Al cumplirse el primer aniversario de la partida física de Francisco, primer Papa latinoamericano, su legado en materia de ecología integral continúa guiando los debates más urgentes sobre la crisis climática.
Su voz, que siempre trascendió los muros de la Iglesia. En 2015, se publicó la encíclica Laudato si’, un documento aclamado por la comunidad científica y líderes mundiales.
En esta encíclica histórica, el Pontífice no se limitó a un simple llamado ambiental, sino que fundó una urgencia ética mundial de cuidar la creación que Dios nos regaló.
A través de elementos teológicos y antropológicos, instó a la humanidad a tomar una conciencia profunda sobre la casa común. Su mensaje advierte que el planeta requiere protección inmediata para garantizar la supervivencia de todas las especies.
Esta visión integral llega hoy a la Primera Conferencia Internacional para la Eliminación Gradual de los Combustibles Fósiles en Colombia , evento que se realizará en Santa Marta del 24 al 29 de abril.
Allí, la Iglesia reafirma su compromiso activo con soluciones energéticas que sean verdaderamente justas, sostenibles y equitativas. Al ejemplo de Jesús, escuchando el clamor de los pobres y la Madre Tierra.
1. Más políticas de reducción de emisiones
Muchos sectores con poder político y económico, especialmente en países desarrollados, se concentran hoy en enmascarar los problemas ambientales más graves. Solo intenta reducir impactos negativos de forma superficial, sin atacar la raíz del modelo de producción actual.
Los síntomas actuales indican que los efectos del cambio climático serán cada vez peores si no actuamos. Por ello, se ha vuelto imperioso desarrollar políticas internacionales que limiten la emisión de gases altamente contaminantes.
El Papa Francisco, en el numeral 26 de Laudato si’, señalaba que se ha vuelto “urgente e imperioso el desarrollo de políticas para que en los próximos años la emisión de dióxido de carbono y de otros gases sea reducida”.
Esta reducción implica necesariamente reemplazar el uso de combustibles fósiles por sistemas basados en fuentes de energía renovable. Actualmente, el mundo enfrenta un nivel exiguo de acceso a energías limpias, lo cual agrava la crisis.
Todavía falta desarrollar tecnologías de acumulación eficientes que permitan una transición energética segura para todas las naciones. Se requieren inversiones masivas en eficiencia energética para que los edificios y fábricas consuman menos materia prima.
Como bien anunció el Pontífice, la tecnología basada en fósiles “necesita ser reemplazada progresivamente y sin demora”. Mientras tanto, es legítimo optar por alternativas transitorias que resulten mucho menos perjudiciales para el entorno.
2. El clima como un bien común para la vida
El clima debe ser entendido como un bien común, perteneciente a todos y destinado al beneficio de todos. Es un sistema complejo que sostiene las condiciones esenciales para la vida humana en todo el planeta.
Existe un consenso científico muy consistente que confirma un calentamiento preocupante del sistema climático en las últimas décadas. Este fenómeno global está acompañado por el constante crecimiento del nivel del mar a escalas alarmantes.
En el numeral 23 de su encíclica, Francisco afirmaba con claridad que “el clima es un bien común, de todos y para todos”. Esta premisa exige una responsabilidad compartida por toda la familia humana.
Es necesario combatir las causas humanas que producen o acentúan este calentamiento global que hoy nos afecta. La ciencia señala a la actividad humana y al uso intensivo de fósiles como los principales responsables.
La gran concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera impide que el calor solar se disperse adecuadamente. El Papa explicaba que esto se ve potenciado por el “patrón de desarrollo basado en el uso intensivo de combustibles fósiles”.
También ha incidido negativamente la deforestación para agricultura y el cambio constante en el uso del suelo. Necesitamos una toma de conciencia urgente para transformar el corazón del sistema energético mundial de forma definitiva.
3. Ayuda y transferencia tecnológica para países pobres
Los países pobres tienen como prioridad legítima la erradicación de la miseria y el desarrollo social de sus pueblos. No obstante, deben analizar el consumo escandaloso de sus sectores privilegiados y combatir con rigor la corrupción.
Para desarrollar formas de producción menos contaminantes, requieren la ayuda de los países que crecieron contaminando el planeta. El aprovechamiento de la energía solar exige mecanismos claros de subsidios y cooperación internacional transparente.
