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Card. Pedro Barreto: «La espiritualidad sinodal se está empezando a vivir en las parroquias»

La Iglesia se dispone a vivir la segunda sesión de la Asamblea del Sínodo y dentro de las tareas de este tiempo está divulgar y analizar el documento síntesis, que si bien recoge los elementos que surgieron del diálogo, la oración y el intercambio de diferentes puntos de vista; no deja de plantear interrogantes frente a los desafíos y la postura que debe tomar la Iglesia como parte del proceso.

El Card. Pedro Barreto, arzobispo emérito de Huancayo en Perú, nos ofrece su reflexión sobre la segunda parte del documento: «Todos discípulos, todos misioneros». El cómo lograrlo,  los puntos comunes de dicha búsqueda y las cuestiones por afrontar; hacen parte de este diálogo con un hombre que desde hace tiempo apostó por la sinodalidad que considera base de su actividad pastoral y una forma válida de ejercer la autoridad de manera distinta que conserva la determinación para impulsar nuevas estructuras al interior de la Iglesia, alentando la participación de los laicos y propiciando el respeto por los valores ancestrales de los pueblos originarios, sin que esto signifique una pérdida sobre la conciencia de todo lo que falta por construir en el campo de la inculturación del Evangelio.

 

La misión

La segunda parte del documento síntesis del Sínodo se titula «Todos discípulos, todos misioneros». En uno de sus apartados afirma que más allá de considerar que la Iglesia tenga una misión se debe hablar de que la Iglesia es misión. ¿Cuál es la diferencia? 

Es verdad. Siempre se ha hablado que la Iglesia tiene una misión y ahora se afirma que la Iglesia, en sí misma, es misión. No estamos cambiando nada sino más bien se resalta que la identidad de la Iglesia nos la ofrece Jesús, el enviado, el misionero del Padre, para anunciar el Reino de Dios y la salvación a toda la humanidad. Para ello, convoca a un grupo de discípulos a fin de fundar su Iglesia sinodal en misión y nos dice: “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, así los envío yo también” (Juan 20, 21).

Es Jesús quien nos elige, nos reúne en comunidad y nos envía a ser sus discípulos misioneros. Por eso, decimos que la Iglesia es misión. Nosotros, al ser elegidos por Él, somos corresponsables de la comunión entre nosotros para hacer más eficaz la continuidad de su misión mediante la participación de todos los bautizados, miembros del Pueblo de Dios.

Recibimos esta gracia de la corresponsabilidad mediante los sacramentos del Bautismo, Confirmación y de la Eucaristía. Es frecuente que no seamos conscientes de nuestra identidad eclesial como miembros del Pueblo de Dios. En general se piensa que son los obispos, los sacerdotes y las religiosas los que llevan adelante el proceso evangelizador. Esto no es toda la verdad. En el Informe de Síntesis se afirma que “la familia es la columna vertebral de toda comunidad cristiana” (8 c). Las relaciones entre sus miembros expresan el amor de Dios donde los padres e hijos se ayudan mutuamente para servir a los demás, como nos lo enseña Jesús.

No puedo dejar de mencionar las capacidades apostólicas de las personas con discapacidad: “queremos valorar la contribución a la evangelización que aporta la inmensa riqueza de humanidad que traen consigo. Reconocemos sus experiencias de sufrimiento, marginación, discriminación, a veces sufridas dentro de las comunidades cristianas” (IS 8 k)

 

Responsabilidad compartida

Confiar encargos y ministerios a los laicos es una preocupación de este tiempo y en algunos lugares es una apuesta concreta, ¿Qué efectos ha generado este cambio de postura? ¿Cómo se han transformado la Iglesia y las comunidades con la participación del laicado?

Tenemos que sensibilizar a todos los bautizados que son miembros de una Iglesia en permanente misión, una iglesia, como dice el Papa Francisco, en salida misionera. Reconocemos que los laicos están muy activos en las diversas áreas pastorales de la Iglesia. Pero son los laicos, en su gran mayoría, los que no asumen su corresponsabilidad en la misión evangelizadora de la Iglesia en el ámbito familiar y social. Muchos laicos se consideran agentes pastorales de la Iglesia, pero olvidan que su vocación laical les impulsa a que la verdad del Evangelio impregne las realidades de la vida social, económica, política y cultural (cf. Lumen gentium, 31; Christifideles laici, 15).

Pero ya San Juan Pablo II hablaba que “una eclesiología auténtica debe poner especial cuidado en evitar tanto la laicización del sacerdocio ministerial como la clericalización de la vocación laical (cf. Juan Pablo II Discurso a los laicos, 18 de septiembre de 1987, 5).

En el proceso sinodal que estamos viviendo con el Papa Francisco, se está dando la oportunidad para que los laicos, especialmente las mujeres (incluyendo religiosas) asuman responsabilidades en los organismos eclesiales y puedan participar activamente en las asambleas eclesiales.

Un ejemplo de ello es la Conferencia Eclesial de la Amazonía (CEAMA) que -según los Estatutos aprobados por el Papa Francisco- participan, con voz y con voto, un o una representante de los pueblos originarios amazónicos, un religioso/a, un sacerdote, un laico/a y un Obispo de las siete Conferencias Episcopales que tienen territorio en el bioma Amazónico.  La conformación de los miembros de la CEAMA expresa, por primera vez en la historia de la Iglesia, la participación de todos los bautizados como discípulos misioneros de Jesucristo en la región amazónica.

