Desde Ecuador, el VIII Simposio de Teología India abrió un espacio clave para escuchar a los pueblos originarios. La jornada de este 21 de marzo, desarrolló el panel “Comunidad y Pueblo de Dios desde la vida de los pueblos originarios”. La religiosa ecuatoriana Consuelo Caiza y el sacerdote jesuita Enrique Zabala Vásques plantearon la necesidad de una Iglesia con rostro propio, en diálogo con las culturas indígenas.
Durante el panel se insistió en que la fe indígena no puede verse desde marcos ajenos a su realidad cultural, sino desde su propia cosmovisión. En ese sentido, Caiza afirmó: “Los pueblos indígenas son naturalmente religiosos, profundamente espirituales. Para ellos, Dios no está lejos; está en la tierra que pisan”.
Fue así, como sus intervenciones destacaron la necesidad urgente de caminar hacia una Iglesia inculturada, donde el Evangelio se encarne en la vida cotidiana de las comunidades y dialogue con sus saberes ancestrales.
Iglesia con rostro propio y espiritualidad encarnada
Desde su labor en contextos indígenas, la religiosa Laurita, afirmó que el primer paso es comprender profundamente la realidad comunitaria, un camino que se construye junto al pueblo y no desde miradas externas: “Con el conocimiento de la realidad se inicia un proceso de liberación”, afirmó.
La religiosa, también referente de la Red Eclesial Panamazónica (Repam), subrayó que este proceso desemboca en una “Iglesia autóctona”, caracterizada por ministerios propios, liturgias inculturadas y una teología enraizada en la tierra. “La Eucaristía como una gran minga con Jesús” es, según sus palabras, algo que sintetiza esta experiencia comunitaria de la fe.
Igualmente, enfatizó que la espiritualidad indígena identifica la presencia de Dios tanto en la naturaleza como en la vida diaria. “Vivir unidos con Dios, con la comunidad y con la creación, es formar una Gran Familia”, afirmó, poniendo en valor la dimensión comunitaria frente al individualismo.
Fue clara al señalar que los agentes pastorales deben cambiar de actitud, es decir, dejar de ser “maestros que traen una verdad de afuera” y convertirse en verdaderos compañeros de camino, capaces de escuchar, aprender y respetar los procesos de cada pueblo.
Sabiduría ancestral y desafío eclesial
A su paso, intervino el sacerdote jesuita Enrique Zabala Vásques, quien desarrolló una lectura autobiográfica y teológica del cristianismo andino. A partir de su reconstrucción identitaria, planteó la existencia de una Iglesia que vive “su fe morena”, enraizada en los procesos históricos y culturales de los pueblos.
Recordó testimonios que evidencian la resiliencia de estas comunidades. Citó, por ejemplo, a una mujer indígena que expresó: “Ya hemos llorado estos 500 años de evangelización […] hoy Jesús es nuestro gran pachakuti. Hoy es tiempo de mostrarnos”.
Para Zabala Vásques, el cristianismo andino no es una simple adaptación, sino una experiencia profunda en la que se entrelazan la cultura y el Evangelio. “No queremos ser cristianos occidentales”, sostuvo, al criticar las visiones que deslegitiman estas expresiones de fe.
Asimismo, cuestionó las lecturas que reducen estas prácticas a sincretismo o simple religiosidad popular, reivindicándolas como experiencias legítimas de encuentro con Cristo desde las culturas originarias.
Comunidad, lucha y esperanza
En su intervención, el jesuita narró experiencias donde fe y comunidad caminan juntas, como durante la “guerra del gas” en Bolivia. donde recordó el testimonio de un diácono indígena: “Dios camina con nosotros […] Jesús nos invita a ser solidarios con la lucha de nuestro pueblo”.
De acuerdo con su reflexión, estas vivencias confirman que la Iglesia no se desvincula de las luchas sociales, sino que acompaña al pueblo en la defensa de la vida y la dignidad. En ese escenario, la comunidad se vuelve espacio de resistencia, solidaridad y esperanza.
Fue enfático al señalar que la espiritualidad andina es profundamente integral: cósmica, comunitaria, festiva y relacional. “Somos en la medida que nos relacionamos con los demás”, afirmó, resaltando la centralidad del “nosotros”.
Al cierre, Zabala apuntó que situó este proceso de reflexión en la perspectiva del año 2033, fecha en que se recordarán los 500 años de la evangelización en los Andes, con el objetivo de consolidar una Iglesia andina que reconozca plenamente a los pueblos originarios.
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