papa Francisco ofreció una reflexión sobre la política, la economía y la convivencia social. En ella denunció las desigualdades, el descarte de los más débiles y las ideologías que fragmentan a la sociedad.
Frases como “nadie se salva solo” sintetizan su propuesta de una solidaridad global frente a crisis como la pandemia, la pobreza o los conflictos internacionales. Asimismo, criticó tanto el populismo como el liberalismo extremo, señalando que ambos pueden excluir a los más vulnerables.
Su propuesta de “amor político” plantea una política al servicio del bien común, donde el diálogo, la cooperación y la justicia sean pilares fundamentales para construir sociedades más humanas.
Voz profética en América Latina
Durante sus viajes apostólicos por América Latina, el Papa dejó un mensaje claro y directo frente a las realidades sociales del continente. En Ecuador, llamó a priorizar el bien común; en Bolivia, pidió perdón por los abusos contra los pueblos originarios; y en Colombia, insistió en la reconciliación como base de la paz.
También denunció sin ambigüedades la corrupción, la violencia y el daño ambiental, invitando a líderes políticos y sociales a asumir su responsabilidad en la construcción de sociedades más justas.
Sus palabras, siempre cargadas de fuerza profética, se convirtieron en un referente ético para la región, trascendiendo el ámbito religioso.
El Papa que creyó en los jóvenes
Francisco colocó a los jóvenes en el centro de la vida eclesial. El Sínodo de los Jóvenes (2018) y la exhortación Christus vivit reflejan su apuesta por una Iglesia que escucha, acompaña y confía en las nuevas generaciones.
“Ustedes son el ahora de Dios” no fue solo una frase, sino una convicción: los jóvenes no son el futuro, sino protagonistas del presente. Por ello, promovió espacios de diálogo, discernimiento vocacional y participación activa.
Además, denunció los “falsos brillos” del consumismo y alentó a los jóvenes a buscar el sentido de la vida en el amor, la comunidad y el compromiso social.
Liturgia viva y experiencia de fe
El magisterio litúrgico de Francisco subrayó que la liturgia no es un conjunto de ritos vacíos, sino el corazón de la vida cristiana. “La liturgia crea la Iglesia”, dijo, resaltando su dimensión comunitaria y transformadora.
Con documentos como Desiderio Desideravi, insistió en una participación activa, consciente y plena del Pueblo de Dios.
También defendió la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II como “irreversible”, reafirmando la necesidad de una Iglesia unida y en constante renovación.
Iglesia cercana y comprometida con los pueblos
Los viajes apostólicos del Papa reflejaron su estilo pastoral: cercanía, escucha y compromiso con las realidades locales. En cada país, adaptó su mensaje a los desafíos concretos, desde la violencia hasta la desigualdad.
Su mediación en conflictos, como el restablecimiento de relaciones entre Cuba y Estados Unidos, evidenció su papel como constructor de puentes.
Asimismo, sus encuentros con comunidades indígenas, presos y trabajadores mostraron una Iglesia encarnada en la vida de los pueblos.
Misericordia y esperanza procesos que continúan
Para el Celam, el rasgo central del pontificado de Francisco fue la misericordia. Más que cambiar doctrinas, transformó el modo en que la Iglesia se relaciona con las personas: con cercanía, compasión y apertura. El padre Pedro Brasescco resaltó que su legado radica en haber iniciado procesos irreversibles, como la sinodalidad, la mayor participación de los laicos y la promoción de una Iglesia en salida.
El impacto del Papa Francisco trasciende su tiempo. Como afirmó el cardenal Jaime Spengler, sigue siendo “un fuerte signo de esperanza” en un mundo marcado por la polarización, la desigualdad y la crisis de sentido.
Su llamado a “servir con pasión”, a cuidar la casa común y a poner en el centro a los más pobres sigue interpelando a la Iglesia y a la sociedad.
A un año de su partida, el legado del Papa Francisco permanece como una tarea abierta: construir una Iglesia sinodal, misionera y misericordiosa, capaz de responder a los desafíos del mundo con esperanza, justicia y fidelidad al Evangelio.
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