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Mons. Walmor Oliveira de Azevedo llama a las Iglesias cristianas a “inspirar la paz, la experiencia de la fraternidad”

Las escenas dantescas que el mundo vio el último domingo en Brasilia, que puede ser definido como una repetición aumentada de lo ocurrido en el Capitolio de Washington tras la derrota electoral de Donald Trump, ha provocado gran inquietud y preocupación en Brasil, también en el presidente del episcopado. En entrevista a Bruno Desidera, de la Agencia SIR de la Conferencia Episcopal Italiana, Mons. Walmor Oliveira de Azevedo hace una valoración de lo ocurrido en las últimas horas.

 

Actos anticonstitucionales, que afrentan la democracia brasileña

En sus palabras afirma que “la invasión de la sede de los tres poderes de la República entristece profundamente a todos los que defienden la democracia y la Carta Magna -la Constitución Ciudadana- que, si se respeta plenamente, puede llevar al país a otro nivel de civilización”.  El arzobispo de Belo Horizonte no duda en califica estas manifestaciones como “actos anticonstitucionales, que afrentan la democracia brasileña y, en consecuencia, van en contra de los derechos de todos, incluso de aquellos que promueven el caos y el desorden, queriendo imponer sus propias convicciones”.

Según el presidente de la Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil (CNBB), “la reacción de las instituciones democráticas podría haber sido más rápida, preventiva, teniendo en cuenta que estos grupos radicales se organizan a través de las redes sociales, abiertamente, sin ningún pudor”. Ello podría “haber evitado la depredación de bienes públicos”, afirma Mons. Walmor que espera que “los poderes de la República puedan actuar rápidamente para disipar los actos antidemocráticos en curso y castigar a los responsables”, haciendo un llamamiento a la unión, que muestre que “existe consenso sobre la esencialidad de las instituciones democráticas”.

 

Larga polarización en la sociedad brasileña

El presidente del episcopado señala que “la sociedad brasileña, desde hace mucho tiempo, sufre de polarización, lo que crea un contexto propicio a manifestaciones antidemocráticas, teñidas de violencia”, lo que lleva a que “las personas no se ven ni se reconocen como semejantes, percibiéndose como enemigos de aquellos con los que establecen desacuerdos”. Esta visión distorsionada es vista por el prelado como “un detonante de locuras en el contexto de las familias, las iglesias y, sobre todo, en las calles, en las manifestaciones”.

Reconociendo la legitimidad de manifestarse, como libertad de expresión, insiste en que “cuando la manifestación está contaminada por la violencia y se produce al margen de las leyes, se convierte en un acto delictivo”. Por eso, ante el contexto actual, que define como propicio a las acciones delictivas, eso “requiere un cuidado especial por parte de las autoridades”.

Ante estas amenazas a la democracia, que ve como joven y tiene mucho que avanzar, afirma que “ya se ha consolidado en la cultura del pueblo, que ya no acepta totalitarismos ni imposiciones”, viéndola como algo que inspira consenso, “incluso entre quienes tienen opiniones políticas divergentes”, habiendo en Brasil un sentimiento generalizado de desaprobación ante hechos que “son promovidos por una minoría”. Por ello sostiene que “es necesario combatirlos, reafirmar siempre la democracia como principio intocable y avanzar así en la maduración del ejercicio de la ciudadanía en la sociedad brasileña”.

 

Las polarizaciones siembran la irracionalidad

Ante el clima que reina en el país, Mons. Walmor Oliveira de Azevedo dice que “las polarizaciones siembran la irracionalidad y, por tanto, causan preocupación”. Dese ahí señala que “estas protestas en las que la gente no reconoce la dignidad de aquellos con quienes discrepa pueden convertirse en terreno abonado para diversas expresiones de violencia”. El presidente del episcopado define como lamentables las “escenas vistas en Brasilia, de depredación de la propiedad pública, ataques a trabajadores, especial referencia a los agentes de seguridad que tratan de frenar el vandalismo”, llamando a que eso “toque el corazón de los brasileños, que deben rechazar con vehemencia los actos antidemocráticos. Así la sociedad podrá madurar y reaccionar adecuadamente, dentro de los parámetros del civismo”.

Con relación al papel de la Iglesia, sostiene que “la fe cristiana desempeña un papel esencial en la educación para el ejercicio de la ciudadanía porque, vivida con autenticidad, exige un compromiso innegable con la paz. El cristiano tiene un corazón de paz”. Por eso, “la democracia se hace más sólida, más rica, cuando está impregnada de paz. Un contexto en el que los ciudadanos, aun compartiendo diferencias, se reconocen como conciudadanos con derecho a expresarse”.

 

Ser escuelas de fe auténtica

Una fe cristiana que, según el presidente del episcopado, “educa en el altruismo: lo que cuenta no es la convicción personal o el interés propio, sino lo que se define colectivamente mediante el diálogo y el voto”. Mons. Walmor llama a las iglesias cristianas a “ser escuelas de fe auténtica, fundadas en el Evangelio de Jesús. Inspirar la paz, la experiencia de la fraternidad, incluso entre quienes no profesan la misma fe”.

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Frente a eso reconoce que “hay muchas expresiones de un cristianismo retorcido, cuna del fundamentalismo y el oportunismo”. Una realidad que define como “una especie de religión viviente al servicio de proyectos de poder, convicciones e intereses personales”, lo que va “contra el discipulado y el seguimiento auténtico de Jesucristo”. Eso lleva al presidente de la CNBB a insistir en que “desde esta fuente, la Iglesia tiene una oferta educativa esencial, en este itinerario de vida plena, educando para el amor y la paz, con sus desdoblamientos, las urgencias de la sociedad brasileña”.

 

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