Francisco, en el numeral 172, indicaba que para que los países en desarrollo accedan a tecnologías limpias se requiere prestar atención a las “condiciones concretas” de cada contexto local.
Los costos de estas inversiones serían bajos comparados con los riesgos catastróficos que implica el cambio climático. Se trata, ante todo, de una decisión ética fundada en la solidaridad esencial de todos los pueblos.
El Pontífice resaltaba que esta transferencia de recursos es necesaria porque “los países pobres necesitan tener como prioridad la erradicación de la miseria y el desarrollo social”. El apoyo internacional no es opcional, es un imperativo.
La transición debe ser un espacio de compromiso para la sociedad civil, impulsando un debate público transparente y justo. Solo mediante la cooperación tecnológica podremos garantizar que ninguna nación se quede atrás en este proceso.
4. Denunciar políticas nacionalistas
En cuanto al cuidado de la biodiversidad y la lucha contra la desertificación, los avances globales han sido insuficientes. Lamentablemente, las negociaciones sobre el cambio climático avanzan a un ritmo demasiado lento para la urgencia actual.
La reducción efectiva de gases de efecto invernadero requiere honestidad, valentía y una alta responsabilidad política internacional. Los países más poderosos deben liderar este cambio con acciones concretas y compromisos que sean verificables.
En el numeral 169, el Papa denunciaba que las negociaciones internacionales no avanzan porque existen países que “privilegian sus intereses nacionales sobre el bien común global”. Esta actitud bloquea cualquier acuerdo significativo.
Quienes sufrirán las consecuencias de nuestra inacción recordarán siempre esta falta de conciencia y de responsabilidad política. No podemos permitir que los intereses económicos a corto plazo sigan dictando el futuro de la humanidad.
Francisco hacía un llamado a la oración y a la acción para que “las generaciones futuras no sufran las consecuencias de imprudentes retardos”. Su advertencia sigue vigente en cada mesa de negociación actual.
La cumbre en Santa Marta representa una oportunidad de oro para demostrar que el diálogo puede vencer al egoísmo. Es hora de que la política internacional se ponga al servicio de la vida y el ambiente.
5. Reparación de la deuda ecológica mundial
La inequidad actual no solo afecta a individuos aislados, sino que impacta profundamente a países y regiones enteras. Esto nos obliga a pensar en una nueva ética para regir las relaciones internacionales y comerciales.
Existe una verdadera «deuda ecológica» entre el Norte y el Sur, generada por desequilibrios comerciales con impactos ambientales. El uso desproporcionado de los recursos naturales por parte de algunos países ha dejado una huella imborrable.
Sobre este punto, Francisco explicaba en el numeral 51 que existe una “deuda ecológica, particularmente entre el Norte y el Sur, relacionada con desequilibrios comerciales”. Esta deuda exige reparaciones urgentes.
Los países ricos han utilizado el espacio ambiental del planeta para depositar residuos contaminantes durante más de dos siglos. Esta acumulación histórica afecta hoy con mayor severidad a las naciones que menos han contaminado.
En su escrito, el Papa lamentaba que empresas multinacionales “hacen en los países menos desarrollados lo que no se les permite en países desarrollados”. Al retirarse, suelen dejar grandes pasivos humanos y ambientales.
La contaminación de ríos, la deforestación y el empobrecimiento de la agricultura local son consecuencias directas de este modelo.
Es imperativo que la justicia ecológica y climática prevalezca para sanar las heridas de nuestra casa común como han demandado las Iglesias del sur global. Cuidar la creación es deber de todo aquel que se precie buen cristiano.
Le puede interesar: Teología india e inculturación: una invitación a “estar con los pueblos” desde la vida y la f e
Suscríbete gratis por nuestro canal de Whatsapp https://bit.ly/4hbWWN0
Descarga la versión popular de Rerum novarum, la encíclica primera encíclica que marcó la historia social de la Iglesia
https://bit.ly/4q1aKho
Descubre la nueva oferta 2026 de cursos, diplomados y licenciaturas en el Cebitepal https://bit.ly/4aHAue1
Porque hay que cuidar a quienes protegen la creación, llega el podcast La Vida pende de un Hilo https://bit.ly/46cGUiB













Post a comment