El Sínodo sobre la Sinodalidad convocado por el Papa Francisco en octubre del 2021, ha iniciado un proceso de escucha y diálogo con una consulta amplia al Pueblo de Dios. Son dos sesiones del Sínodo (octubre 2023 y 2024). La espiritualidad sinodal se está empezando a vivir en las Parroquias, en las Iglesias Particulares y en la Iglesia Universal con la metodología de la “conversación en el Espíritu” que fue una grata novedad para los participantes en la primera sesión (octubre 2023) del Sínodo sobre la Sinodalidad.

Uno de los efectos evidentes es la generación de un nuevo impulso al interior de la Iglesia, donde los laicos están despertando del largo letargo de la pasividad e indiferencia. En gran parte causado por un clericalismo que apagaba toda iniciativa y creatividad pastoral. Sin embargo, ya hay experiencias muy alentadoras de la inclusión de los laicos en la vida y en la misión de la Iglesia.

 

Dispuestos a servir

Los padres y madres sinodales consideran que es necesario conciliar las disposiciones canónicas y la reflexión teológica respecto a la participación de laicos, mujeres, pueblos originarios… ¿Cómo dar pasos para alcanzar este objetivo? ¿Esto puede afectar la unidad de la misión de la Iglesia?

Como en una orquesta sinfónica, hay diversidad de instrumentos y de personas que se ponen de acuerdo para dar vida una partitura musical compuesta por un autor. El ritmo y la cadencia de la pieza musical la imprime el Director. De manera semejante se experimenta también en la Iglesia Sinodal. Todos discípulos, todos misioneros. Somos miembros de la Iglesia con una diversidad cultural, racial, económica y social. Nos ponemos de acuerdo para testimoniar y hacer vida nuestra “partitura”: el Evangelio de Jesús. El Papa Francisco, como sucesor de San Pedro y los Obispos en sus Jurisdicciones Eclesiásticas son los aseguran el ritmo y la cadencia evangélica para la renovación de la Iglesia en el hoy de nuestra historia.

Este volver a caminar juntos, como Pueblo de Dios, nos exige conciliar las disposiciones canónicas y la reflexión teológica respecto a la participación de laicos, mujeres, pueblos originarios en este proceso evangelizador. Entre las propuestas del Informe de Síntesis se indica la necesidad de promover una mayor creatividad a la hora de establecer los ministerios, la diversidad de servicios en las iglesias locales que realizan los jóvenes, las mujeres y los agentes pastorales. La diversidad de carismas y ministerios pastorales enriquece la unidad en la Iglesia.

La participación de la mujer en la Iglesia es muy activa. Como agentes pastorales realizan una labor pastoral encomiable, especialmente las religiosas, que asumen la responsabilidad pastoral de atender las Parroquias rurales donde no están presentes los sacerdotes. Ellas presiden las Liturgias de la Palabra y celebran los sacramentos del bautismo y del matrimonio.

El derecho canónico tiene que ir adaptándose a esta reflexión teológica que es dinámica y que va en la línea de lo que hemos afirmado que la iglesia es misión todos discípulos todos misioneros corresponsables de la misión de la iglesia al servicio del mundo.

 

El rol de los pastores

¿Cómo lograr que las estructuras pastorales sirvan para animar los carismas y ministerios laicales? ¿Cuál es el rol de los obispos en este camino?

El proceso sinodal exige la renovación de las estructuras pastorales desde las parroquias, las Iglesias particulares y la Iglesia universal. En este sentido el liderazgo de los obispos es esencial para animar a los sacerdotes, religiosas y laicos a participar activamente en el dinamismo pastoral de una Iglesia sinodal en misión.

También los sacerdotes deben promover una Iglesia toda ministerial dando espacio a los carismas de los laicos porque son dones del Espíritu Santo, que, en su diversidad, enriquecen la unidad de la Iglesia. El caminar juntos, como Iglesia, nos lleva a promover la espiritualidad sinodal a fin de revitalizar las estructuras pastorales, mediante la “conversación en el Espíritu”.

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La esencia del Evangelio

En el Instrumentum Laboris aparece la expresión «Una Iglesia toda ministerial» los asistentes al Sínodo la consideran ambigua… ¿Cuál es su opinión?

Debemos precisar que la palabra ministerial, en el contexto eclesial, expresa una identidad, un servicio que se realiza y que abarca toda la vida del creyente. Cuando afirmamos que la Iglesia es toda ministerial, es decir, servidora de los demás, nos fijamos en Jesús que nos dice: “El Hijo del hombre no vino a ser servido, sino a servir, y dar su vida como rescate por muchos” (Mateo 20,28).

Por tanto, cuando decimos que la “Iglesia es toda ministerial” estamos hablando de la esencia del Evangelio: el servicio. San Ignacio de Loyola, desde su profunda experiencia de Dios nos compromete a “en todo amar y servir”. Así, todos los bautizados y bautizadas, seamos obispos, sacerdotes, religiosos o laicos, somos llamados a promover la corresponsabilidad en la misión: Todos discípulos, todos misioneros, es el título de la segunda parte del Informe de Síntesis (IS).

Precisamente para superar las ambigüedades, los Padres y Madres sinodales han insistido en la necesidad de que se expresen con claridad, tanto la unidad de misión de la Iglesia, en la que participan todos los bautizados (sacerdocio común), como la sustancial diversidad del ministerio de los pastores (sacerdocio ministerial), que tiene su raíz en el sacramento del Orden. Los otros ministerios, oficios y funciones eclesiales, tienen su raíz en los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación.


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