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Conversatorio: Pastoral Carcelaria de América exige dignidad, justicia y esperanza para personas privadas de libertad olvidadas

Los panelistas denunciaron las condiciones de hacinamiento y exclusión en las cárceles de la región, con especial atención a la realidad de las mujeres privadas de libertad.
22 de julio de 2026 por
Conversatorio: Pastoral Carcelaria de América exige dignidad, justicia y esperanza para personas privadas de libertad olvidadas
Luz Marina Medina Garavito
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La dignidad de las personas privadas de libertad y el compromiso de la Iglesia con su acompañamiento fueron el eje del conversatorio "Personas encarceladas pero con dignidad de los hijos de Dios", organizado este 21 de julio por la Pastoral Carcelaria de América.

Durante el conversatorio, Fray José Miguel Marengo, Eduardo Albán Guido, María Patricia Alonso, Joselene Linhares y Janeth Torrez coincidieron en que la pastoral carcelaria está llamada a ir más allá del acompañamiento espiritual dentro de las prisiones, promoviendo la dignidad humana, la justicia, la reconciliación y la incidencia social frente a las profundas desigualdades que atraviesan los sistemas penitenciarios de la región.


Una pastoral con un corazón dentro y fuera

La reflexión de Fray José Miguel Marengo, asesor del equipo dinamizador de la Pastoral Carcelaria del Celam, situó el fundamento de esta misión en el Evangelio de Mateo 25. A su juicio, la presencia constituye el primer servicio que ofrece la Iglesia: "Lo más importante siempre es la presencia". Desde esa convicción explicó que la visita pastoral no busca llevar a Cristo a las cárceles, sino descubrir que "vamos a encontrarnos con un Cristo que está encarcelado". Además, invitó a reconocer que "ellos no son presos, están presos", porque esa situación no define su identidad.

Además, destacó que la pastoral carcelaria debe responder a toda la complejidad del "mundo de la carcelación", acompañando no solo a quienes están en prisión, sino también a sus familias, al personal penitenciario y a las instituciones vinculadas con la justicia, la salud, la educación y la reinserción social. "Los corazones de la pastoral carcelaria son un corazón adentro y un corazón afuera de la reja", señaló. Desde esa perspectiva, reafirmó el compromiso de trabajar por "un mundo sin cárceles", al recordar que "Dios no ha hecho las cárceles, la cárcel es un invento humano".


Una respuesta frente a la violencia y la exclusión

En su intervención Eduardo Albán Guido, miembro de la Pastoral Penitenciaria de Costa Rica, mencionó que la realidad que atraviesa la región evidencia una "policrisis" que profundiza la violencia, la inseguridad, las desigualdades y la fragilidad de las instituciones democráticas. Sin embargo, advirtió que, lejos de atender las causas de estos problemas, la respuesta predominante ha sido "aumentar las medidas represivas y el encarcelamiento de una forma reactiva", cuando lo que se necesita es "construir respuestas integrales que devuelvan esperanza".

Según el panelista, las consecuencias de esta crisis se reflejan en el hacinamiento penitenciario, la prolongación de la prisión preventiva, las carencias en salud y alimentación, la corrupción y el impacto psicológico que sufren las personas encarceladas y sus familias. Frente a esta realidad, afirmó que la presencia de la Iglesia busca devolver esperanza, colocando "a la persona humana en el centro" y promoviendo procesos que abran "caminos de esperanza y nuevas oportunidades".


Por su parte, María Patricia Alonso, secretaria ejecutiva de la Pastoral Carcelaria en Argentina, afirmó que el Documento de Aparecida marcó un hito al incluir a las personas privadas de libertad entre los "rostros sufrientes de Cristo" en América Latina y el Caribe. Desde esa perspectiva, sostuvo que la Iglesia está llamada a "sensibilizar sobre la gran problemática carcelaria y estimular la reconciliación", promoviendo un acompañamiento integral que alcance tanto a las personas encarceladas como a sus familias, al personal penitenciario y a sus comunidades.

Durante su intervención, también alertó sobre las condiciones de exclusión que afectan a quienes terminan en prisión, al asegurar que las cárceles de América Latina "están llenas de pobres". Citando a san Óscar Romero —"La justicia es como la serpiente que muerde a los descalzos"—, cuestionó además la reducción de la edad de imputabilidad en algunos países, pese a que las cárceles funcionan como "escuelas de delito". "Cuando la justicia es lenta, ya no es justicia", afirmó, antes de reivindicar el papel de la Iglesia para incidir con "una palabra de peso" en la construcción de políticas más justas y humanas.


El rostro femenino del encarcelamiento

Joselene Linhares, representante de la Pastoral Carcelaria de Brasil, puso en evidencia el impacto que el encarcelamiento tiene sobre las mujeres y las familias. Explicó que, en muchos casos, las madres quedan solas al frente del hogar y deben enfrentar una "doble violencia": la que se vive en el entorno familiar y la que impone un sistema marcado por la desigualdad. "La mujer está fuera de la cárcel en físico, pero está presa en su realidad, en el sistema", sostuvo.

Igualmente, subrayó que la respuesta no puede limitarse a denunciar las injusticias, sino que debe traducirse en procesos de formación y organización comunitaria. Por ello destacó iniciativas que ayudan a las mujeres a pasar "de la vulnerabilidad a un liderazgo comunitario", recuperando la confianza en sí mismas y reafirmando su dignidad. En sintonía con el Papa Francisco, recordó que "nadie quite la dignidad de las personas" y llamó a construir nuevas formas de convivencia basadas en la paz y el respeto por la vida.


Al cerrar el panel, Janeth Torrez puso el foco en las múltiples vulneraciones que afectan a las mujeres en las cárceles. Señaló que muchas llegan tras haber padecido violencia, discriminación, pobreza o explotación y que, lejos de encontrar condiciones para su rehabilitación, deben enfrentar hacinamiento, demoras judiciales, atención médica insuficiente y el abandono familiar. "Las condiciones de vida de las mujeres privadas de libertad las expone a una vulneración de sus derechos humanos", sostuvo.

La coordinadora de la pastoral carcelaria en Bolivia advirtió, además, que las condiciones de exclusión se agravan para las madres con hijos en prisión, las mujeres mayores, indígenas, extranjeras, con discapacidad y LGTBI, quienes suelen enfrentar discriminación y una insuficiente atención a sus necesidades específicas. En ese contexto, reivindicó que "las mujeres privadas de libertad tienen derecho a vivir en condiciones de detención compatibles con su dignidad personal porque también son hijas de Dios".




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